Un hola y un adios- Patricia Bonet

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    UN HOLA Y UN ADIÓS -Patricia Bonet-

      © Patricia Bonet 1ª edición, mayo de 2020 ISBN: 9781982949013 Imagen de cubierta: Lorena Pacheco Diseño de cubierta y maquetación: Patricia Bonet Corrección: Mar Carrión   Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.   Los lugares que aparecen en esta novela son reales, pero cualquier situación vivida por los personajes es ficticia y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

      A todo aquel que se atreve a arriesgar y a dar un paso más. Si tú aún no lo has hecho, pruébalo. Da miedo, pero vale la pena.  

  «Qué lindo que es soñar. Soñar no cuesta nada. Soñar y nada más, con los ojos abiertos. Qué lindo que es soñar no te cuesta nada. Más que tiempo». Kevin Johansen - Anoche soñé contigo  

 

Índice Índice Prólogo Capítulo 1 PRIMERA PARTE Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24 Capítulo 25 Capítulo 26 SEGUNDA PARTE Capítulo 27 Capítulo 28 Capítulo 29 Capítulo 30

Capítulo 31 Capítulo 32 Capítulo 33 Capítulo 34 Capítulo 35 Capítulo 36 Capítulo 37 Capítulo 38 Capítulo 39 Capítulo 40 Capítulo 41 Capítulo 42 EPÍLOGO Agradecimientos Sobre la autora  

Prólogo   Mi padre siempre solía decirme que la felicidad está en los detalles y en las pequeñas cosas, muchas de las cuales pasamos por alto o, simplemente, no somos conscientes de que están ahí. Esas cosas pueden llegar en forma de viaje, de objeto, de animal o de persona. También solía decirme que viviera más, que me dejara de tanta organización y planificación y que cerrara los ojos, sintiera, y me dejara llevar. Bien. Yo siempre he pensado que, sobre lo primero, tiene muchísima razón. Sobre lo segundo, no tanta. Es decir, ¿cómo vamos a vivir sin una previsión previa? No hablo de anotar en una libreta el planning de comidas de todo el mes y cumplirlo a rajatabla. O sí, qué más da. Lo que quiero dejar claro es que a mí me gusta llevar un cierto control; saber a dónde voy y de dónde vengo o conocer a la gente que me rodea y así saber qué cosas me puedo encontrar por el camino. Me hace sentir más seguro. Tal vez soy así por mi trabajo o, simplemente, porque me parezco demasiado a mi madre. No importa. La cuestión es que soy ordenado, metódico y mi máximo riesgo fue afeitarme la cabeza —y eso lo hice porque pasaba ya de las burlas de mis amigos ante mi calvicie—. Adoro el deporte, por eso estudié educación física, y dedico mi tiempo a dar clases y a ser entrenador de baloncesto. Pero, ojo, que a mí el deporte que me gusta es el sencillo. Olvídate de que me tire en paracaídas o de que tenga que hacer puenting. Estimo demasiado mi vida como para ponerla en juego de una forma tan tonta. Otra de las cosas por las que me gusta caracterizarme es que cuido de los míos, de mi familia; de la sangre y de la que yo elijo. En especial, de mi hermana. Y es que da igual los años que tenga o la persona que tenga su lado; para mí,

Eva siempre será mi otra mitad, y no puedo ni quiero imaginarme un mundo en el que ella ya no forme parte. Todo este rollazo viene porque yo soy yo, Pedro. No soy Marcos, mi mejor amigo, un tío que parece tenerlo todo bajo control, pero que, en realidad, no tiene una mierda. Tampoco soy Paula, esa chica gritona y sin filtros que consigue sacarme de quicio lo mismo que consigue que la quiera con toda mi alma. Tampoco soy Javi, ese chico recto y poco alocado que siempre sabe qué decir y, sobre todo, qué hacer para mantener a los suyos a salvo. Y tampoco soy Eva, esa chica tímida y, en algunas ocasiones, un tanto reservada, pero que, cuando la mueves un poco, sabe sacar las uñas y convertirse en una auténtica leona. Ahora que lo pienso, puede que sí sea como ellos, y es que, ¿es posible que con los años me haya terminado convirtiendo en una mezcla de todos ellos? No lo sé. Lo que sí tengo claro es que mi padre llevaba toda la razón del mundo sobre lo primero y sobre lo segundo: «Déjate de tanta organización y planificación y cierra los ojos, siente y déjate llevar». Solo me he arriesgado una vez en mi vida. Solo he sido aventurero una vez en mi vida. Solo me he dejado llevar una vez en mi vida. Y esa vez se convirtió en mi mejor viaje. Solo que, cuando acabó, yo aún no lo sabía. Por miedo, por comodidad, por cobardía, por timidez, por no querer arriesgar… no tengo ni idea. Solo puedo decir: gracias, destino, por aparecer y hacerme entender que un hola puede ser también un adiós, y viceversa.  

Capítulo 1  

Mis padres se han marchado de viaje romántico el fin de semana a Ámsterdam y yo he convencido a Eva para que se quede a dormir en casa de Paula. Marcos y Javi me propusieron hacer noche de chicos. En otra ocasión habría aceptado encantado, pero les he tenido que poner una excusa. Les he dicho que nunca había tenido la casa para mí solo y que me hacía mucha ilusión. Marcos ha bufado y me ha preguntado sin cortarse un pelo si mi idea era ver porno y matarme a pajas. Lo he llamado capullo mientras escuchaba a su hermano de fondo reír a carcajadas. Pero la verdad es que no va muy desencaminado. A ver, que no voy a ver porno y espero, de verdad, no tener que matarme a pajas, porque la realidad es que espero compañía esta noche. He invitado a Raquel Palomero y quiero que estemos los dos solos. Sé que el apellido es de chiste,

pero ella es preciosa. Si tuviera que describirla en una palabra sería «perfecta». Llevamos tres meses saliendo y cuando se enteró de que mis padres no estarían este fin de semana dejó caer que estaría bien si se pasaba más tarde y veíamos una película. Me lo dijo mientras se mordía el labio inferior y aleteaba las pestañas de manera seductora. Sé que soy un tío y que no me entero mucho de las indirectas —por lo que espero que estuviera pestañeando de forma seductora y no que se le hubiera metido algo en el ojo—, pero estoy convencido cien por cien de que sus palabras y sus gestos significaban algo. Así que, he sacado mi vena detallista y romántica a pasear y me lo estoy currando un poco, dejándolo todo lo más bonito y confortable posible: he recogido mi cuarto y lo he dejado tan limpio y ordenado que nadie diría que ahí vive un adolescente. También he ido al bazar y he comprado unas cuantas velas e inciensos para que huela bien toda la casa, y he

comprado pétalos de rosa y los he esparcido por la cama. Además de encender la chimenea en el comedor y bajar las luces hasta dejarlas lo más tenues posibles. Para cenar he intentado currármelo un poco y he buscado en Internet cómo preparar una cena romántica en condiciones, pero al ver que eso era más difícil que la física cuántica he optado por lo clásico: pizza cuatro quesos. Eso sí, he hecho una ensalada para el centro, que sé que Raquel valora mucho la dieta saludable. Fuera ya está oscuro. Busco la hora en el reloj de la cocina y sonrío al ver que ya son las ocho. Está a punto de llegar. Subo de dos en dos los escalones hasta el piso superior y al llegar a mi habitación me pongo colonia y me vuelvo a poner desodorante. Después, bajo al salón y decido esperarla sentado en el sofá. Cuando en el reloj del comedor veo que son las ocho y media, me levanto y voy al de la cocina, no sea que este esté estropeado y vaya adelantado. Pero no.

Lleva media hora de retraso. Odio la impuntualidad. Es decir, si tú quedas con una persona a una hora en concreto, ¿por qué hacerla esperar? Me parece cruel. De todas formas, no voy a obsesionarme. Seguro que le ha pasado algo y está a punto de llegar. Esta vez me siento en un taburete de la cocina a esperar. A las nueve en punto estoy que me subo por las paredes. Busco su número en el listín telefónico y la llamo a casa. Tampoco lo cogen. ¿Debería empezar a preocuparme? Estoy a punto de llamar a alguna de sus amigas cuando el timbre de la entrada suena consiguiendo que pegue un bote. Me miro en el espejo del recibidor, sonrío y abro la puerta. La sonrisa se me congela en el rostro cuando veo que no es Raquel quien está al otro lado, sino mis dos mejores amigos, Marcos y Javi. —Pero ¿qué?... —Cierra la boca, Pedro. Que en boca cerrada no entran moscas. —El pequeño de los dos pasa por mi lado y entra directo en casa. Javier, por el contrario, me da un

par de palmaditas en el hombro antes de seguir a su hermano. Voy a cerrar la puerta y a seguirlos para preguntarles qué narices están haciendo aquí, cuando un pie se cuela en mi campo de visión y me lo impide. La hermana de los dos que acaban de entrar me sonríe desde la calle. —¡Venimos a hacerte compañía, Pedrito! —No me llames así. —Qué carácter, hijo mío. —Paula me da un beso en la mejilla y desaparece por el mismo camino por el que han desaparecido sus hermanos hace unos segundos. —Pero, qué… No entiendo nada. —Hola, hermanito. Me giro de nuevo hacia la entrada y ahora es Eva la que me sonríe. Frunzo tanto el ceño que estoy seguro de que ambas cejas se tocan. —¿Qué hacéis todos aquí? —Vamos dentro que me estoy helando y te lo explico. Reparo en su atuendo y veo que, aunque está tapada con un abrigo, debajo lleva

puesto el pijama. —¿Has venido en pijama? —Sí. No nos apetecía mucho cambiarnos. Además, hemos ido del garaje de Paula al coche y del coche a aquí. —Se encoge de hombros, cuelga el chaquetón en la percha de la entrada y se gira a mirarme. Yo continúo mirándola con cara de no entender nada y con el pomo de la puerta en la mano, que sigue abierta. Mi hermana se acerca hasta ella, la cierra con un suave clic y me coge de la mano apretándomela con cariño. Coge aire un par de veces y yo empiezo a acojonarme. —Quique ha llamado a Marcos. —¿Quién? —Quique, el hermano de Arturo, ha llamado a Marcos hace un rato. La miro unos segundos sin entender de qué me está hablando, hasta que una bombilla se enciende en mi cabeza. Quique es un compañero de clase de Marcos y mío, y Arturo es su hermano mayor. Y el exnovio de Raquel.

—Vale. ¿Y eso qué tiene que ver con que estéis todos aquí esta noche? Eva suspira, se pasa una mano por la frente mientras murmura algo que no logro entender y me coge de la mano hasta llevarme al comedor, junto con los demás. Paula, que está sentada en el suelo frente al televisor en plan indio, se gira al oírnos entrar y, por primera vez en su vida, creo ver que me mira con lástima. —Mira, me estáis dando todos muy mal rollo. ¿Se puede saber qué está pasando aquí? —¿No se lo has dicho? —pregunta Marcos. Mi hermana se pinza el labio y niega con la cabeza. Este se levanta del sofá, se acerca hasta mí y coloca ambos manos sobre mis hombros—. Palomero no va a venir. Lo miro abriendo los ojos de par en par y noto cómo la vergüenza se apodera de mí. Parece que los tíos llevamos un gen en nuestro cuerpo por el que nos encanta que la gente sepa de nuestras conquistas, pero no es cierto. Por lo menos, en mi caso no lo es. Marcos se da cuenta de mi

azoramiento y, en vez de hacer cualquier burla, pasa su brazo por mis hombros consiguiendo que suelte la mano de mi hermana, y me guía hasta que ambos nos dejamos caer en el sofá. Paso la vista por todos, pero los otros tres están callados mirando a Marcos, así que vuelvo a dirigir mi vista hacia él para que se explique. Aunque creo que ya sé qué es lo que está pasando aquí. —Palomero no va a venir está noche porque está en casa de Arturo. Con Arturo —subraya, para que no quede ninguna duda—. Por lo visto hace tiempo que volvieron y… —Y ha estado con los dos a la vez todo este tiempo y yo solo he sido… no sé. El gilipollas de turno. —Quique me ha llamado y me lo ha dicho. Los ha… —Carraspea incómodo. Mira a Javi y este me gira para quedar frente a él. —Los ha oído hablar de que esta noche iba a venir aquí y de tú y ella…

—Déjalo. No hace falta que digas nada más. —Lo siento, tío. —Alguien con ese apellido solo puede ser una zorra. —Paula… —¿Qué quieres, Javi? Es verdad — refunfuña ella antes de gatear hasta mí y abrazarse a mis piernas—. No pienses en ella, Pedro. No se lo merece. —Por una vez estoy de acuerdo con mi hermana. —Gracias, Marcos. —De nada, mujer. —Era en plan sarcástico. —Lo sé. —Dejad de discutir. Dios, sois lo peor. Mi hermana se acerca hasta mí y le pide a Marcos con señas que se aparte para que se pueda sentar. Este obedece y Eva ocupa su lugar. Coloca una mano sobre la mía y entrelaza nuestros dedos. —¿Estás bien? —Sí. —Puedes decir que no. No es necesario que siempre estés bien. Lo sabes, ¿no?

También tienes derecho a enfadarte, a gritar y a insultar a la gente. Es liberador. —Y eso me lo dice la chica que no sabe decir la palabra joder. Ríe y los demás la acompañan. Echo la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en el reposacabezas y cierro los ojos. —Me siento muy estúpido. —No digas eso. —Me lo había currado, ¿sabéis? He perfumado la casa con velas y he llenado mi cuarto de pétalos de rosas. Hasta había preparado pizza para cenar. Qué imbécil me siento. —¿Por qué? A mí me parece un plan perfecto. Estoy muerta de hambre. Nos hemos venido sin cenar. Abro los ojos ante las palabras de mi amiga y, cuando lo hago, cuatro pares de ojos me observan detenidamente. Los observo yo también a ellos y es entonces cuando me doy cuenta de que, como me ha dicho antes Eva, todos van en pijama. Incluso llevan las zapatillas de estar por casa. Además, en el televisor está la última película de La jungla de cristal en

pausa. Una película que hasta hace unos segundos no estaba ahí y que, además, es mi preferida. —Habéis venido todos…, ¿por qué? —No pensarías que te dejaríamos solo un sábado por la noche, ¿verdad? —Sonríe el mayor del grupo—. Además, me muero por una pizza, unas palomitas y una película. ¿Quién se apunta? Todos levantan la mano y Javi obliga a sus hermanos a acompañarlo a la cocina a traerlo todo. Yo los sigo con la mirada y siento cómo se me va formando un nudo en la garganta. Me acuerdo de que Eva sigue a mi lado y me vuelvo hacia ella. Está sonriendo. Se acerca, me pasa las manos por el cuello y dejo que me abrace. Yo no tardo en pasar las mías por su cintura y estrecharla fuerte. —¿He dicho ya que me siento como un estúpido? —Deja de decir esas cosas. —Es que es verdad, Eva. Yo creyendo que esta noche iba a ser especial y mira… solo he sido un tío al que rechazar y del que reírse.

Se aparta y me mira seria. —La única estúpida que hay aquí es ella por rechazar a un tío como tú e irse con un chulo playa que va a dejarla preñada a los diecisiete y sola. —No puedo evitar reírme y ella también—. Ni de coña eres un tío al que rechazar. Muchas matarían por estar contigo, pero, ¿sabes? Solo una será capaz de robarte el corazón y, cuando lo haga, va a ser muy afortunada, porque se habrá llevado el premio gordo. —Dices eso porque eres mi hermana. —Digo esto porque tengo razón. Además, ¿quién te ha dicho que esta noche no puede ser especial? Hace un gesto con la cabeza para que mire detrás de mí. Al hacerlo, observo a los tres hermanos Baró entrando en el comedor con la comida en las manos y discutiendo, como siempre. Bueno, Marcos y Paula discuten mientras Javi resopla e intenta poner un poco de orden entre los dos. No puedo hacer otra cosa que poner los ojos en blanco y sonreír. Miro de nuevo a Eva, quien se encoge de hombros justo

antes de lanzarse a por un trozo de pizza que Javi ha dejado sobre la mesa. La noche transcurre entre películas, juegos, risas y muchas bromas. Paula no duda de burlarse de cualquiera en cuanto tiene ocasión. A Marcos terminará por salirle una úlcera como siga tomándose en serio todo lo que dice su hermana pequeña. Javi ha decidido pasar de la formalidad esta noche y se ha soltado la melena. Total, si van a meterse con él, que sea con causa justificada. Eva se cabrea cuando nos ponemos a jugar al Monopoly y ve cómo sus edificaciones van desapareciendo una a una. Y yo no puedo más que dar las gracias por tenerlos. Por hacer que esta noche sea única, sí, pero especial. Muy especial. Porque sé que, pase lo que pase, es con ellos con los que siempre voy a poder contar. Una familia un tanto atípica, pero mi familia.

PRIMERA PARTE DICIEMBRE - ENERO 2011

Capítulo 2   Llego a casa de mi madre arrastrando los pies y con dolor hasta en lugares que no sabía ni que existían, y eso para alguien que ha estudiado educación física tiene delito. Pero es que, ¿quién me manda a mí jugar un partido de rugby con esa gente? Qué bestias son. —Deja de quejarte. —No he dicho nada. —Te escucho pensar. —Pues tápate los oídos. —Me tiro sobre el sofá boca abajo sin quitarme siquiera las zapatillas o la ropa de deporte. Mi madre me va a matar, pero es que me duele todo mucho, de verdad. Escucho a Marcos lanzarse sobre el otro sofá, así como sus quejidos lastimeros—. Esto es por tu culpa. Tú no tienes derecho a quejarte. —Si hablas con la cara contra el cojín no puedo oírte. Aunque me cuesta, levanto la cabeza y lo enfrento. —Que esto es por tu culpa. Que me duelen hasta las pestañas por tu culpa y que tú no tienes ningún derecho a quejarte. —Que yo sepa no te puse una pistola en la cabeza para que vinieses conmigo, ¿o sí? —Ríe. El muy idiota se ríe. Escondo la cabeza bajo el cojín con el fin de silenciar sus risas, pero estas van subiendo de volumen, porque ambos sabemos que tiene algo de razón. No me ha puesto una pistola en la sien, pero sí que me ha mirado con esa cara de cordero degollado que usa siempre que quiere dar pena, y funcionó. Cuando me quise dar cuenta estaba en el campo dejando que me diesen una paliza. —Entiendo que eres el nuevo en el trabajo, que es por una causa solidaria y que quieres causar buena impresión, pero, la próxima vez, vas tú solo. Olvídate de mí.

—¿Y tú eres el que alardeas de ser un amante del deporte? Qué decepción. —Del de-por-te. De que me rompan los huesos, ya te digo yo que no. —Al final tendrá razón Paula y, en realidad, eres un pupas. —Que me olvides. Y lárgate de mi casa. Mi amigo me ignora. Está más ocupado partiéndose el culo de mí. Pero lo que he dicho es cierto. Estoy seguro de que me han fracturado alguna costilla y de que me va a salir un moratón enorme en el muslo derecho. La puerta principal se abre y unas risitas infantiles e insoportablemente empalagosas inundan la casa. No hace falta que levante la cabeza para saber que se trata de mi hermana Eva y que le acompaña su nuevo novio, el perfecto, maravilloso y guapísimo Raúl. No es que yo ahora lo describa así, es que tanto ella como Paula no paran de decirlo. A todas horas. Y me tienen hasta las pelotas. Raúl y yo nos conocemos solo desde hace unos años, pero tengo que decir que es un tío cojonudo. Estoy muy contento de que se haya fijado en mi hermana y ella en él, porque sé que la va a cuidar y a respetar, pero eso no quita que esté hasta las mismas de tanto besuqueo, manoseo y corazones flotando por el aire. —Uy, no sabía que había gente en casa. —Escucho que dice Eva al entrar en el comedor. Levanto la cabeza lo justo para ver a mi amigo retirar la mano de debajo del suéter de mi hermana. —¡Las manitas quietas! —Intento acompañar mi grito con el dedo índice, así, en plan amenaza. Pero, joder, cómo me cuesta levantar el brazo. Eva pone los ojos en blanco y agarra a su chico de la mano para llevárselo lejos. —¡Ya no te vemos el pelo, tío! ¡Te están abduciendo! Las carcajadas de Raúl se pierden por el pasillo en dirección a la habitación de Eva, mientras yo finjo unas

arcadas lo bastante altas para que los tortolitos me oigan. —¡¡Pasamos de ti!! —grita Eva justo antes de cerrar la puerta de un portazo. No puedo evitar reír, aunque las costillas me estén matando. Madre mía, pero ¿qué me han hecho esta panda de animales? Un resoplido se escucha justo a mi derecha. En la cara de Marcos se refleja de todo menos alegría. Los ojos le brillan y la vena del cuello la tiene hinchada. —¿Y a ti qué te pasa? Ya te he dicho que tú no tienes ningún derecho a quejarte. —Quiero largarme. —Pues ahí está la puerta. —No. Quiero largarme de aquí. De Valencia. No soporto estar aquí ni un minuto más. —Eh… —Está tan serio que asusta. Como puedo me incorporo hasta quedar medio sentado—. ¿Estás bien? No contesta. Se limita a suspirar y a gruñir. Se pinza el puente de la nariz y cierra los ojos. Una música suena a lo lejos. Una música acompañada de risas y algún: «Para, Raúl», que suena más bien a: «Sigue Raúl, no pares». De verdad, creo que estoy a puntito de vomitar, y no de dolor. Marcos se levanta tan rápido que hasta me mareo solo de verlo. Va directo a por la bolsa de deporte que ha dejado tirada en el suelo al entrar y a por la chaqueta. Justo antes de salir por la puerta se gira y me apunta con un dedo. —Me largo, y tú te vienes conmigo. —¿Ahora? No me fastidies, hombre. Ya te he dicho que no puedo moverme. —Ahora no. La semana que viene. —La semana que viene es Nochebuena. Y Navidad. —Nos largamos el día veintiséis. O el veinticinco por la tarde. Me la suda. Pero nos marchamos. Vamos a pasar la Nochevieja tú y yo solos. A lo grande. —De acuerdo. ¿Y dónde, exactamente?

Paradise, de Coldplay, comienza a escucharse a lo lejos. Marcos dirige su mirada hacia allí; una mirada fría como el hielo mezclada con ira, dolor y confusión. Nunca se la había visto. —Oye, ¿estás bien? Juraría que ha dicho «Paradise de los cojones», pero lo ha dicho tan bajito que no estoy seguro. Mi pregunta parece sacarlo del letargo en el que estaba sumido. Me mira y, tras unos segundos, asiente. —Me da igual dónde ir. Solo… solo necesito salir de Valencia. Unos días. ¿Me acompañas? Marcos siempre ha sido un poco hermético sobre sus sentimientos, y a mí me parece bien. No tengo ni idea de lo que le pasa o por qué parece que, de repente, quiera matar a alguien a la vez que meter la cabeza en un agujero y no sacarla. Lo que sí sé es que mi amigo necesita escapar y que yo lo voy a acompañar. —Nos vamos. Tú y yo solos. —Javi puede venir, aunque lo dudo bastante. Le gusta tanto viajar como a ti y a mí depilarnos las piernas con cera. —Será la primera Nochevieja que pasemos sin estar todos juntos. Eres consciente, ¿verdad? Que a mí me da igual, pero… —Paula nos va a matar. Lo sé. —Termina la frase por mí. Una pequeña sonrisa tira de sus labios, supongo que ante la perspectiva de cómo será la cara de su hermana cuando le contemos nuestros planes. Esta chica tiene una obsesión nada sana con estas fechas y con que las pasemos todos juntos. Como si no lo hiciéramos ya todo juntos. Cojones, si no sabemos ni ir a cagar solos. Pero la expresión que muestra la cara de mi amigo prevalece sobre todo lo demás. —Muy bien. Yo me encargo de buscar el destino.

Capítulo 3   —No me lo puedo creer. Es que no me lo puedo creer. Estoy flipando. Sois lo puñetero peor. ¡Vergüenza tendría que daros! Voy en el asiento de atrás del Seat León de Paula, con los ojos cerrados y maldiciendo el momento en el que la señorita se ofreció a llevarnos a su hermano y a mí al aeropuerto. Paula resopla por millonésima vez y yo ya no puedo más. Me inclino hacia delante hasta meter la cabeza entre los asientos de delante, y busco a mi amigo. Le doy un golpe en el brazo cuando lo veo con los auriculares puestos y moviendo la cabeza al son de la música. Se los quita de las orejas y me mira. —No la soporto. Quiero quedarme sordo. ¡Sordo! —¿Que no me soportas? ¡Pues te jodes! No haber decidido irte de viaje justo en Navidades. ¿Se puede tener más poca vergüenza? —¡Lo que voy a irme es para siempre como no te calles! —En Navidades… Menudo disgusto le habéis dado a vuestras madres. —Sigue refunfuñando sin hacernos ningún caso a ninguno de los dos, aunque acabo de darme cuenta de que Marcos todavía no ha abierto la boca. —¿Se puede saber qué te pasa a ti? —A este lo que le pasa es que es gilipollas —replica su hermana bajito, aunque lo suficientemente alto para que los dos la escuchemos. Sin previo aviso da un volantazo y, como no llevo el cinturón abrochado, me empotro contra el cambio de marchas golpeándome en la frente. —¡Serás animal! —No me grites, ¿eh, Pedrito? Que me pongo nerviosa y mira lo que pasa.

—¿Qué dices? Ahora será mi culpa que conduzcas como el culo. —Si vuelves a quejarte te juro que paro el coche aquí mismo y te dejo tirado en la cuneta. Tú mismo. —No caerá esa suerte. Vuelvo a mi sitio, me abrocho el cinturón y rebusco en los bolsillos de la mochila hasta dar con los auriculares. Los enchufo al móvil y dejo que la música inunde mis oídos. Paz. Esto es paz. Tras escuchar canciones de Coldplay, Radiohead y Sak Noel, veo el aeropuerto a lo lejos y sonrío feliz. Cuando Marcos lo comentó lo primero que pensé es que se le había ido la cabeza, pero, conforme ha pasado la semana y he meditado la idea, creo que es la mejor idea que ha tenido en mucho tiempo. Paula para el coche en un sitio de taxis mientras la gente pita y hacen señas para que se quite, pero ella ignora a todos y cada uno de ellos. Se baja del coche dando un portazo para demostrar lo enfadada que está y va hasta la parte del copiloto, donde se cruza de brazos y nos fulmina con la mirada mientras nosotros sacamos las maletas y los chaquetones del maletero. Hace tanto frío que no noto los dedos de los pies. Con el equipaje en la mano y nuestras mochilas al hombro nos acercamos hasta la dramas que nos ha traído hasta aquí. Marcos se acerca hasta ella y le acaricia la nariz con el dedo índice. Paula le da un manotazo y lo aparta, pero su hermano no le hace ni caso y la coge por los hombros para estrecharla contra él en un fuerte abrazo. Le dice algo al oído, no sé el qué porque no los escucho, ya que hablan en susurros, pero lo que sí veo es que mi amiga, finalmente, se rinde y termina abrazando a su hermano mientras entierra la cara en su cuello. Cuando se separan le brillan los ojos. Marcos le da un beso en la frente antes de apartarse para dejarme paso. Es mi turno.

Me acerco hasta ella y la estrecho tan fuerte que noto cómo se le corta la respiración. Como es tan pequeñita y su peso es el equivalente a una pluma, la levanto del suelo y doy un par de vueltas con ella, consiguiendo que ambos nos mareemos, pero también que termine por romper a reír a carcajadas. —¡Voy a tirar el desayuno! Intenta sonar enfadada, pero no lo consigue. La coloco de nuevo en el suelo y me aparto un poco sujetándola por los hombros para que no se vaya de bruces. Tiene el entrecejo fruncido, formándole unas pequeñas arrugas en el mismo. Paso el dedo índice por él para eliminarlas. —Eres la tía más dramas que conozco. Lo sabes, ¿verdad? Porque nos vamos aquí al lado, no a la guerra. —Como si os vais a Alicante. ¿Cómo podéis no pasar con nosotros el fin de año? Sois muy malas personas. —Pero nos quieres. —Qué remedio. A este —dice señalando a su hermano con un movimiento de cabeza—, me toca quererlo por cojones porque compartimos sangre y todo eso. Y a ti… pues yo qué sé. Yo creo que ya es por costumbre. Lo dice con tal indiferencia que cualquiera que no la conociera pensaría que está hablando en serio. Su problema es que yo la conozco lo suficiente como para no hacerle ni puñetero caso. —Al final echaré de menos tus quejas y todo, ya lo verás. —Pone los ojos en blanco y yo le revuelvo el pelo deshaciéndole la trenza. —¡Oye! Sabes que con mi pelo no se juega. —¿Piensas cortártelo alguna vez? Pareces Morticia Addams. —Y tú Filemón con esos tres pelos matados que tienes en la cabeza y no te decimos nada. Pero, mira, ahora que sacas el tema, creo que va siendo hora de que pienses en raparte. —Las ganas que tengo de darle un tirón a su trenza como cuando éramos pequeños son enormes.

Me estoy quedando calvo. Tengo unas entradas que ni el aeropuerto de Barajas. Es algo que me tiene muy acomplejado y ella lo sabe, por eso mismo se está partiendo de risa. Ella y mi amigo. —Sois unos cabrones. Me recoloco la mochila al hombro, cojo la maleta del suelo y les doy la espalda, echando a andar hacia la puerta para adentrarme en el aeropuerto y poner rumbo a estas vacaciones. —¡¡Te has ido sin darme un beso!! —Escucho gritar a Paula a mi espalda. Levanto el brazo y le enseño el dedo corazón. No me giro a mirarla, pero eso no impide que pueda escuchar sus carcajadas. Voy hasta la pantalla donde se anuncian las salidas y busco. Todavía falta para que salgan los vuelos, pero nos gusta llegar con tiempo a los sitios. Bueno, «nos gusta» es demasiada gente. Me gusta. Es que yo me pregunto, ¿qué hay de malo en ser puntual? Prefiero estar aquí sentado en una silla esperando, que en el sofá de mi casa pensando que no voy a coger el vuelo porque me voy a quedar dormido, pincharé una rueda de camino al aeropuerto o mil situaciones más que me impedirán llegar a tiempo. Por el rabillo del ojo veo a mi amigo cómo se coloca a mi lado. Cuando me han recogido esta mañana estaba serio y un poco taciturno, incluso con la mirada un poco perdida, como pensativo. Pero ahora parece que todo eso ha quedado atrás a tenor de la sonrisa que luce en su rostro. —Bueno. ¿Cuál es el destino? Aquí llega lo divertido del viaje: no le he dicho a Marcos todavía dónde nos vamos. No por nada… sino porque yo tampoco lo sé. Lo miro y sonrío. Debo de tener una sonrisa un tanto siniestra, porque me mira ceñudo. —No me jodas —maldice en cuanto se da cuenta de lo que pasa. Son demasiados años juntos y hemos aprendido a comunicarnos sin necesidad de hablar.

—No te jodo. Simplemente, he pensado que sería mejor dejarnos llevar. —¿Tú, dejándote llevar? —¿Por qué no? Alguna vez tendría que ser la primera. Siempre decís que soy poco impulsivo y que pienso mucho las cosas. —Es que eres poco impulsivo y piensas mucho las cosas. —¿Ves? Pues ya está. Esta vez me he dejado llevar. —Como una puta cabra. Eso es lo que estás, hazte a la idea. No le quito razón. Nunca he hecho esto. No soy tan tiquismiquis como me dicen, pero sí es cierto que me gusta llevar una pequeña guía del lugar que voy a visitar para ir un poco sobre aviso, así como una pequeña lista de los sitios que puedo visitar o de los lugares en los que puedo comer. Pero como este viaje ha sido así, tan de improviso, he pensado: ¿Por qué no improvisarlo todo? Conozco a compañeros de carrera que viajan así; llegan al aeropuerto, buscan destino y a la aventura. ¿Por qué no puedo hacer yo lo mismo? —Este chaquetón me está matando. Me muero de calor aquí dentro. Estoy a punto de quitármelo cuando noto una mano agarrándome con fuerza del antebrazo. —Un momento —dice Marcos—, si has dicho que teníamos que estar aquí a las siete porque el avión salía a las nueve y media y ahora resulta que no existe tal avión... ¿Me has hecho darme el madrugón del siglo para nada? —No, hombre, para nada tampoco. El avión sale a esa hora. Bueno, tres aviones. Nosotros lo que tenemos que decidir es qué destino preferimos, comprar los billetes y subirnos a él. —Entonces, tan a la aventura no vas, porque algo de previsión sí que llevas. No contesto. Me doy la vuelta y me dirijo al primer mostrador, el de Birmingham, para ver si podemos irnos de

viaje a esta pequeña región inglesa. Toda la alegría y el subidón que tenía al llegar se me vienen abajo en cuanto nos dicen, por tercera vez, que el vuelo está completo. —Señores, es Navidad. Los vuelos llevan completos desde hace meses. Esa ha sido la contestación de la última azafata a la que le hemos preguntado. La que nos ha dicho que no podíamos viajar a Roma. Juraría que se estaba aguantando la risa, y no la puedo culpar. Nos arrastramos abatidos hasta las sillas más cercanas y nos dejamos caer en ellas. No me atrevo a mirar a mi amigo. Estoy demasiado cansado para escuchar reproches. Si es que quién narices me manda a mí ser aventurero. Esto demuestra que la planificación es el mejor recurso para todo: buscas en internet, coges el destino que te sale de las pelotas, reservas plaza y buscas hotel. Fácil, sencillo, bricomanía. Miro alrededor, a ver si doy con algo o alguien que me ayude a encontrar una solución. Un grupo de chicos y chicas a lo lejos llama mi atención —como para no hacerlo, pues parece que estén jugando a ver quién es capaz de armar más follón—. Todos van vestidos con sudaderas negras y pantalones vaqueros, y llevan la misma maleta gris con un dibujo en el medio: un rectángulo con tres líneas verticales. Verde, blanco y rojo. La bandera de Italia. —Ya tengo destino. Por el rabillo del ojo puedo observar que mi amigo me mira ceñudo, pero yo no aparto la vista del grupo. Tengo el país, me falta averiguar la ciudad. Uno de los chicos se separa del resto y se dirige hasta uno de los mostradores: Cagliari. ¿Cerdeña? No está mal. No sé por qué no se me ha ocurrido antes. Me levanto, tiro de mi amigo y nos dirigimos hasta situarnos al final de la cola. —¿Cerdeña? ¿Por qué Cerdeña?

—¿Por qué no? Hay fiesta, que es lo que nosotros estamos buscando. También hay alcohol y playas espectaculares. —Las cuales no vamos ni a oler porque estamos en pleno invierno y debe de hacer un frío de cojones. —¿Y qué? No me seas negativo ahora, Marcos. Querías salir de Valencia, adonde fuera. Pues Cagliari es tan buen sitio como cualquier otro. —Saca el móvil, consulta algo en él, resopla y me mira. —¿Sabes? Tienes razón. Pienso beberme una botella de tequila yo solo para celebrar el año nuevo. A tomar por saco todo el mundo. Sonreímos cuando es nuestro turno y la chica nos comunica que quedan plazas libres en el avión. Esto solo puede significar que vamos a empezar el dos mil doce por todo lo alto.

Capítulo 4   Menuda mierda de dos mil doce que vamos a tener. El avión no ha podido tener más turbulencias. Hubo un momento en el que vi mi vida pasar ante mis ojos porque creía que iba a morir. Me he dado cuenta de que soy demasiado joven para ello y que aún me quedan muchas cosas por hacer, como aprender a hacer la tarta de zanahoria que tanto me gusta y que siempre digo que tengo que aprender a hacerla. O a beber whisky sobre el ombligo de alguna tía. Y millones de cosas más. Pero eso no es todo. También he vomitado; una vez en el avión y dos más al aterrizar. Sin contar con que me han perdido la maleta y nadie tiene ni puñetera idea de dónde está, aunque está claro que en Cagliari no. Y, claro, tampoco les he podido decir a qué hotel enviarla cuando aparezca porque… ¡No tenemos hotel! —Estoy hasta los huevos de ser aventurero, ¿me oyes? ¡Hasta los huevos! Mi amigo intenta aguantarse la risa mientras arrastra su maleta e intenta buscar un sitio en el que poder apoyarnos. No somos los únicos que han pensado en Cerdeña como destino navideño y esto parece el centro de Valencia en hora punta. —Allí parece que haya sitios libres. Señala un banco de asientos que hay a lo lejos, sin respaldo. Podría ir arrastrándome hasta allí, pero estoy demasiado débil, me pesan las piernas y estoy mareado. —Ve tú. Yo me quedo por aquí. Me apoyo en la primera pared que encuentro y me deslizo hasta que mi culo toca el suelo. Marcos se para enfrente de mí, con los brazos cruzados a la altura del pecho y una pequeña sonrisa en los labios. —Estoy tan cansado que paso de decirte nada.

—Me sabe fatal que estés así. —Mentira. Pero ¿sabes una cosa? Ya me reiré yo de ti cuando te quite tus calzoncillos para ponérmelos yo. Una muesca de asco se forma en su cara. —No pongas esa cara. Pienso darme una ducha en cuanto encuentre un lugar donde poder dármela y, como tú comprenderás, no pienso ir en plan comando todo el puñetero día. Sin contar con que también tenemos que compartir camisetas, suéteres y pantalones. —Esta tarde vamos de compras. —Primero, búscame un hotel. Se queja y refunfuña algo como que eso tendría que haberlo hecho yo y no sé qué más. Lo ignoro. Me encuentro tan mal que no puedo con mi vida. Dios mío, parezco Paula todo el rato quejándose. Pero es que es de verdad. No puedo. ¿Pueden doler los dientes? Cierro los ojos, apoyo la cabeza en la pared y, simplemente, desconecto. Algo me sacude el brazo, sobresaltándome. Abro los ojos y me encuentro a mi amigo frente a mí mirándome muy sonriente. —Me he quedado dormido. —Me noto la boca pastosa y la mejilla pegajosa. —Sí. Tienes baba en la comisura de la boca. Pero tengo buenas noticias. ¡Tengo hotel! Andando. Me ayuda a levantarme, pues estoy desorientado y las rodillas me fallan. Antes de ponerme la chaqueta y colocarme bien la mochila al hombro, busco el móvil entre los bolsillos para mirar qué hora es. Son casi las dos del mediodía. —¿Cuánto tiempo llevamos en este maldito aeropuerto? Medio aturdido y andando en zigzag sigo a Marcos quien, por cierto, juraría que anda dando saltitos. Para mi total desconcierto no se dirige a la salida, sino al mostrador de alquiler de vehículos.

Al llegar comienza a hablar en un perfecto inglés con la azafata, que le hace ojitos. En una de esas en las que Marcos no la mira, se atusa el pelo y se recoloca el pecho. Lo de este tío con el sexo opuesto es alucinante. Tras unos cuantos minutos y tras firmar varios documentos, le entrega una llave, un papel y nos desea buen viaje. Las llaves se las deja en la mano, pero el papel lo dobla y se lo guarda en el bolsillo trasero del pantalón. —Te ha dado su número de teléfono —no pregunto, afirmo una vez volvemos a estar los dos solos. —Dice que es una pena que no conozca la verdadera Italia y que ella estaría encantada de enseñármela. —Y tú eres tan buena persona que no le vas a hacer el feo de decirle que no. —Por ejemplo. —Sonríe encogiéndose de hombros. Salimos a la calle y, si yo creía que en Valencia hacía frío, lo que hace aquí no se puede describir. —¿Pero esto qué es? Que estamos en Cerdeña, por el amor de Dios. Playa, sol y mojitos. —Te recuerdo que eso es en verano. Ahora estamos en invierno en plena época navideña. —Por lo que veo donde estamos es en el Polo Norte. Me subo la cremallera y el cuello de la chaqueta todo lo que puedo. No llevo guantes y creo que se me están empezando a congelar los dedos de la mano. Un termómetro que encontramos a mitad de camino nos indica que hay cinco grados. ¡Cinco! Eso sí, gracias al frío se me ha quitado el mareo y la angustia de golpe. Nos dirigimos hacia una hilera de coches de la compañía de alquileres, donde nos espera un chico muy amable que nos acompaña hasta el coche que Marcos ha alquilado. Cuando llegamos, por poco no se me cae la mandíbula al suelo. —¿Es un Maserati? —Ajá. —¿Cómo que «ajá»? ¿Qué clase de contestación es esa?

Doy vueltas alrededor del coche flipando y con miedo a tocarlo por si al hacerlo se convierte en polvo y desaparece. El chico dice algo más, no tengo ni idea de qué, y se marcha. Mi amigo acciona un botón y el maletero se abre, cuanto apenas, con un suave clic. Cuando lo levantamos del todo un olor a nuevo y a caro inunda mis fosas nasales, mareándome. Pero es un mareo tan placentero que lo respiraría hasta el día de mi muerte. —¿En serio has alquilado un Maserati GranTurismo de color rojo? —pregunto de nuevo, incrédulo. Sé que el color no es importante. Pero es que es un Maserati. Y Rojo. Marcos palmea mi hombro y me quita su maleta de la mano para poder guardarla. Cuando va a quitarme también la mochila, lo paro y lo hago yo mismo, rescatando primero el móvil y la cartera. —He pensado que tienes razón. —¿En qué? ¿En gastarnos nuestros ahorros en un choche de alquiler? —En que hemos venido de viaje y eso conlleva a disfrutar y a pasarlo bien. Pues vamos a por ello a tope. —Pero has alquilado un coche que no nos podemos permitir. —Tú por eso no te preocupes. —¿Cómo no me voy a preocupar? No quiero acabar en una cárcel italiana rodeado de carabinieri. —Este alquiler es cosa mía. Lo dice tan tranquilo, como el que dice que se acaba de comprar un kilo de tomates. Abre la puerta del piloto y se sienta. Rodeo el coche hasta llegar a la del copiloto, me quito el chaquetón de las narices y entro. Quiero rebatirle a Marcos, pero no puedo, porque si el exterior es una pasada para el interior no tengo palabras. Mi amigo se ríe por mi reacción, aunque puedo ver que él está tan emocionado como yo. Acerco la mejilla a la guantera, la acaricio y la abrazo. —Creo que me acabo de enamorar.

—Deja de hacer el payaso y abróchate el cinturón, que nos vamos. —¡Espera! —Lo detengo, sujetándolo de la muñeca justo antes de que gire la llave—. Necesito ir a facturación o a donde sea para decirles dónde me alojo y que me lleven allí la maleta. —Ya está solucionado. —¿En serio? —Sí. Mientras tú roncabas yo he alquilado un coche, he buscado un hotel y he ido a facturación a decirles dónde enviarla una vez la encuentren que, por cierto, ya la han localizado. Está en Roma. Si no pasa nada mañana ya la tienes contigo. Solo vamos a tener que compartir calzoncillos una noche. —Te daría un beso en la boca, pero he vomitado, hace mucho que no como nada y hasta yo sé que eso es asqueroso. —Luego soy yo el que se parece a mi hermana… — susurra de forma divertida mientras niega con la cabeza y, por fin, arranca el motor. Los pelos se me ponen de punta, literalmente. Qué sonido más espectacular. Me siento recto y me abrocho el cinturón mientras salimos del aparcamiento siendo la envidia de todo aquel que se gira a mirarnos. Conecto la radio y una música italiana nos da la bienvenida oficial a nuestro viaje. No tengo ni idea de quién es, pero suena bien, así que no sigo buscando. Lo que sí hago es apoyar la cabeza en el respaldo y dejarme envolver por el coche, el cual no puedo dejar de mirar y acariciar, con sus asientos de cuero negro o el sistema de navegación que tiene, que es una auténtica pasada. Tiene un montón de botones. La mitad no sé ni para qué se utilizan y no me atrevo a apretarlos, no sea que termine cargándome algo y me tenga que prostituir para poder pagar la reparación. Miro a Marcos, que conduce relajado con una mano al volante y la otra apoyada en la cabeza, totalmente ajeno al

batiburrillo de pensamientos que cruzan mi mente ante la idea de cómo va a pagar este coche. —Deja de pensar. Te escucho desde aquí y puedo confirmar que es bastante molesto —replica sin ni siquiera mirarme. Toca un par de botones de la pantalla aumentando la calefacción. Me coloco de lado y lo enfrento. —Es que no sé cómo puedes permitirte alquilar este coche. De hecho, ni siquiera sabía que pudiese alquilarse. Marcos, me gano la vida enseñando a chicos a jugar al baloncesto e impartiendo alguna que otra clase de educación física. No tengo los ahorros suficientes como para permitirme este viaje y, además, alquilar un coche de esta gama. —Te he dicho que por eso último no te preocupases, que yo me encargaba. —Primero, me siento como tu puto. —Mi confesión le arranca una carcajada, aunque a mí no porque es cierta—. No te rías. Es verdad. Pero, aparte de eso, tampoco sabía que se podía ganar tanto dinero como publicista. Quiero saber de dónde vas a sacar el dinero. Sabes que si estás metido en algo ilegal puedes contar conmigo. Siempre puedes contar conmigo. —¿Quieres dejar de decir tonterías? Suelta un suspiro y se pasa una mano por el pelo, algo que siempre hace cuando está nervioso o inquieto. Baja el volumen de la música hasta dejarla al mínimo y me mira un segundo antes de volver a prestar atención a la carretera. —Mira. Necesito este viaje, ¿de acuerdo? Necesito salir de Valencia durante un tiempo y pasármelo bien. Estoy en Cerdeña con mi mejor amigo, somos tíos jóvenes y tengo mis ahorros, los cuales me gasto en lo que me da la gana. Siempre he querido conducir este coche y ahora lo estoy haciendo. Así que deja al Pedro ordenado y meticuloso en casa y céntrate en divertirte y disfrutar. Ese se supone que es el objetivo de este viaje. Así que, ¿trato hecho? —

Extiende la mano que tiene libre en mi dirección para que se la estreche. Tiene razón. Si me viera desde fuera me horrorizaría. Parezco un abuelo. O, más bien, parezco Javi; tan preocupado siempre por todo y por todos y tan centrado que a veces me da miedo que no termine de disfrutar de la vida como debería hacerlo. Que yo no es que sea el tío más aventurero y alocado del mundo y, por supuesto, no comparto la filosofía de vida de Paula que consistente en hacer y no pensar; pero, oye, sí tiene razón en una pequeña cosa: si de vez en cuando nos dejamos llevar tampoco creo que pase nada malo. Además, aunque no sea una tía y no tenga un sexto sentido como ellas, sé que algo le ronda a Marcos por la cabeza desde hace unos meses. Si hago memoria creo que es desde el veintitrés cumpleaños de mi hermana Eva, más o menos. No tengo ni idea de lo que puede ser, pero lo que sí sé es que es demasiado importante para él. Marcos es de esas personas que necesitan su tiempo para hablar y sincerarse. Es hermético cuando se lo propone y cabezota como él solo, y yo lo respeto como él respeta lo mío así que, ya hablará conmigo cuando estime oportuno. Mientras tanto, vamos a divertirnos y el resto ya lo iremos viendo. Le estrecho la mano a mi amigo y ambos sonreímos. —Solo una cosa. Tengo una pequeña pregunta sin importancia que hacerte. —Dispara. —¿Adónde vamos? —He alquilado un apartamento cerca de la Playa de Poetto. Me lo han recomendado. —Te lo han recomendado… —Lo observo de reojo y sonrío —. La tía de alquiler de coches, ¿no? —Se encoge de hombros como toda respuesta, aunque no puede evitar que la comisura de la boca se le eleve—. Eres un puto Casanova. Subo el volumen de la música. Más italiano y más canciones que no conozco. Pero no importa. Cierro los ojos,

apoyo la cabeza en el respaldo y dejo que Marcos me lleve a esta locura de viaje.

Capítulo 5   —El apartamento es minúsculo, aunque tiene sus ventajas. Puedo cagar mientras me frío un huevo. Para que luego digan que los hombres no sabemos hacer dos cosas a la vez. —¡¡Serás cerdo!! —Mi hermana me llama guarro y alguna que otra perla más mientras yo sigo dando vueltas sobre mí mismo admirando el apartamento que hemos alquilado Marcos y yo. Lo dicho. Es tan pequeño que creo que si apoyo la espalda en la puerta principal y estiro el brazo, puedo tocarle a Marcos la punta de la nariz. Y eso que está sentado en el sofá viendo la televisión. Es perfecto. Cuando nos han dado la llave y hemos subido a verlo, debo reconocer que me ha faltado poco para volver a la recepción y pedir la devolución, pero tras entrar y dejar las maletas sobre las camas y recorrerlo bien —lo que nos ha llevado, literalmente, treinta segundos—, he comprendido que era esto lo que necesitábamos. ¿Para qué queremos más? —Bueno. Pero ¿por lo demás todo bien? —Ha sido un poco caótico. Creo que para la próxima vez que viaje planificaré las cosas con tiempo. A mí eso de dejar las cosas al azar como que no me va mucho. —Eva no puede evitar reírse. Me la imagino tirada en el sofá de su casa con la cabeza colgando y los pies en alto, descansando sobre el respaldo—. No te rías. Lo digo en serio. —Ya sé que lo dices en serio. Es que, ¿cómo se te ocurre irte sin mirar ni siquiera el avión? Me has sorprendido, hermanito. —Yo también me he sorprendido. Por eso te digo que no pienso volver a hacerlo.

Las tripas me rugen cual león de la Metro-Goldwyn-Mayer, y es que ni siquiera me acuerdo de las horas que llevo sin comer nada. Si a eso le añadimos todo lo que he vomitado esta mañana, estoy sorprendido de no haberme desmayado. Me acerco hasta Marcos y lo llamo tocándole el brazo. Cuando me mira le indico por señas que nos vamos a comer. Apaga la televisión y me sigue fuera del apartamento dirección a los ascensores. Eva sigue al teléfono contándome cuáles son sus nuevos planes para Nochevieja. Va a ser la primera que pase con Raúl como pareja y quieren que sea especial. El ascensor llega, entramos y pulso la planta baja mientras finjo una arcada silenciosa ante las palabras de mi hermana. —No hagas eso. —¿El qué? —Fingir una arcada. —Pongo los ojos en blanco y suspiro. Odio que me conozca tan bien—. Además, me da igual lo que digas. Soy feliz. —Y yo me alegro de que Raúl te haga feliz. Te lo juro. El ascensor llega. Las puertas aún no se han abierto del todo, pero Marcos, gruñendo por lo bajo, sale escopetado hacia la calle. Ni siquiera se ha puesto la chaqueta. —Joder, qué rarito es este chico. —¿Quién? —Pues el Casanova este. Lo mismo está sonriendo que se pone a gruñir como un oso. Para mí que es bipolar. —Me despido con un movimiento de cabeza de la recepcionista y salgo yo también al frío de Cagliari—. Bueno, hermanita. Pórtate bien. Y dile a Raúl que deje un rato las manos quietas, que parece un pulpo. —Por Dios, Pedro. Ni siquiera estás aquí y te tiene que salir la vena paternal. —¿Qué quieres que haga? Además, a ti te gusta. —Uy, sí, mira. Me vuelve loca.

En realidad, solo lo hago para picarla. Aunque sí es cierto que a veces me paso de sobreprotector con ella. Bueno, con ella y con mi madre. Pero es algo que no puedo controlar. No, desde que murió nuestro padre. Ya se lo dije una vez a mi hermana y ella se rio de mí en mi cara, pero es cierto; Eva es la persona más importante de mi vida y la cuidaré, aunque no me deje hacerlo. —Muy bien, papá —contesta con retintín—. Pasadlo bien, dale un beso a Marcos de mi parte y cuidadito con lo que hacéis. —A sus órdenes. Te quiero, pequeña saltamontes. —Y yo a ti. Cuelgo el teléfono, me lo guardo en el bolsillo interior de la chaqueta y me subo la cremallera hasta tener bien tapado el cuello. Miro alrededor buscando a Marcos, que ha desparecido. Lo diviso a lo lejos, a unos metros de distancia, apoyado en una pared de ladrillo. Cuando llego hasta él me lo encuentro con los ojos cerrados, un pie apoyado en la pared, los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza hacia atrás. —Te falta el cigarro en los labios para parecerte a James Dean. Cuando me mira, su postura es seria y en sus ojos se puede ver una pizca de enfado y resquemor. —Yo sé que no te gusta mucho hablar de ti. Y lo respeto, no te creas. Pero necesito saber si está todo bien, porque estos cambios continuos de actitud me confunden bastante. —¿Es feliz? —¿Quién? —Lo miro de forma interrogante porque no sé de qué me habla. —Eva. Le has dicho que te alegras de que sea feliz con Raúl. ¿Lo dices en serio? ¿De verdad crees que es feliz con él? Pienso en la sonrisa de mi hermana de los últimos meses y tengo clara cuál es mi respuesta.

—Por supuesto. Tú lo conoces, sabes que es buen tío. No tengo ni idea de qué tipo de relación es o si esto va a desencadenar en algo más profundo, pero claro que lo digo en serio. Sé que Raúl va a cuidarla y eso es lo que más me importa. Sopla, resopla, se pasa una mano por el puente de la nariz y luego por la nuca. Asiente un par de veces de forma distraída y, por último, se aparta de la pared, se sacude las palmas de las manos en los vaqueros y, poco a poco, deja salir una sonrisa sincera. De las suyas. —Tienes razón. Eva se merece ser feliz. Raúl es un tío con suerte, además de valiente. No sé muy bien a qué se refiere con eso de ser valiente, pero tampoco me paro a analizarlo. Las tripas vuelven a rugirme y el olor a pizza de estas calles es cada vez más fuerte. Dejamos a España en un segundo plano y nos dedicamos a buscar restaurante.

Capítulo 6   Ojalá alguien en este momento me hubiese dado una colleja. Ojalá hubiera sido un poco más avispado para ver y entender lo que pasaba a mi alrededor; para haber sido capaz de darme cuenta de que mi amigo no era bipolar ni era un enamorado de los cambios de humor. A Marcos, lo único que le pasaba es que estaba demasiado enamorado de mi hermana. Pero yo no supe verlo, y él tampoco dejó que los demás lo hiciésemos. Ni siquiera la implicada. Si las cosas hubiesen sido de otra manera supongo que habría habido menos lágrimas, tristezas y huidas. Pero las cosas suceden por algo y está claro que nosotros teníamos que hacer este viaje. Él, para escapar. Yo, para escribir un hola y un adiós que cambiaría mi vida para siempre.

Capítulo 7   El olor nos lleva hasta una pequeña trattoria situada a solo dos calles del hotel. La fachada es de color negro y la puerta totalmente amarilla. Si no llamase la atención por su olor lo haría por su aspecto, se ve a un kilómetro de distancia. El local no es grande. Cuenta con apenas ocho mesas distribuidas en forma de u por toda la estancia, decoradas con manteles de cuadros rojos y verdes y un pequeño jarrón con flores frescas de diversos colores en el centro. Las paredes son de ladrillo. Tiene aspecto de envejecido, pero eso solo le da calidez al local. Un chico joven, de más o menos nuestra edad, nos invita a sentarnos en la única mesa que tiene vacía. El tema del idioma no es ningún problema, pues habla español casi tan bien como nosotros, ya que estuvo de viaje en nuestro país al terminar la carrera hace ya tres años. Es abogado, o por lo menos intenta serlo. Esta trattoria es de su familia y viene a ayudar siempre que puede. Nos dejamos aconsejar por él y terminamos pidiendo una pizza cada uno; la de Marcos una cuatro quesos y la mía una cuatro estaciones. Aunque Carlo, el camarero, nos advierte que es demasiada comida si después queremos comernos un tiramisú cada uno. También pedimos unos auténticos espagueti carbonara con huevo y con nata. Han sido muchas cosas las vividas hoy y tenemos demasiada hambre. Además, Marcos y yo juntos somos temibles. Nos lo terminamos todo entre risas, anécdotas y mucha cerveza. Carlo nos invita a un par de chupitos de limoncello que nos quema la garganta y nos deja la lengua insensibilizada durante unos segundos. También nos invita a acompañarlo por la noche a una pequeña fiesta «postnavidad» o «prenochevieja», que cada uno la interprete como quiera, en la misma playa de Poetto.

Aceptamos encantados y nos despedimos de él hasta las diez de la noche, hora en la que hemos quedado aquí mismo, en el restaurante, para ir todos juntos. Es una playa a la que no se puede acceder a pie. Podemos ir en el coche de alquiler, pero es muy difícil aparcar por allí. Además, si queremos beber lo mejor es utilizar el transporte público. El viaje ha sido raro, complicado y largo, estamos hinchados de tanta comida y el alcohol está empezando a hacer de las suyas. Lo mejor que podemos hacer ahora mismo es dormir lo que queda de tarde. En cuanto ponemos un pie en el apartamento nos lanzamos cada uno sobre una cama. Como el apartamento es tan pequeño lo hacemos casi desde el vano de la puerta, con tan mala suerte que al hacerlo reboto contra el colchón y acabo besando el suelo con el trasero. A Marcos le entra tal ataque de risa al verme ahí tirado que comienzan a llorarle los ojos. —Es por culpa del limoncello. El segundo chupito me ha sentado fatal. El muy cabrón intenta hablar, pero es imposible. Está hecho un ovillo sobre la cama y se agarra la barriga con fuerza. Me levanto lo más dignamente que puedo y me encierro en el baño. Necesito mear y ver el moratón que seguro me ha salido tras mi caída. Aun con la puerta cerrada se escuchan las risas de mi mejor amigo. Tiro de la cadena al terminar, me lavo las manos y la cara, y salgo. —Luego dices de tu hermana, pero eres peor que ella y vas a ir de cabeza al infierno. —No puedo evitar sisear entre dientes en cuanto veo a mi amigo tapándose la nariz y rojo como un tomate intentando controlar la risa. —Ya paro, te lo juro. —No sabes lo que paso de ti y tus juramentos... —Es que te has dado una hostia… ¿Estás bien? Bufo, apago la luz, aparto la colcha y las sábanas a un lado y me meto dentro, no sin antes haberme quitado toda

la ropa y quedarme solo con una camiseta blanca de manga larga. —¿Pedro? —Me llama tras unos minutos de silencio por mi parte. Bufo y me coloco boca arriba, con el brazo flexionado bajo la cabeza y la vista fija en el techo. —En mi vida imaginé que tendría un inicio de vacaciones tan malo. —No ha sido tan malo. —Podría haber sido peor. —¿Qué tal si lo dejamos en diferente? —La amante de los desastres es Paula, no yo. Quien tiene situaciones embarazosas y vergonzosas es ella. He llegado a pensar que todo esto es por su culpa, porque está haciendo vudú con un muñeco con nuestras caras. Además, creo que no vomitaba de esa manera desde que era un crío y pillé gastroenteritis en el campamento ese al que fuimos con el colegio. Qué mal lo pasé. —Eso no es cierto. —¿El muñeco de vudú? —¿Ya has olvidado esa Nochevieja en casa de Diana en la que mi hermana te retó con la cazalla y echaste por la boca hasta lo que cenaste en Nochebuena? —Mierda, es verdad. Pero es que esa noche era por arriba y por abajo. Te juro que creía que me moría. Marcos vuelve a estallar en carcajadas y yo, inevitablemente, también. Nos fuimos los cinco, junto a otros amigos, de viaje a Tarragona, a una cabaña que los padres de Diana tenían en un pueblo cercano. No recuerdo muy bien cómo empezó la cosa, lo que sí recuerdo es que la empezó Paula, como no podía ser de otra manera, y con un reto. Nos bebimos tres chupitos de cazalla de golpe. Sigo pensando que lo suyo era ron con Coca-Cola, porque yo luego estaba que me moría y ella fresca como una lechuga. Acabé recibiendo el nuevo año abrazado a la taza del váter como mi madre me trajo al mundo, porque además de

molestarme la ropa y odiar que algo me rozara el cuerpo, no solo tuve vómitos, sino también diarrea, y no sabía si prefería estar sentado o de pie. —Olvidémonos de ese episodio, por favor. —Eso va a ser imposible. Acuérdate de que tu hermana y mi hermano lo tienen grabado en vídeo. —Es que aún estoy flipando. ¿Cómo pudieron esos dos grabarme en vídeo en un momento tan bochornoso en vez de estar ayudándome? ¡Si son los buenos del grupo! Me lo hubiera esperado viniendo de ti o de Paula, pero de ellos dos… ¡Nunca! Marcos se ríe sin darle importancia a lo que acabo de decir sobre él porque ambos sabemos que es totalmente cierto. Eva y Javi son los más tranquilos. Tienen su genio y cuando lo sacan asustan. Por el contrario, Marcos y su hermana pequeña son la muerte; unos pequeños demonios con cara de ángel, como dice su madre. De pequeño llegué a pensar que Paula era la reencarnación del diablo —aún lo pongo en duda— y, aunque el que está en la cama de al lado es mi mejor amigo, debo reconocer que no le hace sombra a su hermana en cuanto a hacer putadas a los demás se refiere, o cuando la cosa va de no tener escrúpulos. Por eso me sorprendió tanto que, al levantar la cabeza después de la cuarta vomitona, fueran el mayor de los hermanos Baró y mi hermana los que estuvieran con el móvil en mano inmortalizando el momento y los otros dos buscando toallas con las que lavarme la cara o trayéndome un vaso de agua para no deshidratarme. —Mira, ¿sabes qué te digo? Que corto ahora mismo este pequeño viaje en el tiempo porque necesito dormir. Voy a dejar a un lado este pésimo inicio de vacaciones que he tenido y voy a centrarme en pasármelo de puta madre a partir de ahora. —¡¡Di que sí, campeón!! —Y eso empieza por esta misma noche. Presiento que esta será mi noche.

Capítulo 8   Ai se eu te pego, de Michel Teló, suena a todo volumen. La gente está colocando altavoces por toda la arena mientras se vuelve loca gritando, saltando y berreando como si no hubiera un mañana al son de la música. —Nossa, nossa Assim você me mata. Ai se eu te pego, ai ai se eu te pego. Delícia, delícia. Assim você me mata. Ai se eu te pego, ai ai se eu te pego —cantamos Marcos y yo como si fuéramos unos italianos más y nos supiéramos la letra. Hacía tiempo que no me reía tanto y no me lo pasaba tan bien. La mayoría de los que estamos en esta playa estamos casi más cerca de los treinta que de los veinte, pero eso no es impedimento para comportarnos como quinceañeros y disfrutar muchísimo. Los amigos de Carlo son geniales. Ninguno habla español, a excepción del abogado barra camarero, y Marcos y yo no hablamos italiano, pero entre que ambos idiomas se parecen, que todos controlamos bastante bien el inglés y que el alcohol hace que te entiendas en el idioma que sea, no hay problema alguno para comunicarnos. La recepcionista de la tienda de alquileres de coches del aeropuerto ha aparecido hace cosa de una media hora. No sé con exactitud si ha sido casualidad o es que mi amigo la ha llamado, pero la cara de alegría que ha puesto la chica al verlo ha sido apoteósica. Aunque la de Marcos tampoco se ha quedado atrás. Alonzo, el amigo surfero de Carlo, me ofrece un nuevo botellín de cerveza que yo acepto gustoso. Me he propuesto no pasarme mucho esta noche. Es la primera y todavía nos quedan muchos días por delante y aún tengo el estómago revuelto.  

Me aparto a un lado y hago un barrido para buscar a mi amigo. No es que lo necesite, pero acabo de caer en que hace bastante rato que no lo veo. No puedo evitar dejar escapar una gran carcajada en cuanto lo encuentro; está medio escondido tras una papelera llena de vasos de plásticos y botellas, tumbado en la arena con la recepcionista de alquiler de coches bajo su cuerpo y dándose más que los dos besos de rigor para ser dos personas que se acaban de conocer. La sonrisa se me corta de golpe en cuanto soy consciente de que, a lo mejor, me he quedado sin sitio en el que dormir esta noche. —Por la cara que acabas de poner diría que acabas de ver algo que no te hace ninguna gracia. Una voz dulce y alegre con un tono un tanto cantarín a pesar del ruido que hay en esa playa, me hace apartar la vista de esos dos y buscarla. Cuando lo hago por poco no se me cae la cerveza que llevo en la mano al suelo. —Joder. Una chica menuda y delgada está parada frente a mí. Lleva un vaso de tubo de plástico en las manos y sonríe de una forma que hace que sientas un pequeño pinchazo en el pecho. Tiene unos labios gruesos, aunque no en exceso, el pelo a media melena cayéndole en una cascada lisa hasta los hombros y de un color que no sé bien cómo describir, pues a la luz de la luna y con esta oscuridad es bastante difícil. Lleva un gorro de lana sobre la cabeza con un pompón amarillo arriba del todo, y una bufanda del mismo color tapándole el cuello. Me mira a los ojos durante un rato hasta que aparta la vista como avergonzada, y se mira las puntas de los pies cubiertos por unas gruesas botas negras que seguro que le calientan. No como a mí, que hace rato que dejé de sentir los pies. Da un último trago al vaso, lo tira haciendo canasta en una papelera cercana y se limpia los labios con el dorso de

la mano. Unos labios que, de repente, no puedo dejar de observar. —Bueno, mejor me voy. Encantada de charlar contigo. ¿Qué? No. ¿Por qué? Reacciono justo a tiempo. Antes de que se dé la vuelta del todo, me dé la espalda y desaparezca, la agarro del codo con suavidad y la detengo. —No te vayas —susurro. Suena más a un ruego que a una petición. Me aclaro la voz y vuelvo a hablar—. Perdona. No te marches. —Tranquilo, si no pasa nada. En realidad, no sé por qué me he acercado. Bueno, sí que lo sé. Os he oído antes. A tu amigo y a ti —aclara—, hablabais en español y he pensado: «mira, españoles», y después te he visto aquí solo y he vuelto a pensar: «¿por qué no me acerco y saludo?». Pero, vaya, que ha sido una tontería, en serio. Lo mejor es que dé media vuelta y vuelva por donde he venido. Su balbuceo me hace sonreír, no lo puedo evitar. Aunque eso no parece sentarle muy bien a la chica que, de repente, me mira seria y echando chispas por los ojos. —Mira, ¿sabes qué te digo? Que me marcho. Esta vez es más rápida que yo. Se da media vuelta y comienza a andar, alejándose. Lanzo la cerveza con lo poco que queda dentro a la papelera más cercana que encuentro y voy a su encuentro. —¿Por qué sales corriendo? —pregunto en cuanto la alcanzo. Ella bufa y sigue su camino conmigo pegado al lado —. Oye, ¿podrías parar un momento? —Murmura algo, pero no logro saber qué es. Consigo plantarme delante de ella y detenerla—. Para, por favor. No estoy entendiendo nada de lo que dices. —Porque no estoy hablando contigo. —¿Y con quién hablas? Miro alrededor, pero solo estamos nosotros dos. Y ahora que me doy cuenta nos hemos alejado bastante de la hoguera.

—Corres mucho para ser tan pequeña, ¿lo sabías? —¿También te hace gracia mi estatura? —pregunta enfurecida—. Mira, esto ha sido un error, ¿de acuerdo? No tendría que haberme acercado a ti y ya está. Ellas ganan y yo pierdo. Ahora, por favor, tengo que volver. —¿Ellas? —Vuelvo a mirar alrededor. Pero nada, seguimos estando solos. Doy un paso hacia delante para poder fijarme mejor en su oreja a ver si tiene un pinganillo de esos que se utilizan para hablar por teléfono y por eso está todo el rato hablando en plural. Pero no consigo ver nada porque el pelo le cubre las orejas. La chica sigue mis movimientos mientras me mira con ojos escrutadores. —¿Tengo algo en el pelo? —Se toca la parte en cuestión —. ¿Es una araña? ¡Dios mío! ¡¿Tengo una araña?! —grita histérica, alborotándose el pelo y dando saltitos sobre sí misma. —¿Qué? ¡¡No!! Intento tocarla en el hombro para ver si se está quieta y se tranquiliza, pero consigo todo lo contrario, pues parece que cada vez está más histérica. De repente, como salidas de la nada, aparecen miles de manos que rodean a la chica y comienzan a palparla haciendo que dé un paso atrás si no quiero ser pisoteado. —¡Daniela!, ¿qué ocurre? ¿Estás bien? —pregunta una de las chicas visiblemente nerviosa, en inglés. Daniela, que así es como se han dirigido antes a ella, se gira hacia la chica que le ha preguntado y suelta un suspiro a la vez que deja de dar saltos. Doy un paso hacia la derecha para poder verla entre el grupo de chicas y, cuando lo hago, en lo único en lo que puedo pensar es en lo bonita que está a pesar de tener el pelo revuelto —como si acabara de meter los dedos en un enchufe y le hubiese dado la corriente—, las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes. Del gorro que llevaba sobre la cabeza, ni rastro. Creo recordar que ha salido volando en cuanto ha comenzado «la danza».

Sus ojos se encuentran con los míos y arruga la nariz en un gesto muy mono. —Nada, no pasa nada. Él —me apunta con el dedo índice — me ha dicho que tenía algo en el pelo y no sé por qué he pensado que sería una araña. Ya sabes el pánico que les tengo, así que me he puesto un poco histérica. —Creo entender que le contesta eso, pues lo hace en un perfecto inglés y, aunque yo lo hablo con bastante fluidez, ahora mismo no sé ni si sería capaz de conjugar el verbo to be, que es como nuestro a, e, i, o, u. La chica que ha conseguido tranquilizarla se agacha a recoger el gorro del suelo, se lo coloca de nuevo a Daniela con dulzura sobre la cabeza y le pasa un brazo por los hombros. Después se gira para fulminarme con la mirada. Yo, por mi parte, no puedo hablar. Y, ya puestos, ni moverme. Busco a Daniela pero ella ha decidido rehuir mi mirada y centrarla en la arena. La amiga chasquea los dedos frente a mí, captando mi atención. —Mira… como te llames. La prueba estaba clara: ella se acercaba a ti, tonteaba un poco, conseguía que la invitaras a una copa y adiós muy buenas. Pero está claro que la cosa no ha salido bien. Así que, hasta la próxima. Vámonos, Daniela. Me da una palmada en el brazo, ¡una palmada!, y acto seguido desaparece con todo su séquito; la chica del pompón amarillo va arropada bajo su brazo. Yo me quedo ahí plantado con cara de imbécil y sin tener ni puñetera idea de qué narices acaba de pasar. Luego me rio de la vida de Paula, pero la mía es para escribir un libro. O dos. Me ha dado tal bajón que hasta se me han quitado las ganas de fiesta y de todo. Pienso en mi amiga Paula y mi teoría del vudú cobra más fuerza que nunca. Como si la viera. Saludo con un movimiento de cabeza al recepcionista de nuestro edificio cuando paso por su lado, pero está

demasiado ocupado consultando algo en el móvil para prestarme atención, así que avanzo hasta perderme en el ascensor. Solo tengo ganas de meterme en la cama y no despertar hasta el año que viene. Quedan apenas unos días, así que tampoco creo que sea tan difícil. Nunca me había considerado un tío gafe. Un poco patoso… bueno, vale, pero nunca un tío con tan mala suerte para todo. Pero es que lo de hoy se parece más bien a un guion orquestado por los hermanos Marx que a la vida real. Cuando veo la puerta de nuestro apartamento a lo lejos estoy a punto de aplaudir. Hasta que me acerco y lo escucho; un jadeo, dos, tres, un golpe seco contra lo que parece una pared y un grito de mujer. —Venga, hombre. No me jodas. Me acerco hasta la puerta con el número treinta y rezo para que esos jadeos y gruñidos no salgan de ahí. Pero, como no podía ser de otra manera, y porque la vida me odia, todo eso sale de mi apartamento. El gilipollas de mi amigo se ha venido aquí con su conquista. —¡¡Que ella vive aquí, so imbécil!! ¡¡Os podríais haber ido a su casa a follar y dejarme a mí dormir!! —grito mientras golpeo con la palma de la mano la puerta. Los chillidos frenan de golpe, haciéndome sentir un poco mierda por cortarle el rollo a mi amigo. En menos de tres segundos la puerta se abre. Marcos, tapado con una toalla minúscula, me mira desde el otro lado. Entorna la puerta a su espalda para que no pueda ver dentro. Aunque, como ya he dicho antes, la habitación es tan pequeña que es difícil no hacerlo. —Hola, ¿qué tal? —Saludo a la pobre chica asustada que hay sobre la cama de mi amigo y que está tapada con una sábana. Intento sonreír, pero hasta yo sé que mi cara debe de dar pavor. Marcos da un paso al frente y entorna un poco más la puerta. Alzo la mano y la pongo justo frente a su cara.

—Alto ahí, campeón. Como te muevas un poco más tapado solo con esa toalla voy a ver a tu soldado saludando y ya es lo único que me falta para querer tirarme por una ventana. —Oye, ¿estás bien? De repente, sin saber por qué, comienzo a reír de forma casi histérica. Marcos frunce el ceño y eso me hace reír todavía más fuerte. —¿Bien? Me preguntas si estoy bien, ¿no? Mmm… déjame que lo piense. —Me golpeo el dedo índice contra la barbilla mirando al techo. Vuelvo a reír y bajo la vista hacia mi amigo—. No, Marcos. No estoy nada bien. Esta ha sido una muy mala idea. —¿El qué, exactamente? —¡Todo! El viaje, el puto vuelo, las turbulencias, elegir viajar a Cerdeña solo porque he visto a un grupo de chicos y chicas haciendo cola en el aeropuerto que me han hecho gracia y he pensado… ¿por qué no? ¡Vamos a la aventura! Pero odio la aventura. ¡La odio! Me gusta tener las cosas organizadas, narices. Y si las hubiera tenido nada de esto hubiera pasado. —Mi amigo abre la boca para hablar, pero lo interrumpo antes de que pueda hacerlo—. Espera, por favor, que eso no es todo. Además de vivir una situación de lo más extraña con una chica hace un momento en la playa, te pones a follar en nuestra habitación. Que a mí no me importa, ¿eh, Casanova? Folla todo lo que te salga de los santos cojones, pero… ¿tenía que ser en nuestra habitación? ¡Que ella vive aquí! ¿Por qué no te la has llevado a su casa y me dejas a mí dormir la puta mona tranquilo? ¿Es mucho pedir? Escucho un clic en alguna parte. Parece que es una puerta abriéndose. —Perfecto. Tenemos espectadores. Voy a ver quién es, pero Marcos es más rápido; me agarra del brazo y me arrastra hasta meterme dentro de la habitación.

—Cierra la boca —me exige más que me pide. Se acerca hasta la cama donde la pobre chica continúa tumbada y le dice algo al oído. Aunque no debería, porque sé que es de muy mala educación, la miro. Los ojos están a punto de salírseme de las órbitas cuando me doy cuenta de que no es la chica del aeropuerto de esta mañana. Vamos, la misma con la que se estaba dando el lote en la playa esta noche. ¿Esta mujer de dónde ha salido? —Lo tuyo es de Óscar, colega. —Chitón —me vuelve a decir Marcos sin ni siquiera mirarme. Ayuda a la chica a levantarse, la tapa bien con la sábana y esta huye despavorida hasta enconderse en el baño. Una bombilla se enciende en mi cabeza. Por eso están aquí, porque no es la chica de esta mañana. Joder, soy un bocazas. Marcos se planta frente a mí con el torso desnudo, la mini toalla y los brazos en jarras. ¿Cuánto de mal quedaría que ahora me riera? —¿Se puede saber qué cojones te pasa? Creía que te habías ido con aquella chica. —¿Me has visto con Daniela? —No tengo ni idea de cómo se llama. Solo sé que te he visto correr tras una chica en la playa y, después, al no volver a veros a ninguno, supuse que te habrías ido a su habitación. Te llamé, te escribí un mensaje, pero al no recibir respuesta alguna supuse que estarías ocupado. Por eso vinimos aquí. Si llego a saber que te ibas a poner como la niña del exorcista me quedo con Albertina en la playa. —¿De verdad se llama Albertina? —pregunto susurrando. No quiero que la pobre chica pueda escucharme y en este cuarto es bastante difícil no hacerlo. Marcos bufa y pone los ojos en blanco. —De todo lo que te acabo de decir, ¿es con eso con lo único que te quedas? Ahora, el que bufa y resopla soy yo.

Toda la ira con la que he llegado parece desaparecer de mi cuerpo. De repente, me siento tan cansado que dudo que pueda sostenerme en pie. Doy un par de pasos hasta llegar a mi cama y me siento. Apoyo los codos sobre las rodillas y me sujeto la cabeza con las manos. La imagen de Daniela recorre mi mente y no puedo evitar suspirar. En mi vida había visto una chica tan guapa como ella. No es que me haya rodeado de adefesios todo este tiempo, de hecho, Estela, la única chica con la que he estado un tiempo más que prudencial para considerarla algo serio, era una belleza. Pero lo que sí debo reconocer es que ninguna me había llamado la atención a primera vista como ella lo ha hecho. Tiene unos ojos preciosos y una sonrisa que invita a pecar, y con ese gorrito tan llamativo sobre la cabeza la hace parecer adorable y dulce. Cuando me he girado y la he visto solo he podido reaccionar diciendo «joder», como si fuera subnormal, pero es que no me salía nada más, y es que su cara me había dejado noqueado y eso era algo que no me ha pasado jamás. Después de eso, todo ha sido una sucesión de catastróficas desdichas. No sé bien cómo contarle a Marcos lo sucedido porque la verdad es que no tengo ni idea de qué ha sucedido. No entiendo cómo he pasado de estar corriendo tras ella para pedirle que no se marchara, a verla salir espantada con sus amigas como si yo fuese un ogro. Y todo eso en cuestión de segundos. Marcos me mira atento todavía de pie y con la ridícula toalla sobre la cintura. Eso hace que me acuerde de la pobre chica que tiene escondida todavía en el baño. Me levanto y voy hacia la puerta. —Mira, perdona. No tengo ni idea de qué me pasa hoy. Yo no soy así. Yo no soy ningún dramas. Todo ha sido por el vuelo que me ha dejado revuelto y no hago más que decir y hacer idioteces. Discúlpate con la pobre Albertina de mi parte y termina tu noche. Por lo menos, la tuya está siendo mejor que la mía. Enhorabuena.

—Pero ¿dónde narices vas ahora? —A dormir. Ni siquiera espero a que replique. Cierro la puerta a mi espalda y bajo los tres pisos andando. El recepcionista sigue exactamente en la misma posición en la que estaba cuando llegué. Esta vez no me molesto en saludarlo. Salgo al frío de Cagliari y ando hasta la playa. Me ha parecido ver una zona un tanto rocosa mientras estaba en la playa esta noche. Una zona que me recuerda a ese trozo de playa que tengo en Valencia y que una vez, hace ya tantos años, me enseñó mi padre. Ese trozo que se convirtió en algo nuestro, solo de él y mío, y al que voy a perderme de vez en cuando.

Capítulo 9   Miro la hora en el reloj del móvil y me entran ganas de llorar cuando me doy cuenta de que son solo las tres de la mañana. Y yo que creía que estaba a punto de amanecer. —Qué día más intensito estoy teniendo. ¿Es que no piensa terminarse nunca? —Una ola rompe demasiado cerca golpeando contra las rocas en las que estoy sentado y consiguiendo que unas gotas de agua se cuelen por la pernera del pantalón—. Genial. Solo falta que me moje, coja una pulmonía y me muera. Por lo menos, espero que mi cuerpo lo donen a la ciencia. No me haría ninguna gracia terminar mis días en la tierra siendo devorado por gusanos, y la idea de quemarme tampoco es que me entusiasme demasiado. —¿Eres de esos a los que les gusta hablar solos en voz alta? Porque si es así, da un poco de miedo. Esa voz. ¡Esa voz! Me giro sobresaltado y la veo. Daniela. La chica de la playa. La chica de la sonrisa preciosa y el pompón amarillo en la cabeza está de pie frente a mí. Y sonríe. Vaya si lo hace. Si no estuviera sentado estoy convencido de que me caería de culo ahora mismo. Dudo entre abrir la boca o mantenerme callado. Ella parece notar mi incomodidad, porque señala la roca que está a mi lado y pregunta: —¿Puedo? Miro la roca, la miro a ella, y entonces caigo en que me está preguntando si puede sentarse. Asiento y ella sonríe. Avanza despacio, con cuidado de no meter el pie en algún agujero y caer. No dudo en levantarme y avanzar hacia ella con el brazo extendido para ayudarla a llegar. Cuando sus dedos tocan los míos puedo jurar que noto una corriente atravesarme el brazo entero.

Daniela toma asiento y yo la imito segundos después. Aunque es noche cerrada la luna me concede la suficiente luz con la que poder admirar su perfil; sus labios, con el inferior más grueso que el superior; su nariz respingona, con alguna peca por allí, otra por allá; y sus ojos con sus largas pestañas. En la cabeza sigue llevando el gorro y en el cuello la bufanda a juego. Ella a mí no me mira, aunque sé que es perfectamente consciente del escrutinio al que está siendo sometida. Aparto la mirada de su rostro y clavo la vista al frente. Los minutos pasan y ninguno dice nada. Nos limitamos a admirar el mar con su horizonte infinito al fondo, y a ver cómo se refleja la luna en el agua. Es una estampa preciosa. —Siento mucho el desastre de antes —digo tras lo que me parece una eternidad. Alguno de los dos tenía que dar el primer paso y estaba claro que tenía que ser yo. Daniela se gira y me mira. Carraspeo, aclarándome la voz—. Siento mucho lo de antes. Quiero que sepas que cuando me has hablado y me he quedado callado ha sido porque soy idiota, eso está claro, pero también porque no sabía qué decir. De repente, me he girado, te he visto ahí de pie mirándome, he pensado que eras guapísima y me he quedado sin habla. No me había pasado jamás, te lo juro. Normalmente, soy bastante hablador, pero, antes, no sé... Creo que es la primera vez en mi vida que no sabía qué decir. Creía que saldría huyendo tras mi confesión, pero no. Todo lo contrario. Una sonrisa enorme, capaz de iluminar la mismísima Torre Eiffel, se extiende por toda su cara. —Es lo más bonito que nadie me ha dicho jamás. —¿De verdad? Porque en mi cabeza ha sonado bastante cursi y he pensado: «Muy mal, Pedro. Seguro que la espantas de nuevo». Se ríe, y ese sonido me parece el más bonito del mundo. —Sobre eso... Yo también debería disculparme. No tendría que haber salido corriendo de esa manera. Yo nunca hablo con chicos. Nunca. Bueno, no es que nunca haya hablado

con ellos... porque hablar, hablo, Mucho. Aunque tampoco tanto, ¿eh…? No te creas. —Aunque está oscuro puedo percibir un pequeño rubor cubrir sus mejillas. Un rubor que solo consigue hacerla todavía más adorable—. La cuestión es que no soy nada lanzada. Me da vergüenza todo y mucho más dar el primer paso. Pero he venido a Cagliari con unas amigas, estamos de vacaciones y hemos pensado, ¿por qué no jugamos a lo de verdad o atrevimiento? ¿Sabes qué juego es? Asiento. —Una chorrada, lo sé. Pero llevábamos unas copas de más y nos apetecía. Total, que ha llegado mi turno y he elegido atrevimiento. A mis amigas no se les ha ocurrido nada mejor que decir que me tenía que atrever a ir hasta ti, que te habíamos visto antes hablando con un chico en español y, bueno, como te ha dicho antes mi amiga, conseguir que me invitaras a una copa. Estaba a punto de negarme a hacerlo porque, como te he dicho antes, me daba mucha vergüenza, pero el frío ha podido conmigo. Ya sabes que si pierdes tienes que desprenderte de una prenda, ¿verdad? —aclara. Asiento y hago un esfuerzo por no sonreír, pero es muy difícil. ¿Ya he dicho que su nerviosismo me parece adorable? Se sube la bufanda hasta taparse la nariz con ella. Si está como la mía debe tenerla congelada—. Pues eso, que me he acercado a pesar de la vergüenza que tenía y tú, pues… Como te he visto dudar y después reírte, me ha dado mucho apuro y por eso he salido corriendo. —No me reía de ti. —La corto porque quiero que eso le quede claro. Asiente con la cabeza, aunque no me mira. La bufanda se resbala y yo aprovecho para alargar el brazo, sujetarla por la barbilla con suavidad y girarla para poder quedar frente a frente y que me mire a los ojos. Espero que sea capaz de leer la sinceridad en ellos—. No me reía de ti, te lo juro. Me ha hecho mucha gracia tu balbuceo, eso es todo.

—Es que hablo mucho cuando estoy nerviosa. —Me he dado cuenta. —Acabo de confesar que me pones nerviosa, ¿verdad? —Yo he confesado primero que soy idiota. Sonríe y, joder, no puedo evitar desviar la vista hasta sus labios y pensar en cuánto me gustaría poder besarlos. —¿Por qué estás aquí a estas horas de la noche? Aparto los ojos de su boca y busco su mirada. Ahora que la tengo tan cerca puedo ver que tiene los ojos marrones, aunque juraría que hay alguna mancha verde en ellos. Pero con esta luz es difícil acertar. Me acuerdo de Marcos y de la pobre Albertina y no puedo evitar romper a reír a carcajadas. Me da tal ataque de risa que no consigo parar. Daniela me observa con la cabeza ladeada y la duda se refleja en su rostro. —Lo siento. Es solo que… —Me paso la mano por la nuca, frotándola, mientras intento controlar la respiración—. Ese amigo con el que me has visto antes, digamos que ha triunfado esta noche y que no puedo subir a mi habitación porque no estoy invitado a la fiesta. —Oh. —Su boca forma una preciosa «o», con lo que solo consigue que mis ganas por besarla aumenten. —Sí. Así que no me ha quedado otra que venir aquí a hacer tiempo. —Pero hace muchísimo frío. —Me he dado cuenta. No sé si voy a poder levantarme luego de esta roca porque creo que se me han congelado los dedos de los pies. Ambos reímos, y no puedo volver a pensar en que su risa es preciosa, además de contagiosa. —Y tú, ¿qué me cuentas? ¿Cuál es tu delito? Creía que te habrías ido al hotel con tus amigas. —Esa era la idea. —Pasa la mano por la roca, coge una pequeña piedrecita y la lanza al mar—. Teníamos pensado regresar al hotel, pero uno de los chicos a los que hemos

conocido esta noche nos ha propuesto ir a un bar de aquí al lado. Ellas han aceptado y hemos cambiado de planes. —Pero tú no estás en ese bar. Daniela deja de mirar al frente para mirarme a mí. Se pinza el labio inferior, una manía que también tiene mi hermana Eva cuando está nerviosa. ¿Cuánto de ridículo es pensar que me encantaría comérmela a besos ahora mismo? —Cuando salíamos de uno de los locales para ir a otro me ha parecido verte a lo lejos y en un impulso les he dicho que yo no iba y he venido hasta aquí. —¿Lo dices en serio? —pregunto incrédulo. Daniela se encoge de hombros y sonríe de forma inocente—. Me encanta que lo hayas hecho. —¿De verdad? —Antes me he quedado con las ganas de hablar contigo. —Yo también. Nos quedamos callados, mirándonos. Lo único que se escucha es el sonido de las olas rompiendo contra las rocas. La tensión es palpable y yo solo puedo pensar en acercarme, acariciar su mejilla y besarla. —Siento mucho si antes te he parecido una loca. Por lo de las arañas y por lo de salir corriendo. —No me has parecido ninguna loca. —Me alegra mucho oírlo. —Me acabo de dar cuenta de que ni siquiera te he dicho mi nombre. —Pedro. Te llamas Pedro. —Ríe ante mi cara de desconcierto. «Muy mal, Pedro. Seguro que la espantas de nuevo», pienso. Se encoge de hombros. —Lo has dicho antes, así que he supuesto que te llamas Pedro. Yo me llamo… —Daniela. —Ahora la que mira con incredulidad es ella—. Así es como te llamó tu amiga cuando te dio el ataque de

histeria por unas arañas inexistentes. —Me has dicho que no te he parecido una loca. —Me golpea en el hombro fingiendo estar ofendida. Levanto las palmas de las manos en son de paz. —No he dicho que estés loca, pero sí eres bastante graciosa. Por cierto, ¿por qué unas arañas, precisamente? —Porque les tengo pavor. Pero mucho. Y no paro de soñar en que un grupo de arañas vienen y me atacan. —Y se comen tu pelo. —Y se comen mi pelo. —Deben de ser unas arañas muy grandes. —Enormes. La conversación con ella es fluida, como si nos conociéramos de toda la vida. Gesticula mucho mientras habla y eso es gracioso. El nerviosismo que me ha parecido detectar el principio hace rato que ha desaparecido. —Por cierto, es Ella. —¿Qué? —Me llamo Daniela, pero prefiero que me llamen Ella. —Ella, para la señorita. —Le guiño un ojo, consiguiendo que se ruborice. Yo, por mi parte, me hincho como un pavo el día de Navidad. Un jaleo a lo lejos capta nuestra atención. Un grupo de chicos y chicas bajan corriendo hacia la playa entre risas y muchos gritos. Saco el móvil del interior de la chaqueta, miro la hora y alucino al ver que son casi las seis de la mañana. ¿Llevamos tres horas hablando? Cuando le digo la hora a Ella, no puede evitar pegar un pequeño brinco al reparar en lo tarde que es. Se levanta, saca unos guantes también amarillos del bolsillo de la chaqueta y se los coloca. —Será mejor que me marche ya a dormir. —Sí, yo también. —¿Podrás entrar en tu habitación? Por tu amigo, ya sabes. Tiene razón. Ya ni siquiera me acordaba de Marcos y de por qué estoy aquí. No quiero sonar borde ni mal amigo,

pero espero que, por su bien, haya terminado ya. Necesito entrar en esa habitación a ducharme y dormir doce horas seguidas como mínimo. —Bueno, Pedro. Gracias por esta charla y siento mucho lo de antes. Si vas a estar unos días más por aquí, supongo que ya nos veremos. Cuídate. —Me mira durante unos segundos, después da media vuelta y comienza a andar por las rocas con cuidado para bajar a la arena. ¿Ya está? ¿Esto termina aquí? Yo no quiero eso. Quiero seguir viéndola. Volver a hablar con ella. —¡Daniela! —grito, deteniéndola. Avanzo hasta situarme junto a ella—. ¿Te gustaría quedar mañana? Bueno, más bien, dentro de unas horas, para comer, merendar o lo que se tercie según la hora que sea. Se cruza de brazos a la altura del pecho, inclina ligeramente la cabeza y sonríe. ¿He dicho ya que esta chica tiene la sonrisa más bonita del mundo? —¿Me estás pidiendo una cita? —Puede. ¿Te gustaría? —Hace como que se lo piensa y, finalmente, asiente. Mis labios se estiran en una gran, gran, gran sonrisa. —Me alojo en el hotel Villa Sveva. ¿Nos vemos en la recepción dentro de siete horas? —Hasta dentro de siete horas, Ella. —Hasta dentro de siete horas, Pedro. Ahora sí. Da media vuelta y comienza a andar. Yo me quedo mirándola hasta que desaparece por completo. Miro el móvil. No he recibido ningún mensaje por parte de Marcos en el que me avise de si ya hay vía libre o no. Pero me da igual. Dormiré con tapones si hace falta, pero yo necesito descansar. Tengo una cita y paso de correr el riesgo de quedarme dormido cuando esté con ella.

Capítulo 10   Cuando llegué a la habitación el ligue de Marcos ya se había marchado y este roncaba en su cama. Me di esa ducha que tanto me merecía y me metí en la cama dispuesto a dormir durante varias horas seguidas. El problema es que me costó bastante conciliar el sueño. Estaba nervioso. ¿Qué digo nervioso? ¡Estaba histérico! La imagen de Daniela no hacía otra cosa que venir en forma de bucle a mi mente. Sus ojos, su pelo, su sonrisa, su rosto… ¡Su todo! Encima, comencé a ser consciente de que en apenas unas horas teníamos una cita y que no tenía ni idea de qué hacer o a dónde llevarla. Eso solo consiguió ponerme más nervioso y que el sueño no llegara. Lo máximo que conocía era el restaurante de Carlo y la playa en la que ya habíamos estado. No me quedó otra que entrar en youtube y buscar vídeos sobre la ciudad. Aunque de poco me sirvieron, porque todos eran vídeos de playas paradisíacas y lugares espectaculares que visitar en verano, y estábamos en el puñetero invierno. Al final, con el móvil en la mano y la cabeza dándome vueltas, conseguí conciliar el sueño. Al despertarme, lo he hecho fresco como una lechuga y dispuesto a comerme el mundo, además de contento porque me han traído la maleta y tengo todas mis pertenencias conmigo. Marcos no ha parado de reírse de mí y de preguntarme si me había fumado algo. Pero yo he ignorado sus pullas y, aunque me he sentido un poco mal al principio por dejarlo solo en nuestro segundo día de vacaciones, se me ha pasado en cuanto me ha asegurado que iría al bar de Carlo y le preguntaría por esas clases de surf que su amigo nos estuvo comentando anoche. Y ahora estoy aquí pareciéndome más a mi hermana Eva de lo que nos hemos parecido nunca, porque las ganas que

tengo de morderme todas las uñas de las manos no son normales. Hace veinticinco minutos que llevo esperando a Daniela en el vestíbulo del hotel que me ha indicado. Me he paseado tanto de un lado a otro por la recepción que el recepcionista ya me está mirando raro. No he podido pedirle que llame a su habitación y la avise de que estoy abajo porque no tengo ni idea de cuál es. Así como tampoco sé su apellido o un número de teléfono en el que poder localizarla. ¿Y si me he equivocado de hotel? Está a punto de darme un infarto por culpa de los nervios cuando las puertas del ascensor se abren y Daniela aparece. Me cago en la puta. Si bajo la luz de la luna es guapa, a la luz del sol es espectacular. Hace un pequeño barrido por la estancia hasta que sus ojos dan conmigo. Estoy parado en mitad del hall y juraría que tengo la boca tan abierta que sería capaz de tocar el suelo con la mandíbula. Se acerca hasta situarse a escasos metros de distancia y yo no puedo evitar estudiarla entera. Su pelo es de color marrón con tonos dorados. Ahora no lo lleva tapado por ningún gorro, si no que le cae en cascada hasta los hombros. Sus ojos, como me parecieron anoche bajo la luz de la luna, son marrones con alguna motita verde. Son grandes, expresivos y brillan. Brillan mucho. Los labios gruesos, más el inferior que el superior, y están pintados de color rosa. Son unos labios que invitan al pecado, porque no puedo evitar fantasear con la idea de agarrarla por las mejillas, acercar mi boca a la suya y probarlos hasta que ambos nos quedemos sin aliento. Trago saliva con bastante dificultad y me obligo a comportarme, a eliminar esa escena de mi cabeza y centrarme en saludar. O algo. —Estás realmente preciosa. —Gracias. Tú tampoco estás nada mal. ¿Está coqueteando? Eso ha sido un coqueteo en toda regla, a mí que no me digan. Se coloca de puntillas y me da

dos besos, uno en cada mejilla. No puedo evitar cerrar los ojos y aspirar su aroma. —Fresas. Hueles a fresas. Una risita me hace abrir los ojos. Daniela me está mirando y yo acabo de ser consciente de que lo he dicho en voz alta. —¿Qué te apetece hacer? Si le digo que besarla hasta que ambos nos quedemos sin aliento, ¿sería pasarme mucho para una primera cita? No sé si puede leerme el pensamiento o es que me he vuelto muy transparente, pero se sonroja hasta las orejas. El ruido de mis tripas me espabila, recordándome que ni siquiera he desayunado. —¿Qué te parece si empezamos por comer algo? —Me parece perfecto. Coloco mi mano sobre la espalda de Daniela guiándola hasta la puerta y disfrutando del cosquilleo que su contacto me produce. Si le describiera todo esto a mi hermana y a la descerebrada de Paula se descojonarían en mi cara. Pero, como no lo voy a hacer, a tomar por culo. Pienso disfrutar de cada momento. Andamos hasta un pequeño restaurante que hay a unas calles de distancia, pegado al paseo marítimo. Hoy ha salido el sol y no hace tanto frío como ayer, por eso no me sorprende ver a la gente dando una vuelta montados en sus bicicletas. El camarero nos acomoda en una mesa del interior pegada a uno de los ventanales. —¿Te gustan? —pregunta, señalando las bicicletas con la cabeza—. Las estabas mirando con una sonrisa en la cara. —¿Sí? Bueno, tampoco es que eso sea muy raro. Soy profesor de educación física o, por lo menos, pretendo serlo en un futuro. Ahora mismo trabajo dando clases extraescolares en algunos colegios. —¿De qué?

—Baloncesto, principalmente. Soy un forofo. Debería haber nacido en Estados Unidos y haberme dedicado a ello profesionalmente. Me toca las narices que en España no se le dé tanta importancia como al fútbol, cuando este es mucho más competitivo y rudo que el baloncesto. —¿Por qué no has intentado dedicarte a ello profesionalmente? En España está claro que el fútbol es el deporte estrella, pero eso no quiere decir que no tengáis buenos baloncestistas, ¡no? El camarero se acerca en ese momento con las cartas y nos da una a cada uno. Se me hace la boca agua con cada plato que leo y, para darle más énfasis a mis pensamientos, la tripa me ruge tan alto que es imposible que Daniela no la haya escuchado. —No sabía que teníamos un tigre aquí con nosotros. —Madre mía, estoy famélico. ¿Por qué tú no estás igual que yo? —He desayunado. —¿Cuándo? —Antes de irme a dormir y justo después de despertarme. No soy persona si no consigo mi ración de café y algo de bollería que llevarme a la boca. ¿Puede la palabra «bollería» sonar sexy y erótica? Hago a un lado el rumbo que están tomando mis pensamientos y me concentro en el camarero que espera impaciente nuestra comanda. Termino pidiéndome unos Spaghetti Aglio, Olio e Peperoncino con extra de ajo y un toque de pimienta. El camarero se marcha y nosotros reanudamos nuestra conversación. Daniela me cuenta que ha venido a Cagliari con unas amigas de vacaciones. Todas estudian enfermería y querían desconectar un poco estas Navidades. Llegaron ayer como nosotros, aunque ellas van a quedarse quince días, no como Marcos y yo, que estaremos aquí solo una semana. No tienen ningún plan establecido. Van pensando las cosas sobre la marcha porque eso de hacer planes y tenerlo todo planificado no le va mucho a ninguna.

No puedo evitar reírme ante su respuesta y le explico que yo soy todo lo contrario, aunque no tanto como mi amigo Javier, que a veces creo que sería capaz de planificar hasta las veces que debe estornudar en un día. Daniela cree que lo digo de broma, pero solo tendría que conocerlo para saber que no miento. Me cuenta que su padre es español y que se llama Gonzalo, de ahí que hable tan bien mi idioma. Su madre era británica. Se conocieron en un viaje a Londres que hizo su progenitor con unos amigos para celebrar que habían terminado la carrera de derecho. Se conocieron la primera noche en un pub y se enamoraron. Él no dudó ni un instante en quedarse en la ciudad con ella. Sin embargo, unos años después, cuando Daniela era pequeña, su madre murió, quedándose los dos solos. Podrían haber vuelto a España con la familia de él, pero su padre decidió que Londres era la casa de ambos y que ya habían tenido muchos cambios como para hacer otros. La tristeza que empaña su cara al hablar de su madre es tan grande que no me lo pienso dos veces. Alargo el brazo por encima de la mesa hasta alcanzar sus dedos que juegan con la servilleta para entrelazarlos con los míos. Mi gesto la sorprende, a tenor de cómo abre los ojos y mira nuestras manos unidas. Temo que la aparte o que me diga algo. Pero no hace ni una cosa ni la otra. Al contrario. Me aprieta fuerte y me enseña esa sonrisa a la que sin darme cuenta me he hecho adicto. Un carraspeo nos hace mirar a nuestra derecha. El camarero, que nos mira con cara de pocos amigos y como si estuviera asqueado de la vida, nos indica con un gesto de la cabeza que apartemos los brazos para poder dejar los platos con nuestra comida. Las ganas que tengo de decirle que se vaya a la mierda son tan grandes que me sorprende no hacerlo. Seguramente, sea porque Daniela se suelta de mi agarre, coloca ambas manos sobre su regazo y le sonríe al camarero, dándole las gracias en un perfecto italiano.

—¿También hablas italiano? —No, qué va. Son las frases típicas que he aprendido para poder desenvolverme mínimamente. —¿Y cuáles son? Si puede saberse. —A ver, déjame que piense. —Se golpea la barbilla con el dedo índice de forma pensativa. Enrollo un puñado de espagueti con el tenedor y me los llevo a la boca. En cuento lo hago siento que quiero morirme porque esto quema muchísimo. Daniela me mira preocupada—. ¿Estás bien? — Asiento, porque no puedo abrir la boca—. ¿Seguro? Te estás empezando a poner rojo. Mierda. Mierda. Mierda. Además de lo que queman pican un huevo. Hago un gesto con la mano restándole importancia. Cojo la servilleta y me tapo la cara para limpiarme de forma disimulada las lágrimas que empiezan a rodar por mi mejilla. Una mano con un vaso de agua aparece en mi campo de visión. Alzo la vista y me encuentro a Daniela de pie a mi lado mirándome mientras intenta aguantarse la risa. Trago el puñado de pasta como puedo y me bebo el vaso de un trago casi sin respirar. —Como sigas intentando aguantarte la risa vas a terminar explotando.   Como no podía ser de otra manera rompe a reír. Por sus mejillas también ruedan lágrimas, pero nada tienen que ver con las mías. Vuelve a su asiento entre hipidos y perdones, pero le cuesta mucho parar. Yo bebo más agua y pido pan. —¿Para qué quieres pan? —Alguien me dijo una vez que la molla del pan era lo mejor para la comida picante. Niega con la cabeza y levanta la mano llamando la atención del camarero. —¿Puedes traernos un vaso de leche? Que sea fría, por favor. Ante mi mirada de incredulidad me explica que ese sí es un buen remedio para contrarrestar el picor de las comidas.

—También sirve un yogurt o un vaso de cerveza bien fría que tenga alcohol y un chorro de zumo de limón. —¿Lo mejor no sería beber un vaso de agua bien fría? —Normalmente, la comida picante tiene un compuesto que se llama capsaicina que es lo que hace que pique. Es un aceite que, como tal, no se disuelve con el agua, sino todo lo contrario. Se expande más y la sensación de picor es mayor. Podemos mezclar agua con vinagre, pero no creo que te guste mucho el experimento. Mi cara de horror ante tal visión confirma sus palabras. El camarero llega con mi vaso y me lo bebo casi de un trago. En cuestión de segundos, siento cómo el picor se va disipando y vuelvo a ser persona. —¿Estás mejor? Asiento, aunque le pido al camarero que me traiga otro vaso de leche. Solo por si acaso. Soplo y como de mi plato despacio, en pequeñas cantidades. Ninguno de los dos se acuerda de qué estábamos hablando antes, así que me pide que le cuente algo de mí. Además de mi profesión, de la que ya hemos hablado, le cuento que yo también he perdido un progenitor. En este caso, a mi padre y, como ocurrió con su madre, fue por culpa del cáncer. Para que el ambiente no se entristezca demasiado decido hablarle de mi hermana y de Marcos, Paula y Javi que, aunque no sean mis hermanos carnales, como si lo fueran. Se ríe cuando narro alguna anécdota de los cinco, sobre todo, de cuando éramos pequeños y nos reuníamos en el jardín de la casa de mi infancia y hacíamos más el indio que otra cosa; de los piques de Marcos por culpa de su hermana, de las pullas constantes de esta hasta sacarnos de quicio, del orden y la tranquilidad con la que Javi siempre trataba de llevar las cosas o con la sonrisa y templanza con la que Eva nos sabía llevar a todos. Ella, por su parte, me confiesa que es hija única, aunque siempre deseó tener una hermana pequeña o un hermano

con el que poder jugar, escalar árboles, hacer aguadillas, ir a esquiar o, simplemente, pasar el rato. Pero su madre nunca consiguió volver a quedarse embarazada. Después, pasó lo que pasó y aunque su padre tuvo alguna que otra relación, ninguna fue lo suficientemente seria como para llegar a algo más. —¿Y lo echaste de menos? Tener una madre, digo. —A veces, sí. Sobre todo, cuando veía a mis amigas con las suyas y me daba cuenta de que yo nunca volvería a tener eso. Pero se me pasaba todo en cuanto llegaba a casa y me encontraba a mi padre en su despacho enterrado entre papeles, pero siempre listo para mí. Incluso fue capaz de averiguar cómo se ponía una compresa y un tampón para enseñármelo a mí llegado el momento. —¿En serio? —Te lo juro. Casi me muero cuando me lo vi entrar en el baño con ambas cosas en la mano. Estuve a punto de gritarle y decirle que saliera por esa puerta inmediatamente, pero vi su cara apurada y sus ojos brillantes. Vi el esfuerzo que él había puesto en ese pequeño detalle y le dejé que me lo explicase muerta de vergüenza, pero lo hice. También aprendió sobre maquillaje e intentó aprender sobre moda, aunque sus gustos no coinciden muchas veces con el mío. Siempre intentó enseñarme todo lo que mi madre tendría que haberme enseñado. —Suena a que es genial. —Sí que lo es. Es el mejor. La conversación entre Daniela y yo es sencilla y amena, además de dulce. Es muy fácil hablar con ella. Me hace reír y me encanta verla sonrojarse cuando le hago algún cumplido de más o cuando se pone nerviosa. No tengo ni idea de cuánto tiempo hemos estado ahí dentro, pero cuando salimos vuelve a refrescar y queda poco sol. Echo un vistazo al móvil y suspiro al ver que el grupo de WhatsApp donde estamos los cinco tiene más de

doscientos mensajes. Casi todo son fotos de Marcos con el traje de neopreno y sobre la tabla de surf. También tengo un privado suyo en el que me informa de que sigue con Carlo y que si no tiene noticias mías llegará para la hora de cenar. Observo de reojo a Daniela, quien también está mirando su teléfono, y me pregunto si tiene que irse, si ha quedado con sus amigas y debe marcharse ya. Un nudo se me forma en la boca del estómago al darme cuenta de que yo no estoy dispuesto a dejarla marchar todavía. Guardo el móvil en el bolsillo de la chaqueta, tiro con suavidad de su mano para detenerla y decido que a la mierda. Si quiero estar con esta chica se lo digo y punto. ¿Qué es lo peor que me puede pasar? Que me diga que no. Pero ¿y lo mejor? Que me diga que sí.

Capítulo 11   Me dijo que sí esa tarde, y por la noche. Y al día siguiente. También me ha dicho que sí hoy, cuando le he vuelto a proponer quedar para cenar. No le he dicho que vamos a ir a un sitio de música jazz que me ha recomendado Carlo y que está relativamente cerca de donde nos alojamos. Ayer, mientras hablábamos de música, me confesó que su estilo favorito era el jazz. Su padre es un gran aficionado y se lo ha estado poniendo desde que llevaba pañales, por lo que ya es imposible que no le guste. Su compositor favorito es un tal Duke Ellington. Alguien que, por supuesto, yo no tenía ni idea de quién era hasta que buscó una de sus canciones y me hizo escucharla. Daniela, o Ella, como no ha parado de insistir en que la llame, me ha estado diciendo que sí todas y cada una de las veces en las que le he preguntado si quería hacer algo, aun sin necesidad de decirle qué. Ella ya tenía la afirmación preparada. Aunque estamos los dos solos la mayor parte del tiempo, tanto sus amigas —que me he dado cuenta de que están como puñeteras cabras y que harían muy buenas migas con la descerebrada de Paula—, como Marcos nos han acompañado otras tantas veces. En alguna ocasión me he planteado si no estaría siendo muy mal amigo al dejarlo tantas veces solo, pero además de que él me ha asegurado que no, ha hecho muy buena amistad con Carlo, quien se ha propuesto enseñarle el encanto de la ciudad. Y han sido pocas las veces en las que no lo he visto acompañado de alguna que otra mujer calentándole la cama, el cuerpo y el alma. Pero hay algo que continúa estando ahí. A ojos de los demás es un tío abierto, simpático y muy divertido. Se ríe con todos y de todos. Gasta bromas y no para quieto ni un

momento. Pero yo lo conozco lo suficiente como para saber que hay algo más. Creía que se le pasaría en cuanto saliéramos de Valencia. Ese era el objetivo de este viaje, ¿no? Pero a veces me da la sensación de que en vez de ir a menos va a más. Y no sé qué hacer. Aunque hay otro pequeño problema que me impide averiguarlo: me he vuelto egoísta, porque solo quiero estar con Daniela. Sé que eso me convierte en una persona horrible y en un pésimo amigo, pero no lo puedo evitar. Y lo peor de todo es que tampoco quiero. Estaciono el coche en la puerta de su hotel y bajo corriendo para esperarla en el vestíbulo. No hace falta que avise de mi llegada. Ella sabe que yo llegaré con diez minutos de antelación y yo sé que ella se retrasará cinco minutos. Me siento en uno de los sofás y pienso en la relación un tanto extraña que tenemos, pero que a nosotros nos funciona, y es que pasamos casi todo el tiempo juntos y sabemos muchas cosas el uno del otro, pero no son cosas importantes. Es decir, no tengo ni idea de cuál es su apellido, ni ella el mío. Sé que vive en Londres, pero me he dado cuenta de que no tengo ni idea de si es en la capital o en algún pueblo. Ella ni siquiera sabe que vivo en Valencia. Y una de las cosas más curiosas de todas es que no tengo su número de teléfono y ella no tiene el mío. Esa primera noche en la playa no se lo pedí. Ni se me ocurrió hacerlo. Después, hemos ido quedando en un sitio y acudiendo sin más a la hora acordada. Las puertas del ascensor se abren con un suave clic. Regreso al presente en cuanto veo a Daniela aparecer tras ellas. Por primera vez desde que la conozco lleva el pelo recogido en un moño despeinado. No puedo verle la parte de arriba, pues lleva un abrigo negro que le tapa el cuerpo entero, pero sí observo que lleva unos vaqueros que se ajustan a la perfección a sus piernas y en los pies unas botas negras con un tacón de infarto. Ni rastro de las

deportivas a las que ha estado acostumbrada a llevar hasta ahora, a excepción de las botas de la primera noche. No puedo evitar silbar en cuanto se planta frente a mí. Se ríe y me palmea el brazo. —Cállate. —No puedo, es que estás preciosa. —No sé si es un halago o debo sentirme ofendida. Lo dices como si te acabases de dar cuenta. —Me acerco para poder hablarle al oído. —¿De que eres preciosa? No. De eso me di cuenta en cuanto me giré y te vi ahí plantada a mi espalda. Lo único que he hecho ahora es decirlo en voz alta. Me aparto despacio, reprimiendo el impulso que tengo de enterrar la nariz en su cuello y aspirar el aroma a fresas y limón que me llega. Me sitúo a su lado y coloco la mano en la parte baja de la espalda, guiándola hasta salir a la calle y pararnos frente al coche. Le abro la puerta del copiloto, hago una pequeña reverencia y, cuando ya está sentada, cierro despacio y voy hasta el lado del conductor. —¿Adónde vamos? —No tengo ni idea. Espero que el GPS me lleve. Indico la calle y el coche comienza a dar instrucciones. Paramos en un semáforo en rojo y me giro para mirarla. —¿Sabes que te pinzas mucho el labio? Aparta la vista de la ventanilla y se enfrenta a mí. —Es que estoy nerviosa. Y no sé si me gusta no saber a dónde voy. —¿No te gustan las sorpresas? —No. O sí. No lo sé. Vuelve a pinzarse el labio y yo no puedo evitar el impulso que me lleva a quitar la mano del volante para acercarla a su boca y soltárselo. La mano me hormiguea por el contacto y tengo que obligarme a apartarla y cerrarla en un puño para no tocar cualquier otra parte de su cuerpo. No hablamos más en todo el trayecto, y lo agradezco. Está a punto de darme un infarto de lo nervioso que estoy. Me

limito a conducir por las calles de Cagliari siguiendo las indicaciones del coche hasta llegar a un pequeño local con la fachada en gris y sin ningún cartel informativo. Reviso la dirección que me dio Carlo y, tras confirmar que estoy en el sitio correcto, aparco. Daniela sale del coche y yo me reúno con ella. Frunce el ceño mirando hacia un lado y otro de la calle, hasta que su mirada recae sobre mí. Finjo que lo tengo todo controlado y que sé exactamente dónde estamos. Abrimos la puerta que hay frente a nosotros y suelto un largo suspiro cuando una tenue música llega hasta nosotros. No me he equivocado de sitio. Un tío del tamaño de un armario ropero descorre una cortina también gris que cae hasta el suelo, y nos hace pasar. En cuanto mis ojos se acostumbran a la luz del local y puedo ver lo que hay a mi alrededor, estoy casi convencido de que he caído en la madriguera de Alicia en el país de las maravillas y de que estoy en otro tiempo. El local apenas está iluminado, salvo por las velas que adornan las mesas que hay en el centro y unas cuentas hileras de bombillas que cuelgan sobre el techo y de la barra que hay al fondo. Las mesas son de caoba con capacidad para cuatro personas máximo, y todas están dirigidas hacia un escenario que hay en uno de los extremos, pegado a la pared. Sobre él hay un chico que no tendrá más de veinte años, tocando el saxofón, y una chica más o menos de la misma edad, al piano. Ambos consiguen que la piel se te ponga de gallina. —Esto es increíble —susurra Ella a mi lado sin dejar de mirar a los dos chicos. —¿Te gusta? —¿Gustarme? —Aparta los ojos de ellos y me mira—. Esto es maravilloso, Pedro. ¿Te crees que es el primer club de jazz en el que estoy? —¿En serio?

—Te lo juro. No sé cómo nunca he ido a uno con mi padre con la cantidad de clubes que hay en Londres. —Me alegra que no lo hicieras. —Alargo el brazo y le coloco un mechón que se le ha soltado del moño tras la oreja—. Eso significa que soy tu primera vez en algo, y eso me gusta. Una chica vestida con un traje todo negro y un pequeño delantal blanco en la cintura viene hacia nosotros y nos pide que la acompañemos hasta una de las mesas que están casi en primera fila. Aunque estamos cerca del escenario, también estamos lo suficientemente alejados como para poder hablar sin que nadie nos interrumpa y tener cierta privacidad. Daniela tarda un poco en decidir qué quiere para cenar. No puede parar de mirar a las dos personas que no han dejado de tocar desde que hemos llegado, y yo no paro de mirarla a ella. Me encanta ser el culpable de la emoción que se adivina en su cara. Me gusta verla mover la cabeza al ritmo de las canciones. La camarera de antes vuelve con un bloc de notas en la mano, supongo que para tomarnos nota. —Son buenos, ¿verdad? —pregunta en inglés cuando ve que Daniela ni siquiera se ha dado cuenta de su presencia. Esta, al oír la pregunta, se gira sobresaltada hacia la chica. Lo hace con las mejillas ligeramente sonrosadas y pinzándose el interior de la mejilla. —Qué susto. —Perdona. No pretendía asustarte. —No, qué va. Es que me he quedado… no sé… —Tranquila, lo entiendo perfectamente. Yo también suelo quedarme embobada mirándolos más de una vez. —Es que son increíbles, y parecen muy jóvenes. —Sí. Ella, Rosella, tiene veinte años. Él, Niccolo, veinticinco. Llevan tocando en este pub desde hace tres años más o menos. Son nuestro número estrella. —No me extraña. Son una auténtica maravilla.

Es una conversación solo entre ellas dos. Conforme hablan más se nota la pasión que ambas sienten por este tipo de música, y ahora que la escucho tan de cerca entiendo el porqué. Pedimos la especialidad de la casa que nos recomienda la camarera y en cuanto nos volvemos a quedar solos dirigimos de nuevo nuestra atención hacia el escenario. El chico deja el saxofón en el suelo, se acerca a un lateral del escenario y coge un micro que coloca en el centro. Dice algo en italiano, de lo que solo he entendido Frank Sinatra. —A ese sí que lo conozco. Se gira hacia la chica que continúa al piano y le guiña un ojo. Esta comienza a hacer sonar las teclas y la canción White Christmas inunda la sala. Al poco rato Niccolo comienza a cantar y, joder, creo que me acabo de enamorar. La risa de Ella llega hasta mí. Me observa ladeando la cabeza. —Así que te acabas de enamorar. —¿Lo he dicho en voz alta? —Ajá —asiente sin dejar de sonreír. Podría sentirme avergonzado, pero nada más lejos de la realidad. —No me digas que tú no. Te puedo asegurar que si fuera mujer me quitaría el sujetador al terminar la función y se lo lanzaría. Junto con mi número de teléfono. —¿Me estás diciendo que le tire mi sujetador? —Por supuesto. ¿Tú te imaginas despertarte con ese hombre susurrándote cosas al oído? ¿Sabes qué? Puedo tirarle directamente una servilleta con mi número. No necesito sujetadores. Daniela ríe con ganas y en cuanto se da cuenta se tapa la boca y mira alrededor para ver si alguien se ha percatado. Pero no. Todos están demasiados enamorados del cantante como para hacerle caso a algo más. Una idea me asalta. Arrastro la silla hacia atrás, me pongo en pie y voy hasta Daniela con la palma de la mano

extendida hacia arriba. —Aún no nos han traído la comida, la música que suena es maravillosa y el ambiente no puede ser mejor. ¿Quieres bailar conmigo? Mira la mano, me mira a los ojos, otra vez a la mano y, por último, a la sala. —No hay nadie bailando —susurra. —¿Y qué? —Me da vergüenza. —¿A la chica que se acercó a mí para ganar una apuesta le da vergüenza? Al que le tiene que dar vergüenza es a mí, que me estás rechazando. Venga, Ella. No me dejes así. Mi ego se está haciendo añicos. Hago pucheros y muevo los dedos de la mano intentando captar su atención y darle pena. Aunque es cierto que, como no me la coja, voy a desear que me coma la tierra y me escupa en la otra parte del mundo. No hace falta. Me la coge y se pone en pie. Tiene los dedos helados en contraste con los míos. Se los aprieto fuerte y la arrastro hasta situarnos en el centro. Coloco mi mano sobre su cintura, ella la suya sobre mi hombro, y la acerco a mí lo suficiente como para que mi mejilla descanse sobre un lateral de su cabeza. Rezo para que la canción no esté a punto de terminar y nos mezo despacio. No cierro los ojos porque tengo miedo de que, al hacerlo, lo único que consiga sea llevarnos a los dos al suelo. Pero sí me permito aspirar su aroma y disfrutar de lo que el contacto de su piel con la mía le hace a mi cuerpo, aunque sea a través de la ropa. La canción termina, pero no nos movemos. Nos seguimos meciendo y, en apenas unos segundos, Niccolo comienza a cantar otra canción. Esta no la conozco, pero es lo suficientemente lenta como para permitirme seguir pegado a ella un rato más. Echo un vistazo al cantante y observo que nos mira. Me guiña un ojo y alza el dedo pulgar. Me río interiormente y le doy las gracias moviendo solo los labios.

Estrecho a Daniela un poquito más contra mí y acaricio su cintura de un lado a otro mientras ella apoya la mejilla contra mi pecho y nos dejamos envolver por la música.

Capítulo 12   —¿Estás bien? Tienes cara de… no sé. De tonto. Más de lo normal, quiero decir. —Ja ja ja. Me descojono. —Es broma. Ahora en serio. ¿Estás bien? —No lo sé. Es que no sé qué tiene esta chica que me tiene loco, Marcos. Te lo juro —confieso. Estamos tumbados cada uno en su cama mirando al techo. Hace apenas quince minutos que hemos llegado y estamos reventados. —Más que loco, te tiene hechizado. —Puede ser, no te digo yo que no. Pero ¿sabes qué? Que no me importa. No me importa en absoluto. Me encanta estar con ella. Me encanta escucharla hablar de lo que sea. Hasta del sexo de los calamares. Marcos se ríe y me lanza una de sus zapatillas que está tirada en el suelo, haciendo diana en mi pecho. —¿Sabes hasta qué adoro? Que me hable de su trabajo. Que me describa con todo lujo de detalles algunas de las cosas que le hacen practicar en la carrera y que a mí me dan ganas de arrancarme las orejas al escucharla. Pero solo por ver cómo le brillan los ojos al hacerlo sé que merece la pena el sufrimiento. —«¿Que adoro?» «¿Vale la pena el sufrimiento?». ¿Tú te estás escuchando? No pareces ni tú, sino uno de esos protagonistas moñas de las películas de la tarde que tu hermana y la mía nos obligan a ver los fines de semana. —Lo sé, pero me da igual. Por primera vez en mi vida no me importa parecer un moñas. La habitación está casi a oscuras, pero eso no me impide ver cómo mi amigo intenta aguantarse la risa. Me tapo los ojos con el antebrazo y suelto un largo suspiro.

—Ríete todo lo que quieras, pero lo digo totalmente en serio. Daniela ha despertado una parte de mí que no sabía que tenía. Una parte tierna y dulce de la que había oído hablar, pero que no creía que estuviera hecha para mí. No es que me haya dedicado hasta ahora a ir rompiendo corazones por el camino y a ser un cabrón. Pero sí es cierto que no había conocido a ninguna que me hiciera sonreír como lo hace ella, o que me hiciera disfrutar de una noche como la que disfrutamos ayer, aunque nos limitáramos a cenar, hablar y bailar. Tampoco creí que llegaría la chica que me hiciera querer hacer cosas que dije que nunca haría, como llevarla a patinar. Porque yo odio patinar. Ni con cuatro ruedas, ni en línea y, mucho menos, sobre hielo. Más que odiar le tengo pavor. En otras palabras, que me cago de miedo. Y todo por culpa de Paula, por supuesto, que me acojonó advirtiéndome de que tuviera cuidado con dónde colocaba las manos al caerme, por si pasaba alguien muy rápido por mi lado y me seccionaba los dedos, ya que la suela era afilada como un cuchillo. El día que me soltó esa perla fue en el sexto cumpleaños de Marcos. Estaba sentado en el banco de los vestuarios abrochándome las botas para entrar a la pista donde me esperaba el resto, cuando se acercó hasta mí y me soltó tal perla. Lo hizo sin titubear, sin respirar y sin apartar sus ojos de los míos. Acto seguido, se dio media vuelta y desapareció. No debería haberle hecho caso. Ella tenía tres años y yo seis. Pero fui incapaz de reaccionar. Solo era capaz de pensar en sus palabras y de ver mi mano llena de sangre y mis dedos esparcidos por el hielo. Me quité los patines del infierno y fui a sentarme con mi madre y la de Marcos y Javier a la mesa de la cafetería. Cuando me preguntaron que por qué no había entrado, les dije que porque me encontraba mal y me dolía el estómago. Algo que no era del todo mentira. Lo que no les llegué a confesar a mis dos amigos cuando se reunieron conmigo después, ni jamás cuando salía el tema, es que la cafre de

tres años de su hermana me había acojonado hasta el punto de no querer volver a patinar en mi vida. Hasta hoy. Esta mañana, mientras estábamos Marcos y yo junto con Ella y sus amigas pasando el rato en nuestro miniapartamento para ratones, Ella confesó con los ojos brillantes que echaría de menos no pasar el día de antes de Nochevieja en el hielo con su padre. Por lo visto, era tradición para los dos salir a buscar una pista, calzarse las botas, agarrarse de la mano y patinar hasta que el cuerpo les pidiera parar. Después de esa confesión, ¿cómo no iba a preguntarle al de la recepción de los apartamentos por la pista de hielo más próxima? Tenía claro que, aunque esta estuviese a dos horas de aquí, tenía que llevarla. Por suerte, habían montado una pista artificial en el centro de Cagliari para estos días de Navidad y solo nos pillaba a media hora en coche. Así que todos, incluido Carlo y sus amigos, nos repartimos en varios vehículos y nos fuimos después de comer hasta allí a pasar la tarde. Debo confesar que mi corazón se hinchó de orgullo cuando Daniela me rodeó el cuello con sus brazos y me confesó que ese había sido el mejor regalo de Navidad que podían haberle hecho y que, junto con el espectáculo de ayer por la noche, estas estaban siendo unas Navidades bastante difíciles de olvidar. —Tierra llamando a Pedro. Tierra llamando a Pedro. Marcos consigue despertarme de mi letargo y regresar al presente, aunque no logra borrarme la sonrisa que ha decidido instalarse en mi cara desde que hemos vuelto. «La sonrisa que ha decidido instalarse en mi cara». Al final tendrá razón Marcos y me estoy volviendo un moñas. Me levanto de la cama y voy directo al baño a darme una ducha relajante. Necesito desentumecer los huesos y masajearme un poco las nalgas, que he estado más tiempo en el suelo que de pie. Y, aunque he confesado que no me

había dolido, lo cierto es que estoy casi seguro de que me van a salir moratones. Me quito la ropa, la dejo hecha una bola en el suelo, regulo el agua para que salga caliente y entro en la ducha, dejando que los chorros se deslicen por mi cuerpo y se lo lleven todo. No sé el tiempo que llevo aquí dentro cuando la puerta se abre, sobresaltándome. Es Marcos, que me saluda con una inclinación de cabeza mientras se acerca hasta el váter y levanta la tapa. —¿Qué crees que estás haciendo? —Mear. —Estoy yo. ¿Puedes salir? —Si no tardaras tanto no tendrías que ver esto. Se baja la cremallera, apoya una de las manos en la pared y segundos después escucho el chorrito caer. —¡Es asqueroso! —No me seas tiquismiquis, que no es la primera vez que meamos juntos. Te recuerdo que hemos jugado a ver quién lanzaba el chorro más lejos. —Sí, cuando teníamos siete años. ¿Quieres taparte? Dios, eres lo peor. Que te estoy viendo todo el pajarito. —Esto era pajarito cuando tenía siete años. Ahora es un pollón. Venga, repite conmigo. Po-llón. —¡Que te jodan! Y lárgate de una vez, que me estoy duchando. —Tú no te estás duchando, estás haciendo algo más, porque ya te digo yo que llevas por lo menos veinticinco minutos aquí dentro. Termina, se limpia, se sube la cremallera, se lava las manos y se gira a mirarme con una sonrisa enorme en la cara. No es una sonrisa bonita; es diabólica. De esas que pone cuando sabe que va a hacer algo que está muy mal. No me da tiempo a pensar en qué puede ser, pues el muy cabrón tira de la cadena haciendo que el agua que sale de

la alcachofa de la ducha cambie de caliente a congelada en cuestión de segundos. —¡¡Hijo de la gran puta!! —chillo dejándome la garganta, mientras el hijo de la gran puta en cuestión sale partiéndose de risa del cuarto de baño. Termino de enjuagarme en un tiempo récord, cierro el grifo y salgo agarrándome a la mampara e intentando no resbalar. Agarro la toalla, me la anudo a la cintura, y salgo dispuesto a decirle a Marcos del mal que tiene que morir, pero no consigo dar ni dos pasos porque me he quedado petrificado en el sitio, agarrado al marco de la puerta y rezando para no resbalar y caer. Marcos no está solo. Daniela se encuentra junto a él sentada en el sofá. Al oírme, ambos se giran a mirarme. Él, con la sonrisa dibujada en el rostro. Ella, con las mejillas sonrosadas y mordiéndose el labio inferior.

Capítulo 13   Daniela   Existen los amores de verano; esos que suceden, como bien indica la frase, durante la época estival. De esos que suceden cuando vas al pueblo a veranear y te reencuentras con alguien o de viaje a algún país extranjero a aprender el idioma. Es ese amor que vives en la adolescencia y que consigue que tengas las hormonas revolucionadas. El culpable de que no seas capaz de dejar de sonreír y de que con los años recuerdes con mucho cariño. Yo viví uno de esos, solo que no lo hice en verano, sino en Navidades. Y no tenía diecisiete años, tenía veintitrés. El problema fue que no me di cuenta de que lo estaba viviendo hasta que ya fue demasiado tarde, porque me centré más en ignorar las señales que en hacerles caso; no podía evitar sonreír por cada cosa que él decía o ruborizarme cada vez que me miraba. Dormía pensando en él y en todas las cosas que hacíamos o hablábamos durante el día y me ponía colorada cuando mis amigas decían su nombre en voz alta, entre muchas otras cosas. Y es que nosotros habíamos creado nuestra propia historia durante esos días con unas normas absurdas no expuestas, pero que ambos cumplíamos a rajatabla como si de un acuerdo tácito se tratara. Fingimos que no eran citas lo que teníamos y que solo nos limitábamos a pasar el rato juntos, como si fuéramos amigos de toda la vida y no dos completos desconocidos. También se nos dio muy bien fingir que no necesitábamos nada más del otro que lo que ya teníamos porque, total, en unos días volveríamos a nuestras vidas y no seríamos más que un recuerdo bonito.  

Qué idiotas podemos llegar a ser a veces los seres humanos y cuánto nos cuesta reconocerlo. Eso si es que llegamos a hacerlo porque, la mayoría de las veces, ni siquiera eso. Uno de mis mejores recuerdos es el de esa noche. Hoy en día sigo poniéndome colorada cuando pienso en ella. Yo, muerta de vergüenza tapándome la cara con la almohada mientras mi amiga Tessa, subida en su cama y con el bote de champú como micrófono, me animaba a soltarme la melena y dar ese paso que me moría por dar mientras cantaba a voz en grito esa canción de Lady Gaga que habla sobre los chicos en los amores de veranos, Summerboy. En como yo, sin ni siquiera esperar a que terminase la canción y con las piernas temblándome como si fueran gelatina y olvidándome de esa vergüenza que sentía, decía hola a la valentía y salía del hotel rauda y veloz a por ese beso que me moría por dar y que me diesen. —Esto se veía venir. Y si pides mi opinión, ya era hora. Esas fueron las palabras de Marcos cuando abrió la puerta de su apartamento y me vio ahí plantada buscando a su amigo.  

Capítulo 14   Me quedo mirándola con cara de idiota. Mi amigo, por su parte, nos mira alternativamente y sonríe como si supiese un secreto que el resto desconocemos. —Hola. —Hola. —¡Hola! —contesta también Marcos—. Mira qué bien que ya nos hemos saludado todos. Estoy a punto de coger un cojín y ahogarlo con él. —¿Qué tal la ducha? ¿Fresquita? —Irás al infierno de cabeza. Eres consciente, ¿verdad? —Puede. —Se encoge de hombros mostrando indiferencia —. Pero ¿sabes qué?, que seguro que allí no se me congelan las pelotas. Daniela se pone igual de roja que un tomate maduro e intenta ocultarlo tapándose la cara con el pelo que le cae en forma de cascada sobre el rostro. Yo le enseño el dedo corazón a Marcos y este vuelve a encogerse de hombros y a seguir sonriendo como si del muñeco diabólico se tratara. —Bueno, uno sabe cuándo sobra. Me voy con Carlo, tardaré unas cuantas horas. Sed malos. Se inclina sobre Daniela, le da un beso en la mejilla y sale por la puerta segundos después cerrándola con suavidad y dejando la habitación en silencio y a nosotros dos solos ahí dentro. Los segundos se convierten en minutos y ninguno dice y hace nada. Permanezco quieto como una estatua en el vano de la puerta del cuarto de baño y ella continúa sentada en el sofá con las manos entrelazadas sobre su regazo. No es la primera vez que estamos solos. De hecho, desde que nos conocemos hemos pasado todas las horas posibles del día juntos, por eso no entiendo este nerviosismo que

tengo de repente, y es que siento como si el corazón estuviese a punto de salírseme del pecho. «Tal vez sea porque por fin vas a poder hacer eso que te mueres por hacer desde que la conociste en esa playa», me dice una vocecita en mi interior, y no puedo contradecirla porque la realidad es que me muero por besarla casi desde el mismo instante en el que nos conocimos, aunque no me haya atrevido a dar el paso por miedo a estropear lo que tenemos. —¿Qué estás haciendo aquí, Daniela? —Me atrevo a preguntar tras lo que me parece una eternidad. La voz me sale ronca y tengo que carraspear un poco para aclarármela. Como continúo quieto como una estatua en la puerta del cuarto de baño, es Daniela quien se levanta despacio y viene hacia mí. La actitud de su cuerpo me dice que está nerviosa, pues además de tener las mejillas encendidas y morderse el labio ya han sido dos las veces que se ha pasado el pelo detrás de la oreja. Estoy a punto de reírme ante la idea de que, si es capaz de leerme tan bien como yo a ella, entonces se dará cuenta de que está a punto de darme un puñetero infarto. Llega hasta mí y se detiene a escasos centímetros, dejando que sean solo sus botas las que rocen mis pies descalzos. Quiero alargar la mano, agarrarla de la muñeca y tirar de ella hasta pegarla a mi pecho todo lo que pueda. Por un segundo me siento avergonzado. Me da vergüenza que pueda leerme de forma demasiado clara y sea consciente de todas las ganas que le tengo. Que se asuste y salga corriendo alejándose de mí. Aparto la vista de sus labios, los cuáles no me había dado cuenta de que me había quedado embobado mirándolos, y centro la atención en sus ojos. Esos ojos que son como dos imanes y que ahora me piden que la mire. Que la observe. Y yo obedezco, porque no puedo hacer otra cosa cuando me mira así. Ladea ligeramente la cabeza y sonríe. Sonríe de esa forma que me

desarma por completo y consigue que mi cabeza cortocircuite y ya no sea capaz ni de acordarme de cómo me llamo. Las ganas que tengo por tocarla son tantas que me hormiguea la piel. Extiendo la mano, la coloco sobre su mejilla y la acaricio. —Pedro… —susurra, con esa voz que parece un puñetero ángel. Coloca una mano sobre mi pecho desnudo, lo acaricia ligeramente y después va subiendo hasta posar un dedo sobre mis labios. —¿Quieres saber por qué estoy aquí? —me pregunta. De lo único que soy capaz de hacer es de asentir. —Puede que no deba estar aquí. Probablemente, no debería haber salido de mi habitación corriendo y haber venido solo para decirte que eres maravilloso. Que, aunque te lo he dicho mil veces, la cena de ayer fue la mejor que he tenido en mi vida y que la escapada de hoy a la pista de patinaje ha sido el mejor regalo que alguien podría haberme hecho. Que conocerte en este viaje ha sido maravilloso y que no me arrepiento de haber aceptado esa apuesta para acercarme a ti y saludarte. Puede que sea un error que esté en esta habitación muriéndome de ganas de besarte, Pedro, pero me da exactamente igual, porque es algo que llevo deseando hacer desde esa primera noche en las rocas y me he dado cuenta de que no quiero seguir pregúntame qué se sentirá al hacerlo. Simplemente, quiero sentirlo. Quiero que me beses y quiero besarte hasta que me duelan los labios de tanto hacerlo. Quita el dedo de mi boca y vuelve a colocarlo sobre mi pecho. Joder. Joder. Joder. Joder. Es lo único en lo que puedo pensar. —¿Ha sido demasiado? —pregunta asustada al cabo de unos segundos al ver que no digo ni hago nada, apartando sus manos de mí y dando un paso atrás—. Si quieres me

voy por donde he venido y nos olvidamos de todo lo que he dicho y… —Ni se te ocurra hacer eso. —Suena demasiado a que le esté dando una orden, pero tengo la voz tan ronca que es imposible que suene de otra manera. Coloco de nuevo su mano sobre mi pecho y yo las mías en su rostro, alzándolo. Apoyo mi frente sobre la suya y sonrío mientras la miro directamente a los ojos—. ¿Demasiado? Joder, Daniela. Es lo mejor que me han dicho nunca. Eres la tía más valiente que conozco, ¿lo sabías? Si no te he besado hasta ahora era porque me moría de miedo por hacerlo. Pero ahora…, ahora te puedo asegurar que no pienso hacer otra cosa. Noto su respiración y escucho su gemido justo antes de rozar mis labios contra los suyos. Tengo tantas ganas que debo hacer un esfuerzo por controlarme y no parecer muy bruto. La beso de forma tentativa, asegurándome que de verdad quiere esto tanto como yo. Noto cómo sus manos acarician mi pecho hasta llegar a la coronilla y eso me enciende. Dejo una mano sobre su mejilla y llevo la otra hasta su pelo, enredo un mechón entre mis dedos y doy un ligero tirón consiguiendo que abra la boca y me dé acceso total a su lengua. En cuanto mi lengua roza la punta de la suya la pasión se desata. Las ganas salen a la superficie y mis ganas de controlarme desaparecen. La alzo al vuelo haciendo que sus piernas se enrollen en mi cadera, y ando con ella hasta algún sitio en el que estemos más cómodos y pueda tocarla como mis manos me piden que lo haga. Caemos sobre algo blandito y no me molesto en mirar si es el sofá, mi cama o la de Marcos. Eso es algo que ahora mismo me importa una mierda. Tampoco soy consciente de que he perdido la toalla por el camino hasta que noto los dedos de Ella acariciándome el muslo. —Pedro… —gime cuando me aparto de sus labios y desciendo hasta poder besar su cuello.

—Me estás volviendo loco, Ella. Creo que ahora mismo podrías pedirme lo que quisieras que te diría que sí. Me sujeta el rostro con ambas manos y me obliga a levantar la cabeza para poder mirarme a la cara. Tiene las mejillas sonrosadas, los labios hinchados y el pelo desparramado por la almohada. Me obligo a hacerle una fotografía mental porque es lo más erótico, dulce y sexy que he visto jamás. Roza mi labio inferior con el pulgar y yo no puedo evitar darle un mordisco en la yema mientras me pregunto cómo puedo tener tanta suerte. —¿De verdad harías cualquier cosa que te pidiese? —¿Lo preguntas en serio? Nadie, absolutamente nadie, me ha tenido nunca tan… —Shhh —me interrumpe colocando el pulgar sobre mi boca—. Quiero que me desnudes, Pedro. ¿Lo harás? No sé si me ha excitado más la orden que me ha dado o cómo ha pronunciado mi nombre. La miro a los ojos, esos que siempre he visto marrones con alguna motita verde y que ahora están completamente verdes como el color de la esmeralda, y me excita darme cuenta de que se le ponen de ese color cuando el deseo y la excitación controlan su cuerpo. —Quítame la ropa. Dicho y hecho. Desabrocho el peto de su mono vaquero y se lo bajo, me deshago de su camiseta en tiempo récord así como de sus botas y calcetines, dejándole solo puesto la ropa interior que es de encaje negro y gris, porque creo que está a punto de darme un ataque del mismo placer que siento ahora mismo. Apoyo mi frente contra la suya y cuento hasta diez mentalmente, controlando la respiración. Tras unos segundos en esta posición se aparta para poder rozar mis mejillas y los párpados con sus labios. Cuando percibo su aliento rozando mi boca pienso que ya he respirado suficiente y que necesito volver a besarla. ¿He comentado ya lo bien que sabe?

Ambos gemimos en cuanto nuestras lenguas entran en contacto. Desliza las manos desde mis hombros hasta mi trasero y lo aprieta con fuerza, haciendo que me mueva hacia delante y presione la punta de mi sexo contra el suyo. Yo muevo las mías por su cintura hasta subir y rozar con las puntas de los dedos las copas del sujetador. La tela es lo suficientemente fina como para que se le noten los pezones. Aprieto con el dedo índice y el pulgar sobre ellos, primero sobre uno y después sobre el otro, hasta hacerla soltar un jadeo que da de pleno en mi entrepierna, consiguiendo que esté todavía más excitado. Cuelo la mano por su espalda, busco el cierre del sostén y lo desabrocho para poder liberar, por fin, su pecho y darme un pequeño festín con él. Bajo la cabeza hasta meterme uno de sus pezones en la boca y lamo, chupo, soplo y muerdo. Primero el derecho, después el izquierdo. Ella abre la boca sin emitir sonido alguno y arquea la espalda pidiendo más. —¿Así? —No habla, solo asiente y aprieta las sábanas con fuerza—. No tienes ni idea, Ella. Pero ni idea de lo que me haces. Mis caderas tienen vida propia y también comienzan a moverse, empujando hasta el mismo centro de su sexo. Seguimos separados por la fina tela de su ropa interior, pero eso no me impide ser consciente de lo húmeda que está, y de que esa humedad se la he provocado yo. —Eres perfecta. ¿Te lo había dicho ya? Eres jodidamente perfecta y esta noche eres toda mía. No dice nada, porque está más ocupada colocando una de sus manos sobre mi muslo derecho y subiéndola hasta coger con los dedos lo que tengo en el vértice entre las piernas, que no es otra cosa que una erección de caballo. En mi vida había estado tan duro. Como si estuviéramos sincronizados mueve la mano arriba y abajo y yo las caderas hacia delante y hacia atrás, sin dejar de rozar su sexo en cada embestida. Su respiración va a más. La mía también.

Muerdo su hombro desnudo y lamo el lateral de su cuello. Vuelvo a su pecho y le doy mimo a sus pezones. Le rozo la ingle con las yemas de los dedos y me bebo sus alaridos con la punta de mi lengua. Nos besamos, jadeamos, gruñimos y nos excitamos mutuamente, sin descanso, como si fuéramos dos animales que llevan demasiado tiempo queriendo hacer esto y ahora que por fin están a ello no quisieran parar. En un momento dado, sin saber muy bien cuándo ni cómo, consigo deshacerme de la última barrera que separa nuestros cuerpos y me cuelo en su interior sin hacer preguntas y sin esperar respuestas, porque estamos tan necesitados el uno del otro que no hacen ni falta. Entrelazo sus dedos con los míos y alzo nuestras manos por encima de su cabeza apoyando las palmas contra el cabecero de la cama. La miro, la beso y la vuelvo a mirar. Me empapo de ella estudiando cada gesto que hace, cada sonrisa, y reteniendo cada grito mientras dejo que ella se empape de mí e intento que vea todo lo que me hace sentir. Cierra los ojos y tira la cabeza hacia atrás dejando la garganta al descubierto. No puedo no besarla. —Mírame, Ella —suplico. La necesidad que tengo de que abra los ojos y me mire se acentúa cuando su cuerpo me dice que está a punto. Cuando su interior me acoge y me aprieta de esa manera tan especial en la que anuncia que está a punto de explotar. —Por favor, mírame. —Baja la cabeza, abre los ojos y lo hace. Me mira—. No dejes de hacerlo. Tiembla, sonríe y se aferra con fuerza a nuestros dedos entrelazados mientras intenta no gritar demasiado fuerte. Yo no puedo hacer otra cosa más que dejarme ir también. Y lo hago con la misma intensidad con la que Daniela acaba de hacerlo, vaciándome en su interior y sintiéndome el hombre con mayor suerte de este jodido mundo. Cuando los espasmos cesan y siento cómo el corazón comienza a tomar su ritmo normal, apoyo la frente sobre su

hombro desnudo justo después de besarlo. La estrecho fuerte contra mí, pero sosteniéndome con los antebrazos para no dejarme caer sobre ella y aplastarla. Nos hemos soltado las manos y mientras las mías están sobre su pelo las suyas recorren mi espalda de arriba abajo dibujando pequeños círculos sobre los costados y consiguiendo que la piel se erice con cada caricia. Los segundos y los minutos pasan y ninguno hace el amago de moverse. Sigo en su interior, ese lugar que he decidido que es el mejor del mundo y del que no tengo intención de salir. —Mmm —ronronea junto a mi oído. Me incorporo apenas, lo justo para poder mirarla a la cara y darle un ligero beso en la punta de la nariz. —Hola. —Hola. —Sé que a lo mejor suena un poco mal que pregunte esto, pero… ¿te ha gustado? —Su risa ante mi pregunta rebota en todas las paredes de la casa haciéndome fruncir el ceño—. Espero que esa risa sea en plan: «Ya te puedo garantizar yo que sí, pequeño», y no en plan: «Me río de ti porque ha sido un horror». Porque si es por lo segundo que sepas que me encierro en el baño y me pongo a llorar. —Si dices eso me coaccionas a decir la verdad. Me inclino sobre ella hasta alcanzar su cuello y morderla cual vampiro mientras no dejo de hacerle cosquillas allá donde encuentro un hueco por el que colarme. Daniela ríe y grita pidiendo clemencia, pero a mí es que me gusta demasiado tocarla como para poder parar, aunque sea a base de torturas. —¡Es por lo primero! —¿Estás segura? —¡Lo juro! Le doy un último beso en los labios y me muevo hasta quedar tumbado con la espalda sobre el colchón. Daniela se coloca de lado y me acaricia las cejas.

—¿Acaso lo dudas? —No, pero tenía que asegurarme. Chasquea la lengua contra el paladar y yo me muevo hasta enterrar la nariz en su cuello y aspirar. —Hueles a fresas adrede para torturarme, ¿verdad? Un móvil comienza a sonar en algún lugar de la habitación. Por la melodía sé que es el mío, pero no me molesto en ir a buscarlo. —¿No lo vas a coger? —pregunta Daniela cuando el teléfono comienza a sonar una segunda vez. —No. —Beso sus mejillas y después sus labios. —Han llamado dos veces. ¿No crees que puede ser algo importante? —A estas horas solo puede ser Marcos. Probablemente, será para preguntar si puede venir ya y, en vistas de que estás desnuda y de que pienso conservarte así todavía un buen rato, está claro que la respuesta es no. —Puede que tenga sueño y tenga ganas de dormir. —La playa es un sitio ideal en el que pegar una cabezadita. —Se ha ido sin chaqueta. Debe de estar congelado. —Bueno, ahora ese no es mi problema. ¿No crees? Vuelvo a besar sus labios y muerdo el inferior antes de apartarme. Me mira con cara de circunstancia. En estos pocos días he aprendido a leerla y sé que cuando arruga la nariz de esa manera es porque quiere decir algo, pero no se atreve. —A ver, pequeña bruja. ¿Qué ocurre? —Que me siento culpable —dice titubeando. El que ahora arruga la frente soy yo. —¿Por acostarte conmigo? —¡No! ¿Qué dices? —Perfecto. Pues entonces, a dormir. Miro alrededor y sonrío interiormente al darme cuenta de que he acertado y que hemos terminado en mi cama y no

en la de mi compañero. Menos mal. Así no tenemos ahora que movernos. Necesito seguir tocando a Ella, así que la ayudo a que se coloque de lado, quedando frente a frente, y a que ponga su pierna rodeando mi cintura. Alcanzo el edredón y nos cubro con él. —¿Tienes más frío? Puedo coger otra manta del armario. —No, para nada. Así estoy bien. —Perfecto. —Aunque sí necesitaría ir al cuarto de baño. Estoy… —Se pinza el labio avergonzada mientras agacha la cabeza mirando hacia abajo. En cuanto aparto las sábanas y miro yo también caigo en la cuenta. No hemos utilizado preservativo. Daniela debe de ver el horror reflejado en mi rostro porque coloca su mano sobre mi mejilla y me obliga a mirarla. —Tengo puesto un DIU, no hace falta que flipes. —No es que esté flipando, pero es que yo nunca lo he hecho sin condón. Nunca. Jamás. —Bueno, entonces significa que soy tu primera vez en algo, y eso me gusta. —Sonríe parafraseando lo que yo le dije esa noche en el club de jazz cuando me confesó que nunca había ido a uno y que esa era su primera vez. Ladeo la cabeza hasta rozar su piel con mis labios y dejar en ella un ligero beso. —Aun así, quiero que lo sepas y lo tengas claro. Nunca lo he hecho sin y estoy limpio. Muy limpio. Me hago muchos controles por mi trabajo y esas cosas y quiero que sepas que no tengo nada raro. —Lo sé. Confío en ti. Si no fuese así, ten por seguro que no te habría dejado hacerlo. —Esa es mucha confianza para alguien al que acabas de conocer. Se encoge de hombros como toda respuesta. Va primero ella al baño y después yo. Cuando me vuelvo a tumbar en la cama lo hago de espaldas, con su cabeza

descansando sobre mi pecho y mis dedos jugando con su pelo y acariciándole la espalda. Con la mano que tengo libre palpo la pared hasta que doy con los interruptores y apago la luz, dejando la habitación iluminada solo con la luz de la luna que se filtra a través de las ventanas. Agacho la vista y no puedo evitar regocijarme ante la imagen que se proyecta ante mí, con el pelo de Ella suelto y alborotado esparcido sobre mi cuerpo, su pierna rodeándome la cintura, mi brazo abrazándola y mi mano acariciando su larga melena mientras las suyas trazan círculos sobre mi piel desnuda. ¿Cómo puede esta chica hacerme sentir tanto en tan poco tiempo? Es de locos. Ni siquiera vivimos en el mismo país. ¿Qué vamos a hacer? ¿Vivir una relación a distancia? ¿Que ella deje sus estudios y se venga a España conmigo? ¿Dejar yo todo por lo que he trabajo e irme tras ella? ¿En qué cabeza cabe? Solo hace cuatro días que nos conocemos. No, mentira. Cinco. Cinco días. Da igual. Es una locura se mire por donde se mire. Nadie hace estas cosas. Nadie lo deja todo sin mirar atrás por una persona a la que acaba de conocer. —¿Sabes? Te oigo pensar. —Me río y beso su coronilla. Ella alza la cabeza y apoya la barbilla en mi pecho para mirarme a los ojos. Aunque no hay mucha claridad puedo ver el brillo en los suyos, que vuelven a ser totalmente marrones, y su sonrisa ladeada. —¿Es una locura? —¿Habernos acostado? No. Yo quería. ¿Y tú? —¿Estás de broma? Desde el mismo momento en el que me giré en la playa y te vi he querido besarte. Ya no te digo acostarme contigo. —Mira que eres tonto. O un salido. —Una mezcla de ambas cosas. Puedes decirlo, no me voy a ofender. Se ríe y me palmea el hombro. —Sabes que no me refiero a eso…

—Lo sé. Besa mis labios. Es solo un pico, un pequeño roce, pero no necesitamos nada más en este momento. Va a volver a tumbarse, pero la sujeto por la barbilla impidiéndoselo. Cuando me mira le aparto un pequeño mechón que se le ha quedado pegado a los labios y se lo coloco tras la oreja. —Es una locura, Ella. Y lo digo como una afirmación, no como una pregunta. Es una locura porque lo que ha pasado esta noche… Lo que me lleva pasando contigo desde el mismo momento en el que te vi jamás me había pasado con nadie. Y creo que es maravilloso. Creo que tú eres maravillosa y que yo soy un tío con suerte por poder disfrutarlo. —Cojo aire y lo suelto poco a poco, todo sin dejar de mirarla y sin dejar que ella se aparte—. Me vuelves loco. En todos los sentidos de la palabra. Me muero por verte, por pasar tiempo contigo, por besarte y, ahora que te he tenido, te puedo asegurar que me muero por seguir acostándome contigo. Una y mil veces. Pero también soy realista. Sé lo que es esto, sé dónde estamos y sé quiénes somos. Soy consciente de la burbuja en la que nos hemos instalado y que esa burbuja pueda romperse en cualquier momento. Pero todo eso no va a evitar que quiera dejarme llevar. Que me permita sentir todo que me provocas y disfrutarlo. Quiero perderme en tus brazos, en tus besos y en tus caricias y, por supuesto, conseguir que tú te pierdas en las mías. Rodeo su cintura y la aúpo hasta que queda tumbada a horcajadas sobre mí. Se inclina hacia delante para darme un beso en la boca, su pelo cae sobre mi cara y me hace cosquillas. —Soy consciente del pacto tácito que hemos hecho. Soy consciente de que ni siquiera tengo tu número de teléfono o de que no sé nada más profundo de ti que lo que tú me has querido contar. Y me parece bien, no necesito más. De hecho, me parece genial, porque esa es la relación que nosotros hemos decidido tener y la veo perfecta. Quiero

estar estos días contigo, disfrutarlos sin tener que pensar en el mañana y sin hacer preguntas ni promesas. ¿A ti te parece bien? —Sí. —¿De verdad? —Te lo juro. Intento analizar su rostro, ver si me está mintiendo, pero no veo nada de eso. Así que la estrecho fuerte contra mí, enterrando la nariz en su cuello y aspirando con fuerza. No tengo intención de soltarla. Todo lo contrario. Me parece una postura perfecta para dormir y, por cómo ella me está sujetando a mí, se nota que volvemos a compartir opinión. Siento cómo el sueño va apoderándose de mí haciéndome caer en una oscuridad reconfortante, reparadora y suave. Justo antes de dejarme llevar del todo la voz de Daniela se cuela en mi cabeza y me hace sonreír como un idiota, porque tiene toda la razón del mundo. —¿Quién dice que no podemos vivir un amor de verano en pleno mes de enero?

Capítulo 15   Daniela   El DIU es un pequeño dispositivo que se coloca en el útero para evitar embarazos. Según todos los estudios es duradero, reversible y uno de los métodos anticonceptivos más eficaces que existen. Podemos encontrar algunos que te protegen contra embarazos hasta doce años. Hay otros de siete, cinco o de tres. El que yo llevaba era el de tres años. —Pero esto no te exime de utilizar preservativo, Ella. Tenlo muy en cuenta, por favor. El DIU protege contra embarazos, no contra enfermedades de transmisión sexual. Tú mejor que nadie, que estás estudiando enfermería, debes saberlo. Eso fue lo único que me dijo mi padre cuando me acompañó al hospital el día que me lo pusieron. Algo que yo llevaba muy a rajatabla porque, bueno, como él decía, estudiaba enfermería y en la carrera nos hacían estudiar casos de todo tipo y porque, además, era una chica responsable y no quería ni un embarazo no deseado ni muchísimo menos tener clamidias o algo peor. Pero algo me pasó esa noche con Pedro. Algo que hizo que me olvidara de mi responsabilidad, de las enfermedades y de todo lo demás. Todo olvido tiene consecuencias y la mía llegó en forma de fallo humano. ¿Cómo se me pudo pasar la fecha? Esa que llevas escrita a fuego en tu nevera, en la agenda del móvil y en un post-it pegado en la nevera de casa. ¿Cómo pude no darme cuenta de que hacía más de un mes que el DIU había caducado como los danones y que tenía que ponerme uno nuevo? Al principio me lo preguntaba con

bastante regularidad. Después dejé de hacerlo porque ya no había vuelta atrás.

Capítulo 16   Paula: Sigue pareciéndome fatal que no estéis hoy aquí.   Marcos: Madre mía, eres peor que un disco rayado y que un grano en el culo.   Paula: Mejor me callo y no digo lo que eres tú.   Paula: Bueno, mira, sí que lo digo. Un mal hijo, un mal hermano y un mal amigo. ¿No has pensado ni un momento en los papás y en lo que pensarán esta noche cuando nos sentemos todos a cenar y tú y el descerebrado de tu amigo no estéis en la mesa? ¿No te da vergüenza?   Marcos: ¿Y a ti no te da vergüenza ser tan sumamente insoportable? Madura un poco, Paula. Tienes veintitrés años, ¿me oyes? Veintitrés, no dos ni tres. Así que haznos un favor a todos y cierra la boca.   Marcos: Es una puñetera noche. Una fiesta. Deja de hacer un drama por todo que ya cansas.   Javier: ¿Cómo lo estáis pasando?   Marcos:

Hombre, por fin uno de mis hermanos se interesa por mi viaje.   Paula: Yo me intereso. Por eso solo espero que caiga una gran tormenta, os quedéis incomunicados, no podáis salir de la habitación y os jodáis.   Marcos: El amor y la dulzura brota por cada poro de tu piel.   Javier: Lo que brota es una mala hostia desde que os habéis ido que no la aguanta nadie. Ni ella misma.   Paula: ¡¡Serás traidor!!   Marcos: Lo siento mucho, Javi. Te acompaño en el sentimiento.   Javier: No creas que esto se queda así. En cuanto vuelvas la mando para tu casa una temporadita.   Marcos: La tienes todo el día en la tuya, ¿no? No me digas que le has vuelto a dar una copia de la llave. Creía que se la habías quitado después de la última.   Javier: Y se la quité. Te juro que no entiendo cómo se ha podido hacer con otra.   Paula:

A ver, panda de cabrones. Primero, estoy aquí. Os leo y me parece fatal cómo habláis de vuestra hermana pequeña. Es una falta de respeto enorme y espero que sintáis mucha vergüenza.   Marcos: …   Javier: ….   Paula: Qué mal. Esperaba una disculpa por vuestra parte. Pero no pasa nada. El que ríe el último ríe mejor.   Paula: Segundo… Querido, Javier, nunca me subestimes. Jamás.   Paula: Y deja de guardar una copia de tus llaves en el tercer cajón de la mesita de noche de mamá. Ahí va un consejo. De nada.   Pedro: Madre mía. Una conversación de los Baró en todo su esplendor. ¿No tenéis un grupo los tres donde daros por culo los unos a los otros y dejar a los demás tranquilos?   Marcos: ¡¡Hombre!! A ti te quería yo ver. ¿Se puede saber por qué no me coges el teléfono?   Pedro: ¿Dónde has dormido?   Marcos:

¿Ahora te preocupa? Anoche, cuando te llamé dos o tres veces porque me estaba congelando en la calle esperando, no lo parecía. Eva: Hola, chicos. ¿Qué tal? ¿A qué hora volvéis mañana?   Pedro: De eso quería yo hablar…   Paula: ¿Por qué Marcos no ha dormido contigo? ¿Algo que quieras compartir?   Javi: Paula, por favor, no empieces.   Paula: ¡Pero si no he hecho nada!   Javi: Por si acaso.   Paula: Cuando te pones en plan sabelotodo no hay quien te aguante.   Marcos: A ti no te aguantamos la mayor parte del tiempo y mira, aquí seguimos.   Eva: Por favor, ¿podéis dejarlo ya un poco?   Marcos: Es ella.  

Paula: Es él.   Javier: Sois los dos. Que sois adultos. O al menos deberíais serlo.   Paula: Y tú un abuelo en el cuerpo de un tío de casi treinta años.   Pedro: ¿Alguien puede prestarme atención solo un segundo?   Eva: Dime. Yo te escucho.   Pedro: Gracias. Solo quería responder a tu pregunta.   Eva: Ya no me acuerdo de cuál era.   Pedro: Que a qué hora llegamos mañana.   Eva: Ah, sí. Dime. Es que iremos Raúl y yo a recogeros.   Marcos: ¿Por qué tienes que venir con Raúl a recogernos? ¿No puedes venir tú sola?   Paula: No pueden, hermanito. Se han convertido en un solo ser y no se separan ni para mear. De todas formas, a ti Raúl te cae bien, ¿no? ¿O tienes algún problema?  

Pedro: Por Dios. Escuchadme un segundo y luego os seguís matando si queréis. No llegaremos a ninguna hora mañana. Bueno, yo no llegaré a ninguna hora. Me quedo una semana más aquí.   Javier: Bien por ti. Me alegro, tío.   Marcos: JA, JA, JA.   Paula: ¡¿CÓMO?!   Eva: Creo que acabo de perderme algo.   Pedro: Es algo sencillo. Me quedo una semana más aquí y ya está.   Pedro: Paula, antes de que te pongas a chillar y me montes una escena, te comunico que lo hago porque puedo y porque me da la gana. Quiero quedarme aquí una semana más porque sí, estoy a gusto, no tengo nada que me llame a volver y puedo. Así que, sí, no quiero irme y me quedo.   Eva: Disfruta, hermanito.   Eva: Marcos. Vamos a por ti, ¿no?   Marcos: No hace falta, gracias. Yo también me quedo.

  Javier: Y eso que decíais que Cagliari tenía pocas cosas que ofreceros.   Eva: ¿Tú también te quedas?   Marcos: Puede que haya conocido a alguien.   Eva: ¿Puede? O se conoce o no se conoce. El puede en esa frase no tiene sentido.   Marcos: Pues entonces, sí, he conocido a alguien. ¿Algún problema?   Eva: ¿Por qué tendría que haberlo? A mí me parece fenomenal que conozcas a todas las personas que quieras.   Marcos: Gracias por tu aprobación. A mí me parece fenomenal que lo tuyo con Raúl vaya tan bien y hagáis tantos planes juntos.   Eva: Gracias por tu aprobación.   Marcos: De nada. Que lo paséis bien esta noche.   Eva: Vosotros también.  

Javier: Me marcho a trabajar. Ya nos contaréis los dos cuando volváis. Hablamos luego, más tarde. Disfrutad, chicos.   Paula: Quieto todo el mundo. ¿En serio? ¿Disfrutad? ¿A qué coño estáis jugando?  

∞   Marcos: ¿Cómo que nos quedamos una semana más? Que a mí no me importa, es solo por preguntar.   Pedro: ¿Cómo que has conocido a alguien? ¿Alguna de las chicas que han pasado por tu cama esta semana ha llegado a tocarte la patata?   Marcos: A mi patata no le pasa nada, está justo igual que hace una semana. Pero no me cambies de tema que yo he preguntado primero. ¿Nos quedamos una semana más?   Pedro: Quiero quedarme aquí con Ella. ¿Te parece que estoy loco?   Marcos: Lo que me parece es que el mundo necesita más locos como tú.  

∞   Marcos:

Tío, son más de las tres de la tarde. ¿Crees que ya puedo volver a nuestra habitación?   Pedro: Tenemos que hablar sobre eso.   Marcos: ¿Sobre si puedo volver a la habitación? Pedro: No, sobre lo de «nuestra habitación».   Marcos: Tranquilo, tengo la solución. Ahora, por favor, tápate las pelotas para que pueda subir a cambiarme de ropa, que a este paso me van a dar las doce aquí.   Pedro: Anda, sube. Por cierto, no me has dicho dónde has pasado la noche.   Marcos: Es una larga historia. Deja primero que me dé una ducha y luego hablamos.        

Capítulo 17   Cuando empezamos este viaje quedó claro que odio las aventuras y que a mí eso de no planificar las cosas no me gusta. Pero también ha quedado claro que improvisar de vez en cuando no está mal, porque hacerlo me ha llevado hasta aquí. Hasta este restaurante abarrotado de gente de distintas nacionalidades bebiendo, riendo y comiendo como si no hubiera un mañana. Pero, ante todo, me ha llevado hasta ella. La chica de ojos claros y sonrisa perpetua que está haciendo que estos últimos días sean la mayor locura que he cometido en mi vida. Entonces, ¿por qué no hacer otra? ¿Por qué no disfrutar de ella unos cuantos días más? Ambos tenemos claro que esto, esta pequeña «relación» que ha surgido entre nosotros, no es más que una pequeña aventura de verano vivida en plenas Navidades. Una aventura por la que nos dejaremos atrapar y disfrutar hasta que llegue el último día y ambos subamos a nuestros respectivos aviones para volver a casa con nuestros recuerdos guardados en la mochila, porque así es como queremos vivirla y tenemos suficiente. No existen las promesas que no se puedan cumplir, no hay cabida para las presiones que te puedan ahogar y los sentimientos que no se puedan gestionar no se contemplan. La madre de Carlo sale de la cocina del restaurante con una nueva bandeja en las manos llena de comida. Creo que voy a morir por una indigestión. —No hace falta que te lo comas —sugiere Daniela al ver mi cara de sufrimiento ante el trozo de pato relleno con patatas que la madre de nuestro nuevo amigo me acaba de colocar en el plato. Con este, creo que es el cuarto tipo de carne que nos sirve en lo que llevamos de noche.

No solo se nota que esta mujer es una magnífica cocinera, pues no hay más que probar cualquiera de sus platos para comprobarlo, sino que, además, es una auténtica mamma italiana, como ya nos había advertido Carlo. Le encanta cocinar y cuidar a sus invitados. Hoy es Nochevieja y como ni las chicas ni nosotros tenemos plan, la familia de Carlo nos ha invitado a su restaurante a celebrarla con su familia y amigos. No tengo mucha idea de cuáles son las tradiciones típicas de los italianos, pero hasta ahora no distan mucho de las nuestras que consisten, básicamente, en comer hasta reventar y más tarde recibir el nuevo año entre música, risas, aplausos y mucho baile. Incluso me he puesto unos calzoncillos rojos para que la entrada al dos mil doce sea buena. Lo único que no haré será comerme las uvas, porque esa es una tradición nuestra que aquí no se estila. Lo que aquí se estila es comerte un plato de lentejas en la madrugada como colofón que representa el dinero del año venidero, algo que me tiene bastante impresionado porque… ¿En serio les entra un plato de lentejas después de todo lo que cenan? Pero, vamos, que no seré yo quien les haga un feo. Si tenemos que comernos un plato de lentejas, nos lo comemos. Que el dinero es una cosa que siempre es bien recibida. Sonrío a la mujer tras servirme, corto un trozo de carne y me lo llevo a la boca para saborearlo. Escucho la risa de Ella a mi derecha y la miro de reojo. Está negando con la cabeza mientras alterna su mirada del plato a mi boca. Trago y me acerco a ella para dejar un ligero beso en sus labios. Un beso que sabe a diversión, a felicidad y a limoncello. —Sabes muy bien. —¿Tú crees? —No. Déjame volver a probar. Vuelvo a acercarme y esta vez no solo rozo sus labios con los míos, sino que me dejo llevar por las ganas que tengo y cuelo la lengua en su boca para buscar la suya y acariciarla.

Ella no opone resistencia. Se acerca más, coloca la mano sobre mi hombro mientras yo la sujeto por la cintura y la aprieto fuerte contra mi pecho. Aunque estoy disfrutando y sé que podría seguir así durante horas, el ruido y las risas de alrededor me hacen ser consciente de que, por desgracia, no estamos solos y que será mejor que me controle si no quiero empezar con el espectáculo de fin de año antes de tiempo con algo que no es apto para todos los públicos. Le doy un último beso y me aparto, no sin antes descansar la frente contra la curvatura de su cuello y aspirar su aroma. —Gracias por pasar tu última noche del año conmigo. —Bueno, tampoco es que tuviera muchas otras opciones. —No pienso tomármelo como una ofensa. Que te quede claro, listilla. Se ríe bajito y su cuerpo vibra al hacerlo. Me aparto lo justo para poder observar su cara. —No tienes ni idea de lo que me pone cuando estás en plan: «no he roto un plato en mi vida» y, en realidad, has roto la vajilla entera. —¿Sí? ¿De verdad pongo esa cara? —Oh, vamos: mejillas sonrosadas, pinzamiento de labios, pestañeo inocente… Tienes la palabra tentación grabada a fuego en la frente, guapa. —¿Así que ahora también soy una tentación? —La mayor de todas. La manzana roja que no deberíamos morder. —¿Te arrepientes de haberlo hecho? —Lo que me arrepiento es de no habérmela comido hace días. —Oh, Dios. Creo que ahora es cuando vomito todo lo que he cenado. Y mira que me jode, porque estaba todo buenísimo —La frasecita de Marcos pronunciada en tono lastimero nos llega alta y clara. Me aparto de Ella y me giro para poder fulminar a mi amigo con la mirada. Este, lejos de ofenderse, nos aconseja

pasar del postre y los bailes e irnos directamente al hotel antes de que comiencen a sangrarle los oídos por todas las gilipolleces que puede llegar a escuchar en un minuto. —¿Sabes, Marcos? Vas de duro por la vida y esa coraza te sienta bien y te hace parecer muy sexy, pero tarde o temprano llegará una chica que la haga trizas y no sabrás ni por dónde empezar a salir a la superficie. Mi amigo aparta el plato y se coloca de lado para observar bien a Daniela, analizando cada una de las palabras que acaba de decir. En el local termina de sonar Don’t wanna go home, de Jason Derulo, y comienza a sonar Sexy and I know it, de LMFAO. —¡Marcos, ven a cantar con nosotros! Carlo llama a voz en grito a mi amigo para que se una a él en la próxima canción, y es que al fondo del local han colocado un escenario con una televisión y un pequeño karaoke para que esta noche podamos dar rienda suelta a nuestra creatividad como cantantes. —¡Voy! —Arrastra la silla y se pone en pie. Se inclina sobre Daniela para poder hablar bajito—. Cerdeña me parece el mejor sitio del mundo al que ir cuando se consigue salir a la superficie. Le guiña un ojo y desaparece de nuestro lado. Se reúne con Carlo, quien le pasa un micro y, con la sonrisa que lo caracteriza en el rostro, comienza a cantar fatal, pero sin dejar de dar saltos y de pedir que los demás le sigamos haciendo los coros. Lo miro con sorpresa, y es que Marcos odia cantar. —¿Quién es ella? —me pregunta Daniela. —¿Quién? —La chica que le ha hecho trizas el corazón a ese chico — contesta señalando con la cabeza hacia el escenario. Cuando me doy cuenta de que se refiere a mi amigo comienzo a reír negando con la cabeza. —¿A Marcos? —asiente—. A ese nadie la ha hecho nada. Todo lo contrario. Es él quien va dejando corazones rotos por

el camino. Si no me crees, mira a tu alrededor. Solo hay que verles las caras a las chicas para saber quién lo tiene roto y a quién está a punto de rompérsele. Que yo no lo critico, ¿eh? Él es claro desde el principio y se preocupa mucho de que a ellas les quede claro también. No compromiso, no ataduras. —Pedro. A Marcos le han roto el corazón. —¿A mi Marcos? —Al mismo. Observo al susodicho, que está saludando y dando las gracias al público entregado a la causa, y analizo las palabras de Daniela sin poder evitar preguntarme si tendrá algo de razón. Desde que propuso hacer este viaje quedó patente que algo le pasaba, y todavía no he logrado adivinar el qué, pero ¿algo relacionado con que le hayan roto el corazón? Niego con la cabeza y lo vuelvo a observar con atención. Está divertido y entregado, tal y como es él. No queda ni rastro del chico taciturno y alicaído de los últimos días, vuelve a ser el Marcos que yo conozco. Sea lo sea lo que lo estuviera perturbando ha desaparecido, y estoy cien por cien seguro de que no es por mal de amores. No puede ser sobre eso cuando estamos hablando de alguien al que le sale un sarpullido cuando escucha la palabra compromiso. Debe de ser por algo relacionado con el trabajo. Me sitúo frente a Daniela y niego con la cabeza. —Marcos quiere. Quiere mucho. Aunque vaya de duro, muy a lo James Dean en Rebelde sin causa, tiene uno de los corazones más grandes que conozco y solo sería capaz de hacer daño a alguien si ese alguien ha dañado a los suyos. Pero ¿enamorado? Creo que ni sabe lo que significa esa palabra. Vamos, lo sabré yo que soy su mejor amigo. Si Marcos estuviera enamorado me lo habría contado. Que somos tíos, pero igual de chismosos que cualquiera de vosotras.

—Hay una verdad universal, y es que los tíos sois idiotas y que no sabéis mirar más allá de lo que tenéis delante de vuestras narices. —¿Qué? —Nada. Anda, sácame a bailar a ver si entre saltos y movimientos de cadera se me baja un poco la comida y consigo hacer sitio para el postre porque, ¿has visto ese panettone? Hago lo que me pide. La agarro de la mano y la arrastro hasta el centro de la pista improvisada y comienzo a dar vueltas con ella. Nos animamos con una canción en el karaoke, pero yo la pido en español porque, aunque controlo el inglés, lo que no controlo es el cante, y si voy a desafinar mejor hacerlo en mi idioma y sin que los demás sepan qué estoy intentando decir. Cantamos Amante Bandido, de Miguel Bosé. Una canción que tiene más años que Daniela y yo juntos. Me sorprendo al comprobar que se sabe la letra mejor que yo y ella me recuerda que su padre es español y que, además de hablarlo a la perfección con él desde que nació, los viajes a mi país han sido constantes en estos años. Cuando llega la medianoche la recibimos con la cuenta atrás, cogidos de la mano y sin dejar de darnos besos porque, si no tengo doce uvas que llevarme a la boca, puedo ir dándole a Ella un beso con cada campanada. Nos felicitamos los unos a los otros, nos abrazamos y nos prometemos amor eterno y una amistad que durará toda la vida, y es que llevamos ya unas cuentas copas encima y la exaltación de la amistad está muy presente entre todos. Daniela baila conmigo, pero también lo hace con sus amigas. Daniela y yo nos besamos, mucho y muy bien, pero continuamos sin hacer mayores planes que los de esta noche. Porque seguimos sin necesitarlos.

Capítulo 18   Doy la bienvenida al primer día del año con una resaca considerable y un gran dolor de cabeza. Siento como si tuviera a un millón de Umpa Lumpas[1] dando saltos y preparando chocolate dentro de mi cabeza. Es horrible. Por si eso no fuera suficiente, anoche se me olvidó correr las cortinas y la luz de la mañana impacta de lleno sobre mi cara. Necesitaría cubrirme con el brazo, meter la cabeza bajo la almohada o taparme con la sábana, pero me encuentro tan hecho polvo y cansado que solo el hecho de pensarlo me duele. Un quejido proveniente del otro lado de la habitación me indica que mi compañero de cuarto no está mucho mejor que yo. Consigo abrir un ojo y me encuentro con un Marcos intentando sentarse en la cama. Aunque más bien parece un calamar intentando darse la vuelta. Me fijo mejor en él y entonces caigo en la cuenta de que está completamente desnudo. —Vas en pelotas —le comunico, con una voz que no parece la mía. Tengo la boca pastosa y la noto pegajosa. ¿Qué narices bebí anoche? Levanta la cabeza y puedo ver que tiene el ceño fruncido. Le señalo como puedo el cuerpo y entonces baja para mirarse. Dice algo, aunque no tengo ni idea de qué, por lo que pido que me lo repita. —Vloba la plotas. —¿Qué? —Vloba la plotas. —O pones un poquito más de tu parte o no llegamos a ningún sitio. —Que-voy-en-pelotas. —Correr la maratón en Valencia no le costó tanto en su momento como pronunciar esta frase. —Es lo que acabo de decir.

—Ya. —¿Entonces? —Pues eso, que voy en pelotas. —Mmm… Vale. Opto por taparme los ojos con el brazo porque, en serio, esta luz me está dañando seriamente la retina, y dejo de hablar con Marcos por el bien de mi salud mental y de la suya. Tres golpes en la puerta nos sobresaltan. PUM, PUM, PUM. —¡¡Ya estoy despierto!! ¡¡Ya estoy despierto!! —grita Marcos. Aparto el brazo de mi cara y lo busco. Ya no está en la cama, sino de pie mirando de un lado a otro con los ojos tan abiertos que parece que se le vayan a salir del sitio, además de que parece que haya metido los dedos en el enchufe. —¿Qué haces? Me mira con el ceño fruncido, después mira la puerta principal que es de donde han venido los golpes, se mira el cuerpo y, por último, me vuelve a mirar a mí. —Tío, voy desnudo. —¿En serio? Acabamos de tener esta conversación. —¿De verdad? —Hace cinco minutos. —Joder, me quiero morir. Se deja caer de nuevo sobre la cama con los ojos cerrados y no pasan ni diez segundos cuando lo escucho roncar. Vuelven a escucharse unos golpes en la puerta, solo que esta vez son cinco y no tres. Parece que alguien está un poco impaciente. —¡¿Quién es?! —Vuelve a gritar Marcos sentándose en la cama y dejando los pies colgando sobre un lateral. —Madre mía, estás fatal. —¿Qué? —Que estás fatal. —¿Por qué?

—Olvídalo. Necesito unas cuantas dosis de café como mínimo para seguir hablando contigo. Murmura algo más, pero no tengo el cuerpo ni la mente lo suficientemente despejados para intentar seguir entendiéndolo. Me levanto y avanzo arrastrando los pies hasta la puerta, pues quien sea que esté al otro lado es un rato impaciente porque ha vuelto a llamar a la puerta. Al abrir me encuentro con un hombre vestido de forma elegante, con su traje chaqueta azul marino y el pelo con la suficiente gomina como para que no se le salga ni uno del sitio. —¿Qué tal? —Sonrío. Espero una sonrisa por su parte, pero se limita a mirarme de arriba abajo y a suspirar cuando termina. Se cruza de brazos de forma intimidante y zapatea el pie contra el suelo de forma repetitiva. —¿Quién es? —me pregunta Marcos desde dentro de la habitación. Abro la boca para responderle, pero la verdad es que no tengo ni idea. Me giro para mirar a mi amigo y me encojo de hombros. —¿No sabes quién es? Voy a negar con la cabeza cuando un carraspeo procedente del misterioso señor me lo impide. Vuelvo a centrar mi atención en él. —¿Puedo ayudarlo? —pregunto en mi mejor inglés de borracho. —¿Sabe qué hora es, señor? De todas las preguntas que me esperaba esta no era una de ellas. Frunzo el ceño, porque no estoy muy seguro de si he entendido su pregunta. —¿Perdón? —Le pregunto si sabe qué hora es. Anda. Pues sí que la había entendido bien. Me miro las muñecas, pero nunca llevo relojes. Tampoco llevo el móvil encima y, tras darle un vistazo rápido a las

paredes de la habitación, tampoco encuentro uno en ellas. Me vuelvo hacia el hombre en cuestión que juraría me mira cada vez con más mala leche. —¿Es una pregunta trampa? —¿Cómo dice? —Pues que necesito saber si me lo está preguntando en serio o se trata de una pregunta con trampa. Ya sabe. Usted pregunta una cosa, pero, en realidad, quiere preguntar otra. —No tengo ni idea de qué está hablando, señor. Solo sé que son las cinco de la tarde y que ustedes deberían haberse marchado hace cinco horas de aquí. Tres son los segundos que tardo en darme cuenta de todo. Hoy es uno de enero. Se supone que Marcos y yo volvíamos a casa, que hoy abandonábamos esta habitación y que lo hacíamos antes de las doce de la mañana. Me disculpo con el hombre en español, italiano e inglés. No lo hago en otro idioma, básicamente, porque no sé, y le aseguro que estaremos listos en una hora como mucho y que, por supuesto, pagaremos las que hemos estado de más. Marcos, que ha conseguido despejarse, tiene la amabilidad de ponerse unos pantalones y reunirse con nosotros en la puerta. Le explica nuestra nueva situación al señor y le indica que nos quedaremos una semana más. Pero el hombre nos comunica que no quedan habitaciones libres, ya que el hotel está completo. Yo, personalmente, no me lo creo. Lo que sí creo es que nos está castigando. Marcos, que se nota que tampoco se lo cree, está a punto de comenzar una pequeña discusión con él, pero lo detengo a tiempo y le aseguro de nuevo al tipo que estaremos listos cuanto antes y que despejaremos la habitación. Marcos se ducha, se viste y prepara la maleta entre bufidos, quejidos, reproches e insultos varios hacia todos los que trabajan en este hotel. Yo no es que no esté de acuerdo con él y con todo lo que está diciendo, y claro que me fastidia que no me den habitación, pero no me apetece

entrar en problemas innecesarios e intentar convencer a alguien de algo que, ya de antemano, se ve que no va a tener solución. Hay más hoteles en Cagliari y alguno encontraremos. Lo que iba a ser una hora se reduce a veinte minutos. Marcos y yo pagamos estas cinco noches y las horas extra que hemos estado, nos montamos en el Masseratti el cual, por cierto, tenemos ya que devolver si no queremos dejarnos todos los ahorros en su alquiler, y nos dirigimos hacia el hotel de Daniela y sus amigas. Cuando las llamamos desde recepción y escuchamos sus voces queda patente que no somos los únicos que anoche nos bebimos hasta el agua de los floreros ni que tienen una resaca de mil demonios. Nos invitan a subir y nosotros lo hacemos con maletas incluidas. Al llegar, nos reciben un grupo de chicas en pijama, ojerosas, con pelos de locas. Pero yo no me fijo en nada de eso, pues como si se tratara de un imán para mí mis ojos captan enseguida a Daniela al fondo, saliendo del cuarto de baño con una coleta en lo alto de la cabeza y vestida con un pijama de tirantes y pantalón largo, algo demasiado fresco para las temperaturas que hacen. Pero quién soy yo para juzgar si, normalmente, duermo en ropa interior o solo con el pantalón. Se gira hacia la puerta y cuando su mirada se cruza con la mía la sonrisa que ya me atrapó esa primera noche hace acto de presencia. Ignoro a las demás chicas y a Marcos, quien está relatando nuestra festiva mañana, y me planto frente a ella en apenas cuatro zancadas. La sujeto por las mejillas acariciando sus pómulos con el pulgar y acerco mi rostro al suyo hasta besar sus labios. —Buenos días. —Buenos días, preciosa. —¿Os han tirado de la habitación? —Algo así. Sé que va a preguntar algo más porque abre la boca para ello, pero yo aprovecho para acercarme de nuevo y volver a

besarla, solo que esta vez lo hago con un poquito más de ganas. Ella no tarda en dejarse llevar. Me rodea el cuello con los brazos y me acaricia la nuca mientras no dejamos de besarnos. Me separo tan solo un segundo, el segundo que necesito para poder verla bien y coger aire. La sujeto con fuerza por la cintura y ella descansa su cuerpo contra mi torso sin dejar de acariciarme ni un momento. Cuando nos separamos, ambos respiramos más rápido de lo normal y tenemos los labios hinchados. O así es como creo que estarán los míos a tenor de cómo están los suyos. —Me encantan estos despertares. —¿Seguro? Porque pienso despertarte así todos los días de esta semana. —Sobre eso… ¿De verdad vas a quedarte? —Ese es el plan, sí. —¿Toda la semana? —Hasta el día seis, que es cuando tú vuelves a Londres, ¿no? —Sí. Por la mañana. —Perfecto. —¿Estás seguro? —Pues… hasta hace dos segundos, sí. Ahora que me lo preguntas tanto comienzo a tener mis dudas. —No. No es eso. Es solo que… El grito de una de las chicas termina con nuestra conversación. Por lo que parece, una de las amigas de Ella se ha caído de una de las camas y ha aterrizado en el suelo con el trasero. Por cómo ha sonado el golpe se ha debido de hacer daño, pero ella ríe a carcajadas como el resto de los habitantes de esta habitación. Dejo de prestar atención al resto y vuelvo a centrarme en Daniela. Ella hace lo mismo. —Oye, ¿qué te parece si hacemos un desayuno– almuerzo–comida–merienda los dos solos y hablamos un poco de esto? —Me parece perfecto.

—Genial. Te espero. —Miro alrededor a ver dónde puedo sentarme. Veo una cama en la esquina sin trastos sobre ella y la señalo—. Te espero allí mientras tú te vistes y nos marchamos. —De acuerdo. Tardo solo cinco minutos. —Ambos sabemos que son quince. Se alza de puntillas y me da un ligero beso en los labios antes de abrir el armario, sacar un par de cosas de él y desaparecer tras la puerta del baño. Yo me siento en la cama que había señalado y niego riendo mientras veo a Marcos haciendo el imbécil con una de las amigas de Daniela. Creo recordar que fue la misma que me la «arrancó» de los brazos esa primera noche. Ya he visto a Marcos tontear con ella en varias ocasiones durante estos días. Después de Ella es la más guapa de todas. Por su pelo y la expresión de su cara me recuerda a mi hermana Eva. Daniela sale a los pocos minutos vestida con un vaquero ajustado, unas botas marrones sin tacón y un jersey blanco de cuello vuelto. Sigue llevando la cola de caballo y no lleva maquillaje. —Estás guapísima —digo moviendo los labios para que pueda leerlos, porque oírme, con todo el follón que hay aquí, es bastante difícil. Se sonroja, pone los ojos en blanco y niega con la cabeza. Me levanto y me acerco hasta Marcos, quien sigue hablando con el clon de Eva tumbados en una de las camas, y le informo de mi partida. Levanta el dedo pulgar en señal de aprobación y quedamos en hablar más tarde, pues todavía tenemos que resolver el problema de dónde vamos a pasar la noche. Me pongo el abrigo, ayudo a Ella con el suyo y cogidos de la mano salimos de esa leonera y nos preparamos para perdernos durante un par de horas por algún rincón de la ciudad.  

Capítulo 19   Terminamos tomando algo en una pequeña Boutique que hay a unos veinte minutos andando desde el hotel. Nos hablaron de ella hace unos días nuestros nuevos amigos italianos y todavía no habíamos podido venir a degustar sus ricos dulces. En cuanto entramos, el olor a café y a chocolate caliente inunda nuestras fosas nasales, mezclado con el olor a café y frutos secos. El local es bastante pequeño, pues solo dispone de cuatro mesas de madera cada una de una forma y tamaño diferente. Una señora mayor con el pelo blanco recogido en un moño y un delantal de colores en tonos pastel, nos recibe con una sonrisa y nos indica con la mano que pasemos y nos sentemos donde queramos, pues está vacío. —Huele fenomenal —susurra Ella mientras se quita el abrigo y lo cuelga en una percha que hay en la entrada. —¿Has visto la vitrina? Jamás había visto tantas tartas juntas. Hay dos hileras llenas de dulces variados, algunos con trozos de fruta como decoración y otros de chocolate de distinto sabor. Está todo tan en silencio que no puedo evitar encogerme ante el ruido que hago al apartar la silla para sentarme. Pero la señora no se inmuta. Sigue concentrada trajinando algo de espaldas a nosotros. Buscamos sobre nuestra mesa y sobre las demás alguna carta en la que poder mirar qué comer, pero no hay nada. Sobre las mesas solo hay un pequeño jarrón de cristal con una vela dentro encendida y envuelta por tiras de bambú sujetas por un hilo de color marrón; y esparcidas por la base del jarrón hay pequeñas hojas de color verde. La señora sale tras el mostrador y se acerca a nosotros con dos platitos en la mano y, sobre ellos, dos tazas de color

blanco que llevan dibujadas en la base dos enredaderas de color negro. —Cioccolato —nos dice al depositar las tazas frente a nosotros. Ninguno habla italiano, pero ambos entendemos que se trata de chocolate. Espolvoreado por encima hay nueces picadas, caramelo y especias. Se retira para volver al poco rato con otros dos platos, esta vez con algo de dulces en ellos. Uno lleva una especie de rosquillas, aunque más bien parece un dónut por el azúcar que lleva por encima y porque tienen aspecto de estar esponjosas. Cuando lo deja sobre nosotros solo entendemos que dice: ciambelle, o algo así. En el otro plato hay una tarta de chocolate sobre una base que creo que es galleta, y encima una variedad de frutos secos caramelizados. Sin duda alguna, una auténtica bomba de relojería. —Vamos a morir por una sobredosis de azúcar —comenta Daniela entre risas y con ojos golosos en cuanto la mujer se retira. —Por todos es conocido que comiendo o follando son las dos mejores formas para morir. Daniela es incapaz de controlar la carcajada que con tanta fuerza sale de su garganta. Se tapa la boca avergonzada e intenta darme una palmada en el brazo, pero la consigo esquivar. —Eres un bruto. —Es lo que tiene pasar demasiado tiempo con Marcos y tener tanta hambre. Te juro que yo suelo ser mucho más comedido y recatado. Cortamos tanto la tarta como el dónut en varios trozos y atacamos mientras soplamos sobre la taza para enfriar el chocolate. Ninguno de los dos podemos evitar gemir en cuanto el primer trozo de tarta hace contacto con nuestro paladar. No hace falta más para que los dos estemos de acuerdo en que esto está de muerte.

Aparcamos la conversación que teníamos pendiente y nos limitados a comer y a beber. Le doy un pequeño mordisco a Ella en el dedo gordo cuando me da un trozo de ciambenoséqué con la mano, y ella se relame el azúcar que se le queda pegada en los dedos. Ambos reímos y nos aguantamos el insulto cuando probamos de nuestras respectivas tazas y nos damos cuenta de que el chocolate continúa demasiado caliente y que nos hemos quemado, recordando esa primera vez que comimos juntos y que me pasó justo lo mismo. De eso hace solo unos días y parece que haya pasado una eternidad. La mujer es tan amable de acercarnos una jarra pequeña con lo que parece ser leche natural. Nos indica con la mano que la añadamos en el chocolate para enfriarlo y eso hacemos. Conseguimos darle pequeños sorbos sin escaldarnos la lengua. Ya llevamos aquí unos cuando minutos, hemos comido, bebido y creo que ya es hora de mantener la conversación que nos ha traído hasta aquí. Dejo mi taza con cuidado sobre la mesa y cojo aire para hablar. —¿Te molesta que me quede? Mi pregunta le pilla a Ella tan de sorpresa como a mí hacerla, pues la verdad es que no esperaba ser tan directo, pero ya está hecho, no hay marcha atrás. Ahora es ella quien deja su taza con cuidado sobre la mesa, justo enfrente de la mía, y se limpia la comisura de la boca despacio. Pongo lo ojos en blanco y suspiro. —¿Estás siendo tan lenta a propósito? —La verdad es que te estaba dando tiempo. —¿A mí? —Claro. Te estoy dando tiempo para que pienses en la pregunta tan tonta que me has hecho y la reformules. Deja la servilleta sobre la mesa y se recuesta en la silla con los brazos cruzados bajo el pecho. No puedo evitar que mis ojos se vayan por un momento allí y me olvide de lo que le había preguntado. Su risa llega hasta a mí y chasquea los dedos frente a mi cara para que alce la cabeza.

—Muy mal, Pedro. Además de hacerme preguntas tontas te quedas embobado mirándome las tetas. Como sigas así esta conversación no va a terminar muy bien. —Pero no es mi culpa, es la tuya. Si no te hubieras levantado así el pecho yo no habría dirigido mis ojos directamente hacia allí. —¿Te han dicho alguna vez que tienes un piquito de oro? —No, porque yo no soy así. Yo soy sereno y centrado, ya te lo he dicho en alguna ocasión. —Pues conmigo no eres ni una cosa ni la otra. —Lo sé. Como también sé que es porque me vuelves loco y me haces comportarme como nunca lo había hecho. Ni con quince años. Eso creo que también te lo he dicho. —¿Y te molesta? —¿A mí? En absoluto. Solo espero que a ti tampoco. —¿Por qué debería hacerlo? —Porque me has preguntado varias veces seguidas si estoy seguro. —Simplemente, porque quiero que lo estés. —Se frota la frente y se inclina hasta apoyar los codos sobre la mesa—. Me gusta esto, Pedro. Me gusta lo que tenemos y lo he disfrutado. Lo estoy disfrutando. Pero que hayas decidido quedarte una semana más conmigo aquí es una locura y no quiero que… —Lo sé, Daniela. Pero escúchame un segundo. Me levanto, cojo la silla y la arrastro hasta dejarla justo a su lado. La coloco del revés y me siento en ella con las piernas abiertas y el respaldo pegado al pecho. Me inclino hacia delante hasta casi rozar su nariz con la mía, y sonrío. —Creo que ya he dicho en alguna ocasión que no soy un hombre aventurero ni muy dado a las locuras, ¿correcto? — asiente sonriendo—, pero en este viaje lo estoy siendo. Comenzó como tal y quiero que termine del mismo modo. Y te puedo asegurar que no hay otra persona con la que quiera cometer esa locura que no seas tú. —¿A pesar de que no volvamos a vernos?

—Ella. Por nuestra vida pasan todo tipo de personas. Están los que llegan para quedarse, los que pasan en un momento y después, con el tiempo, te olvidas de ellos y, por último, están los que pasan en un momento y con el tiempo, cuando piensas en ellos, lo haces con una sonrisa en la cara. Esos vamos a ser nosotros, nada ha cambiado. Sigue existiendo el mismo acuerdo que teníamos. —¿Y qué tienes pensado hacer? Porque te recuerdo que te has quedado sin habitación. —Sí, ese es un gran problema. Pero no es uno que no tenga solución. La miro de forma juguetona moviendo las cejas arriba y abajo. Ladea la cabeza y achina los ojos. —¿Pensáis quedaros con nosotras en la habitación? Porque entonces el hotel sí que nos hecha. La cara de horror con la que lo dice es digna de hacer una foto y enmarcarla. En cierta manera debería sentirme ofendido, pero la verdad es que la entiendo muy bien. ¿Sus amigas, Marcos y yo en una misma habitación? No, gracias. —Hay una idea que me ronda la cabeza desde que decidí alargar el viaje, pero es una locura. —Ya ha quedado bastante claro que estamos dispuestos a cometer unas cuantas, ¿no? Otra más no puede hacernos daño. —¿Estás segura? Porque esta es una locura, locura. De las grandes. De esas en las que seguro que me miras horrorizada y pensando que qué haces aquí sentada conmigo en vez de estar con tus amigas que están más cuerdas que yo. —¿En serio crees que mis amigas tienen más conocimiento que tú? —Hago un barrido mental a estos últimos días pensando en todas las locuras que han hecho estas chicas, y caigo en la cuenta de que no, de que no tienen más conocimiento que yo. Niego con la cabeza y ella sonríe—. Entonces, ¿de qué tienes miedo? —De que me digas que no y salgas despavorida.

—Eso solo lo sabremos cuando me lo digas. —No sé yo… —¡Dilo ya! —contesta sonriendo y zarandeándome. Me enderezo y hago redoble de tambores golpeando las palmas contra el respaldo para darle más énfasis a la situación. —A la de una, a la de dos… —¡Pedro! —Vámonos de ruta por Italia en coche los dos solos. No me mira como si me hubieran salido dos cabezas o como si me acabase de convertir en un emoticono, pero sí lo hace con la ceja arqueada y boqueando como un pez. —Te he asustado. —No digas tonterías, es solo que… ¿Qué? Agarro con fuerza sus manos y las aprieto. —Piénsalo. Tú y yo solos durante cinco días. Devolvemos el coche mañana en el aeropuerto, cogemos un avión hasta Florencia y recorremos La Toscana italiana. Sé que sería mejor recorrerla en verano para disfrutar de sus playas y todo lo verde que tiene, pero como estamos tan locos de haber venido a Italia en pleno invierno en vez de en verano con el calor para haber podido disfrutar de sus playas y su sol, pues nos aguantamos y disfrutamos de ella con paraguas, guantes y abrigo. ¿Qué me dices? —¿Vas a dejar solo a Marcos? —Marcos es lo suficientemente adulto como para saber apañárselas solo sin mi ayuda. —Pero ¿no te da pena? —Pena la mujer del pene. —¡Pedro! Hablo en serio. —Y yo también, Ella. Me levanto, coloco la silla correctamente y vuelvo a sentarme. Esta vez con los brazos apoyados sobre las rodillas y envolviendo de nuevo sus manos con las mías. —Marcos es mi mejor amigo. Más que mi mejor amigo, es mi hermano. Él lo sabe y yo también. Nos conocemos mejor el uno al otro que a nosotros mismos, por eso sabe que si he

decidido quedarme una semana más aquí ha sido porque me apetece pasarla contigo. Te juro que no entraba en mis planes que la pasásemos los dos solos, pero ahora que esta idea se ha materializado en mi cabeza creo que es perfecta. No busco segundas cosas detrás de este viaje ni nada que se le parezca, Ella, de verdad. La única excusa que puedo darte es que me apetece pasarla contigo. Me paso una mano por el pelo y suelto el aire que no me había dado cuenta de que estaba reteniendo. —Mira —continúo—, ya te he dicho antes de empezar que era una locura de las grandes, y lo sigo pensando, ahora solo me queda por saber si estás o no estás dispuesta a cometerla conmigo. Se suelta de mi agarre y se restriega las manos sobre sus vaqueros mientras se muerde el interior de la mejilla y niega con la cabeza murmurando cosas que no soy capaz de entender, y eso que estoy a menos de tres centímetros de distancia. Pero entre que tengo la cabeza embotada y el corazón me va tan rápido, es imposible que pueda escuchar nada. ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué hago yo pidiéndole que nos vayamos juntos de viaje? Normal que la chica se crea que está sentada frente a un zumbado. Primero hablamos de que esto no es más que la relación entre dos personas que se han gustado durante un viaje y han decido tener sexo sin compromiso y sin que ello vaya a nada más que lo que es, sin promesas, sin planes de futuro y sin nada que se le parezca. Y, luego, un par de días después, simplemente, le pido que confíe en mí, en un tío al que, en realidad, apenas conoce para recorrer una parte de Italia durante cinco días montados en un coche sin nada más que nuestra mutua compañía. Pensándolo bien, no entiendo cómo no se ha levantado y ha salido corriendo huyendo de mí. Tras unos segundos que a mí se me han hecho eternos, sonríe y se encoge de hombros.

—Nunca imaginé que terminaría mi viaje a Italia con un tío al que acabo de conocer en vez de con mis amigas. —¿Eso es un sí? —Eso es un: «a esto hay que buscarle un adjetivo mejor que el de locura». —¿Enajenación? ¿Demencia? ¿Chifladura? Tengo unos cuantos. —Cuando termine el viaje lo discutimos. Me abalanzo sobre ella estampando mi boca contra la suya y sonrío feliz, tanto por dentro como por fuera. —Estoy como una cabra —murmura sobre mis labios. —Estamos, en plural. Pero siempre han dicho que los locos son los más felices.  

Capítulo 20   Esta vez el vuelo hasta Florencia es de lo bueno, lo mejor. No hemos tenido turbulencias, nadie se ha mareado ni vomitado y, además, no han perdido ninguna de nuestras pertenencias. ¿Qué más se puede pedir? Cogidos de la mano y arrastrando nuestras maletas con la otra nos dirigimos hasta la oficina de alquiler de coches. Esta vez quiero uno sencillo, cómodo y que no me vaya a costar mi primogénito. En cuanto nos entregan las llaves del Opel Astra gris metalizado, lo primero que hacemos es conectar el reproductor de música con el móvil de Ella, pues se ha preparado una lista específica para el viaje, y marcar en el GPS la ruta que vamos a realizar, que empieza en el corazón de Florencia con la Plaza del Duomo y el Ponte Vecchio. Después de dar vueltas durante más de media hora, conseguimos aparcar en una calle un tanto estrecha pero lo suficientemente céntrica para no tener que andar mucho. La Plaza es espectacular, así como su catedral. Aunque había estado antes en Italia nunca había pisado Florencia. Me había limitado a las ciudades más famosas, como pueden ser Roma o Venecia con sus carnavales, pero nunca había estado en la capital de La Toscana Italiana. Nos compramos un helado en un local que hay a apenas unos metros del centro de la plaza y nos los comemos mientras admirados la fachada de la catedral y el Campanario de Giotto, situado justo al lado, y que la chica que nos ha alquilado el coche nos ha recomendado visitar porque al hacerlo podemos admirar la belleza de la ciudad. Palabras textuales. Nos terminamos el cucurucho y optamos por empezar por la catedral, Santa María del Fiore. Es imposible no quedarte maravillado en cuanto pones un pie dentro. Lo de fuera es

espectacular, con la gran cúpula, pero para describir lo que hay una vez cruzas las puertas no hay palabras, y es que tanto la nave central franqueada por dos naves laterales formando una cruz latina, como sus decoraciones y frescos son maravillosos. De forma disimulada nos pegamos a un grupo de turistas ingleses para poder escuchar a su guía y así conocer mejor esta gran obra arquitectónica de finales del siglo XIII. Aunque Ella entiende a la perfección todo lo que dicen, pues es inglesa, yo entiendo las tres cuartas partes si llega, así que decidimos dejar al grupo y subir al campanario de Giotto. Está comenzando a caer la noche y todavía nos queda un camino por delante hasta llegar al hotel en el que tenemos planeado alojarnos esta noche. No entramos por la puerta que hay en el interior, pues la cola que hay es demasiado extensa. Daniela ha escuchado a unos chicos hablar de una entrada que hay en uno de los laterales y probamos a ver si hay suerte. —¡Bingo! —exclamo en cuanto vemos que hay apenas cinco personas delante de nosotros. El primer tramo de escaleras es sencillo. Los escalones no son muy altos y se suben bastante rápido. No pasa lo mismo con los segundos y mucho menos con los terceros. Estos se van haciendo cada vez más estrechos y la dificultad es mayor. Estoy a punto de poner un pie en el próximo escalón cuando alguien tira de mí tan fuerte que estoy a punto de caerme de espaldas al suelo. Al girarme, veo que ha sido Daniela y que ha perdido el color de la cara. —¿Qué pasa? La agarro por los hombros y la hago a un lado para no entorpecer el camino de la gente que continúa subiendo. —Yo por ahí no paso. —¿Por dónde? Señala las escaleras con la mano sin mirarlas. —Que yo me quedo aquí. No pienso subir un escalón más. —Pero ¿qué dices?

—¿Tú sabes lo estrecho que está eso? —Me giro y observo la escalera—. Que no, que yo paso. Apoya la espalda en la pared y se desliza hasta quedar sentada en el suelo. Recoge las piernas para que nadie se tropiece con ellas y, vista así desde arriba, parece totalmente una bola. —¿Por qué te sientas ahí? —Porque quieres subir y a mí me parece estupendo. Yo te espero aquí. —¿En serio? —Por supuesto. Yo me quedo aquí quietecita y tú te tomas tu tiempo. Por mí no te preocupes. —¿Y te vas a perder la vista de Florencia desde las alturas? Dicen que son una pasada. —Llevo viviendo veintitrés años sin ella. Puedo vivir otros veintitrés más. Me agacho hasta quedar en cuclillas frente a ella. La sujeto por la barbilla y la obligo a mirarme. El corazón se me encoge en el pecho cuando veo que, además de fría, está pálida y con la frente perlada de sudor. —Ella, ¿tienes miedo a las alturas? No contesta. Por cómo intenta rehuir mi mirada intuyo que sí. —¿Por qué no me lo has dicho antes? —Porque a ti te hacía mucha ilusión subir. Tú patinaste en el hielo por mí, yo creía que podría subir unos escalones por ti. Pero ha sido ver ese hueco ahí y creer que iba a morirme. No puedo, lo siento. No puedo. Coloco ambas manos sobre sus mejillas y le doy un beso en la punta de la nariz. Me aparto y acaricio sus mejillas. —No tengo ningún interés en subir ahí arriba sin ti. Yo también llevo muchos años sin hacerlo, no tengo por qué hacerlo justamente hoy. —¿Lo dices en serio? ¿No te importa? Así no vas a poder disfrutar de verdad de la ciudad. —¿Y eso quién lo dice? Venga, arriba.

Me pongo en pie y la ayudo a ella a hacer lo mismo. Me rodea el cuello con los brazos y me estrecha fuerte mientras me pide perdón y me da las gracias. —Que no subamos allí arriba no quiere decir que no podamos disfrutar igualmente de Florencia —susurro junto a su oído. Beso sus labios y emprendemos el descenso agarrados fuertemente de la mano y sin mirar atrás. Salimos del Campanario y ponemos rumbo al Ponte Vecchio, que está a solo siete minutos andando. Al llegar paseamos entre los distintos puestos de artesanía y orfebrería que hay en el puente. Daniela se enamora de tantas cosas que llega un momento en el que es difícil seguirle el ritmo. Nos detenemos en un pequeño puesto donde se venden artículos hechos de mimbre como bolsos, carteras o artículos de bisutería. Se para acariciar un collar del que prende un colgante en forma de clave de sol y con unas pequeñas bolitas plateadas justo en el centro. Mientras ella lo admira yo le pago al dependiente. Cuando va a volver a dejarlo en su sitio coloco mi mano sobre la suya y la detengo. —Gírate —le pido mientras cojo el colgante. Al principio me mira ceñuda, pero me hace caso. No pierdo la oportunidad de acariciarle la piel con las yemas de los dedos mientras le aparto el pelo a un lado. Paso el collar alrededor del cuello y lo abrocho. Cuando se gira con el colgante fuertemente cerrado en un puño la sonrisa que me regala solo me demuestra que, si hay algo que he hecho bien hoy, ha sido comprarle este collar. —Va a ser difícil olvidar este viaje. Pero todavía lo será más cada vez que vea esto. Gracias. Nos marchamos de allí, nos subimos en el coche y ponemos rumbo a San Gimignano, que está a una hora de Florencia. Un pueblo italiano al que se le conoce como la Manhattan medieval. Nos reciben sus calles estrechas, sus murallas y sus torres, siendo la más famosa La Torre Grossa, además de la más alta. Es increíble cómo si levantas la vista

y ves sus casas, parece que te transporten a la época medieval. Recorremos apenas el pueblo, pues ya ha anochecido y la luz es escasa. Decidimos cenar en un pequeño restaurante que encontramos cerca de donde hemos aparcado. Daniela se ríe de mi elección, pues he vuelto a pedir pizza, pero es que es mi plato preferido y es un pecado no comerlo en el sitio que las vio nacer. Para dormir nos hospedamos en un pequeño hotel de apenas veinte habitaciones que hay a las afueras del pueblo. En cuanto nuestras cabezas tocan la almohada caemos en un sueño profundo. Todo lo vivido nos han dejado fuera de juego.

Capítulo 21   Algo comienza a hacerme cosquillas en el cuello. Intento quitármelo, pero al cabo de unos segundos vuelve. Una risita justo a mi lado me informa de que no es algo, sino más bien alguien quien me provoca esas cosquillas. Aunque aún estoy medio dormido consigo abrir un ojo para poder mirarla; lleva el pelo suelto alrededor de la cara, las mejillas sonrosadas y me llega un suave olor a menta. —¿Te has lavado los dientes? —No. —Mentirosa. La agarro de la cintura y la muevo hasta colocarla a horcajadas sobre mí. El pijama que lleva es tan fino que se le marcan los pezones y, aunque sé que está mal y que no debería, no puedo apartar mis ojos de ellos. Carraspea intentando captar mi atención. —¿Sabes que tengo ojos aquí arriba? —Lo sé, y son preciosos. De un tono marrón que se vuelven verdes cuando te corres. Me lo sé de memoria. Pero yo no tengo la culpa de que tus tetas hayan caído justo a la altura de mis ojos. Se inclina hasta apoyarse en mi pecho con sus labios a escasos centímetros de los míos. —Eres guapísima. —¿Eso crees? —Ajá. —Tú tampoco estás nada mal. —Sonríe mientras lo dice y yo no puedo evitar meter la mano entre los mechones de su pelo y acercarla para poder besarla. En cuanto su lengua se mezcla con la mía su sabor mentolado me atrapa. Me aparto a regañadientes y mordisqueo su barbilla. —Juegas con ventaja, y eso no vale. —No tengo ni idea de qué estás hablando.

La Daniela juguetona y coqueta me vuelve loco. Su lengua juega con el lóbulo de mi oreja y sus manos se adentran por la parte delantera de mi pantalón de pijama. No tardamos ni un minuto en quedar completamente desnudos. Beso su clavícula hasta llegar a los pechos, esos que han provocado esto. Juego con un pezón y después con el otro. Les doy el apretón justo que sé que a ella le gusta y eso provoca que mi excitación aumente. Daniela, que está sentada a horcajas sobre mí, aparta mis manos de su pecho y las coloca sobre el colchón. Después, comienza un camino de besos que van desde el cuello hasta terminar en mi erección. Empieza con besos dulces y suaves y termina conmigo a punto de explotar. La agarro de los brazos y le doy la vuelta hasta dejarla bocarriba. Bajo de la cama y busco como un loco un preservativo en mi bolsa de aseo. A excepción de esa primera noche en la que ambos acordamos que fuimos unos imprudentes por hacerlo a pelo, no hemos vuelto a no usarlos por mucho que ella tenga el DIU puesto y que la sensación sea mil veces mejor. Cuando vuelvo a la cama Ella me espera justo en el centro, con el pelo revuelto y esparcido sobre la almohada, los labios hinchados, las mejillas sonrosadas y las piernas abiertas. —Soy el tío con más suerte del mundo y yo sin saberlo. Me coloco sobre ella apoyándome en los antebrazos para no aplastarla, y la beso mientras me cuelo por completo en su interior. Me trago un gemido que estaba a punto de salir de su garganta y por el que tengo que parar y respirar un par de veces seguidas si no quiero quedar muy mal. Comienzo con un movimiento lento al principio pero que cada vez va cogiendo más fuerza. No dejamos de besarnos y modernos en todo momento, sin miedo a que nos podamos estar dejando alguna marca en el cuerpo. Coloca sus manos sobre mi pelo y lo acaricia casi con adoración. Yo

quiero acariciarla también a ella, pero la excitación me tiene un poco sobrepasado y juro que no sé ni cómo me llamo. Me suelta el pelo, busca mis manos y, aunque un poco reticente al principio por miedo a aplastarla, al final consiento a que las coja y las lleve por encima de su cabeza. Cuando se corre lo hace con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y susurrando mi nombre. Yo lo hago segundos después con mi nariz en su cuello, aspirando su aroma y mordiéndome la lengua para no gritarle que acabo de darme cuenta de que no tengo ni idea de cómo voy a poder decirle adiós en apenas unos días. Después de un despertar de lo más satisfactorio con sexo en la cama y después en la ducha, bajamos para coger el coche y poner rumbo a nuestro siguiente destino: Siena y sus alrededores. Primero paramos en una panadería y compramos bollería y café con los que recargar pilas. Antes de llegar a Siena hacemos una parada en Monteriggioni que, como la ciudad en la que hemos pasado la noche, es famosa por sus murallas y su marcado interés medieval. Entre unas cosas y otras llegamos a Siena pasadas las doce y media de la mañana. Como no la conocemos y no sabemos adónde ir, nos decidimos por ir hasta el centro de la ciudad y después dejarnos llevar. Recorremos sus calles cogidos de la mano. Entramos en su catedral que es parecida a la de Florencia y corremos a refugiarnos bajo el toldo de una tienda en la Piazza del Campo cuando una lluvia torrencial nos alcanza de pleno, empapándonos de pies a cabeza. No podemos evitar reírnos de las pintas que llevamos y, tras unos minutos y ver que esto no tiene mucha pinta de amainar, optamos por volver corriendo al coche para marcharnos a nuestro próximo destino. Daniela lo hace gritando y tapándose la cabeza intentando protegerse. No puedo evitar romper a reír al verla.

—¡Déjame y no te rías! —exclama cuando se gira para mirarme y me ve parado en mitad de la calle sin poder dar un paso más. —¿Qué haces con los brazos ahí? ¡Si vas empapada! —¡No sé! ¡Intentar protegerme un poco! —Pero ¿de qué? ¡Si debes tener mojadas hasta las bragas! —¡¡No grites!! —Intenta sonar enfadada, pero la verdad es que ella tampoco puede evitar la risa porque sabe que tengo razón. Al final se quita las manos de encima de la cabeza, me agarra de la mano y tira de mí para que continúe corriendo. Cuando llegamos al coche parecemos dos pasas. —Así no podemos subir. Y tú, desde luego, así no puedes conducir. —¿Y qué hacemos? Porque empiezo a congelarme. Mira alrededor como buscando algo. Cuando parece que lo encuentra da una palmada y se lanza a abrir el maletero del coche. La ayudo a sacar las maletas, cierro y la sigo hasta detenernos en lo que parece ser un hostal. —¿Qué dices? La fachada parece estar limpia y bien cuidada, así como lo poco que se ve del interior. La miro a ella, me miro a mí y asiento. —No podemos hacer mucho más con esta lluvia. Y darme una ducha calentita ahora mismo me parece el mejor plan del mundo. —¿A pesar de que nos retrase en nuestra ruta? —Este viaje es nuestro. Podemos retrasarlo todo lo que queramos. —Pues vamos. El recepcionista nos mira mal. Lo entiendo. Estamos dejando la recepción hecha un desastre con manchas de agua por todas partes. A regañadientes nos da una habitación en la segunda planta y nos advierte de que no hay ascensor.

—¿Qué haces? —pregunta Daniela cuando ve que voy a coger su maleta. —¿Ser un caballero y subir tu maleta y la mía? —No necesito un caballero para eso. —¿Estás segura? Porque he cogido antes esa maleta y porque la has abierto en el hotel delante de mí, sino pensaría que llevas un muerto ahí dentro. —Coge el asa de la maleta y la levanta como si no pesara nada. —Estoy segura. Donde sí necesitaré ayuda es para quitarme toda esta ropa mojada. No sé si voy a poder hacerlo yo sola. La verdad es que me vuelve loco las veinticuatro horas del día, pero cuando se pone en plan coqueta se multiplica por mil. Tras guiñarme un ojo pasa delante de mí y comienza a subir las escaleras. La sigo, eso sí, muy de cerca, porque cuando he dicho que el peso de esa maleta no es normal lo decía totalmente en serio. No tardo ni medio segundo en hacer lo que me ha pedido y me convierto en un perfecto caballero. Dejamos las maletas de cualquier manera en una de las esquinas de la habitación y nos desnudamos con ansia. Nos metemos juntos en la ducha y dejamos que el agua caliente se lleve por el desagüe la lluvia junto con nuestros gemidos. Ya no salimos de la habitación en todo el día más que para ir a por algo de comida y volver corriendo a comérnosla en la cama. Nos permitimos conocernos un poquito más, pero con datos sin la mayor importancia; como cuál es nuestro color preferido, si somos más de playa o de montaña, si preferimos la música española o la inglesa, o cuál es el sitio más loco en el que lo hemos hecho. Al caer la noche estamos agotados. Me tumbo en la cama con Daniela pegada a mí, su cabeza descansando en mi pecho y sus piernas enredadas en la mía. —Gracias por proponerme hacer este viaje. —Gracias a ti por decir que sí y no salir corriendo.

Ojalá alguien me hubiese dicho en ese momento que eso que me estaba oprimiendo el pecho era miedo. Miedo porque por primera vez en mi vida me había enamorado. De ella. De su piel, de sus labios, de su pelo, de sus manos, de su risa y de su sonrisa.  

Capítulo 22   Recibimos el nuevo día contentos y llenos de energía. Las nubes han desaparecido por completo, ha salido el sol y nada nos apetece más que coger el coche y seguir con nuestra ruta. Daniela está contenta y eso se nota. Ya no solo porque le brillan los ojos y sonríe sin parar, sino porque en toda la hora que dura el viaje no para de cantar y bailar cada una de las canciones que salen de la lista de reproducción de su móvil, desde Party in The U.S.A, de Miley Cyrus, hasta Waka, Waka de Shakira, mientras imita como puede su movimiento de caderas. Llegamos entre risas a nuestra primera parada; Monticchiello. No teníamos pensado venir aquí, pues queríamos ir directos hasta Bagno Vignoni para disfrutar de sus aguas termales, pero la chica que había en la recepción del hostal esta mañana —y que era mucho más simpática que el chico de anoche—, nos ha recomendado visitar este pequeño pueblo solo para admirar las vistas que hay desde lo alto. Nos ha confirmado que podíamos acceder en coche hasta arriba sin problema, porque andando Daniela se negaba. Lo que ya veremos cómo solventamos es cómo lograré convencerla para bajar del coche y acercarse hasta el filo para poder verlo todo bien. Fuertemente agarrada a mis brazos y prometiéndole que no voy a soltarla bajo ningún concepto, consigo que baje del coche para que pueda confirmar por ella misma que la chica tenía razón. En cuanto nos ponemos de pie y le doy la vuelta conmigo a su espalda, lo ve; frente a nuestros ojos se extiende una explanada en tonos verdes y marrones que es impresionante, con su torre dorada justo en la plaza del pueblo, ya que los rayos del sol impactan de lleno sobre su fachada. Una suave brisa sacude el cielo consiguiendo que

las ramas de los árboles se mezan y los pájaros echen a volar, dando la sensación de que estás siendo partícipe de algo mágico. Todo esto, junto con sus estrechas y empedradas calles, le dan al pueblo un aspecto de lo más pintoresco. —¿Te gusta? —La rodeo por la cintura pegándola a mi pecho y dejo un ligero beso en lo alto de su cabeza. —Es precioso. —Gira la cabeza para poder mirarme a los ojos—. No te acostumbres, pero… Tenías razón. Las vistas desde las alturas son preciosas. —Ya lo sé. —Chasquea la lengua contra el paladar antes de volver a darme la espalda y seguir admirando lo que tenemos justo delante—. ¿Nos vamos? —No. Todavía no. Vamos a esperar solo unos segundos más. —Podemos esperar todo el tiempo que quieras. No tenemos ninguna prisa. No sé cuánto tiempo pasamos así, con el silencio rodeándonos, sin hablar, sin movernos, pero fuertemente agarrados. Tras esta improvisada parada, por fin llegamos a Bagno Vignoni, el pueblo conocido por sus aguas termales. El lugar ideal para vivir en contacto directo con la naturaleza y que es famoso por sus caseríos de piedra, fortalezas y abadías, además de por la «piscina» que corona todo el centro de la plaza y que en sus aguas se reflejan todas las casas que la rodean. Carlo, el chico italiano que conocimos el primer día en Cagliari y al que he dejado al cuidado de Marcos, me recomendó visitarlo y ha sido un acierto. Dejamos atrás este característico pueblo y ponemos rumbo a Montepulciano, lugar en el que se rodó El sueño de una noche de verano y, más recientemente, Luna Nueva, de la saga Crepúsculo. Aunque Daniela intenta ocultarlo está emocionada. Dice que las películas son absurdas pero que los libros le encantan. Me anima a recorrer el pueblo buscando una fuente que sale en la película y que, por lo

visto, es muy importante, pero todo su entusiasmo se va al traste cuando uno de sus habitantes nos comunica que tal fuente no existe y que es un decorado de la película. Por cómo nos mira y la pesadez con la que habla, yo diría que no somos los únicos que han preguntado por ella. Nos detenemos en unas cuantas tiendas y, aunque en un principio no quería, termino comprando regalos para todo el mundo. A mi madre le compro un imán para la nevera y a mi hermana una taza. Las colecciona y no tengo ni idea de cuántas puede tener ya. Por la noche, cuando llegamos al hotel y Daniela se queda dormida entre mis brazos, no puedo evitar levantarme a por el móvil y hacerle una foto con él. Tampoco puedo evitar el pinchazo que siento en el vientre al ser consciente de las pocas horas que nos quedan de estar juntos.

Capítulo 23   —¿Estás segura de que vas a saber conducir esto? La mirada fulminante que me lanza Daniela me hace saber que sí. Me coloco de lado en el asiento del copiloto y coloco mis manos sobre las suyas antes de que ponga el coche en marcha. —Daniela de mi vida y de mi corazón, no es que no confíe en ti, es que no me fio de ti. —¡¿De qué vas?! La miro arqueando una ceja y ella, aunque un poco ceñuda al principio, termina resoplando y poniendo los ojos en blanco. Pero sigue sin soltar el volante. Tras pasar la noche y parte del cuarto día de viaje en la ciudad de Volterra, hemos decidido coger el coche para volver a Florencia; nuestros vuelos salen temprano al día siguiente. Como he estado conduciendo yo durante todo el tiempo, Daniela ha tenido la brillante idea de hacer un relevo. Yo no tendría ningún problema si no me hubiese confesado justo antes de arrancar, que esta era la primera vez que va a conducir un coche desde el lado izquierdo. Siempre que ha venido para visitar a su familia española, o se mueve en transporte público o es algún familiar quien la lleva. Nunca ha tenido la necesidad de ser ella la conductora. Hasta ahora. Hasta que me ha visto disfrutar tanto estos días «que le ha picado el gusanillo». Pues qué suerte la mía. Si a eso le sumamos que parece que le hayan metido un palo por el culo de lo recta que está, que las manos le tiemblan y que ya se ha secado el sudor de la frente dos veces desde que está ahí sentada, pues a mí, inevitablemente, se me han puesto los huevos de corbata y no consigo que bajen. Daniela quita las manos de debajo de

las mías y se las frota contra el pantalón. La veo coger aire y soltarlo poco a poco. —Está bien, puede que esté un poco en tensión… —¿Un poco? Tienes los nudillos blancos de lo fuerte que estás agarrando el volante… —¡Porque me chillas y me pongo nerviosa! —¡No chillo! —¡Sí que lo haces! ¡Ahora lo estás haciendo! El tono de piel de su cara pasa del blanco al rojo en apenas unos segundos. Pero no es el rojo al que me tiene acostumbrado cuando le digo algo bonito o cuando se pone nerviosa. Está roja porque parece que esté a punto de asesinar a alguien y yo tengo todas las papeletas. Me paso la mano por la nuca, cojo aire y cuento hasta tres intentando calmarme. —Vale, perdona. Te juro que no voy a volver a gritarte. —¿Estás siendo condescendiente conmigo? —Dios… Frustrado, apoyo la cabeza en el reposacabezas y cierro los ojos. —Mira, ¿sabes qué? Que yo paso. Si te vas a poner así me bajo del coche y ya conduces tú. Sin problemas. Es demasiado rápida. Cuando me quiero dar cuenta ya ha bajado del coche y está rodeándolo. Salgo y me planto delante de ella bloqueándole el paso. —¿Serías tan amable de apartarte? —No. —¿No serías amable? —No, no quiero serlo. Mírame. —Se cruza de brazos y dirige su mirada a todos los sitios menos a mí—. ¿Puedes mirarme? Por favor... Le pido esta vez de una forma mucho más dulce, suave y tranquila. Parece surtir efecto. Aparta la vista del suelo y me mira. Aún a riesgo de que me corte los dedos por tocarla, la sujeto por los codos. —No soy de esos, ¿vale?

—Ya. —Bufa y pone los ojos en blanco —No hagas eso. Escúchame un momento, ¿de acuerdo? No soy de esos. Me encanta que las mujeres conduzcáis y no me da miedo ver a una tras el volante. Bueno, a Paula sí, pero porque está como una cabra y estoy convencido de que le robó el carné al examinador. —Consigo arrancarle una pequeña sonrisa, aunque intenta ocultarla—. No tengo ningún problema con que te pongas tras ese volante. Lo que me da miedo es verte tan nerviosa e insegura y que, encima, me digas que nunca has conducido por mi lado de la carretera. Entiéndelo, ¿vale? Me pasa contigo y me pasaría también si fuera con Marcos, estuviésemos en Inglaterra, y quisiera llevarme a dar una vuelta por la ciudad. Te aseguro que me acojonaría igual. La miro de forma suplicante porque es cierto y necesito que me crea. Viéndola enfurruñada, con los brazos cruzados mordiéndose el labio y repiqueteando el pie contra el asfalto, no puedo evitar compararla con mi hermana. Me recuerda mucho a ella. No físicamente, porque son totalmente opuestas, pero sí en cuanto a su forma de pensar y de actuar. Estoy seguro de que si se conocieran harían muy buenas migas. Tan pronto como este pensamiento aparece noto un pinchazo como el de la pasada noche, porque soy consciente de que eso es algo que nunca pasará; Daniela y Eva nunca se conocerán y nunca serán amigas. Un bufido procedente de la chica que tengo justo enfrente me devuelve al presente y a su cara de enfado, la cual parece haberse suavizado bastante. Hago a un lado una idea que no tiene sentido alguno y me centro en el ahora. —¿Mejor? —Tras unos segundos de completo silencio, asiente. Sonrío—. No quiero que un malentendido estropee las últimas horas que nos quedan juntos. —Yo tampoco. —Da un paso al frente acortando la distancia que nos separa y me rodea la cintura con los

brazos. Yo no tardo en imitarla. —Si quieres conducir, yo encantado. Solo necesito que estés convencida y que no parezca que está a punto de darte un infarto. —Me parece justo y razonable. —Entonces, ¿qué? ¿Lo intentamos? Murmura algo, aunque no logro entender bien qué es porque tiene la cara escondida en mi pecho y eso amortigua cualquier sonido. A regañadientes, porque no quiero soltarla, doy un paso atrás y la miro. —¿Lo intentamos? —Lo intentamos —confirma con una sonrisa. —Esa es mi chica. Tercer pinchazo en menos de veinticuatro horas. Conseguimos llegar a Florencia sanos y salvos. Al principio parecía algo imposible, sobre todo cuando no paraba de soltar la mano izquierda para cambiar de marchas o cuando ha cogido una rotonda en dirección contraria y no ha hecho otra cosa que gritar histérica mientras duraba toda la vuelta. En ese momento, yo me he limitado a agradecer que no hubiese nadie más por ahí, a intentar tranquilizarla a ella y a ver cómo conseguía que los huevos me volvieran al sitio. Nos alojamos en el mismo hotel que la vez anterior. Cuando subimos a la habitación nos entra la risa al comprobar que también es la misma. Soltamos las maletas y nos lanzamos sobre la cama; ella boca abajo y yo boca arriba. No tardo ni dos segundos en ponerme de lado para verla bien. Le aparto el pelo de la cara y se lo coloco tras la oreja. Pero no retiro la mano. Comienzo acariciándole el contorno del rostro, perfilando su mandíbula, su cuello. Cierra los ojos y acaricio sus párpados y las mejillas. Subo la mano hasta su pelo y entierro los dedos en él. —Parece que todo va a acabar donde empezó —susurra. Apoyo mi frente contra la suya y me trago el nudo que se me ha formado en la garganta. Este no tiene nada que ver

con los pequeños pinchazos que he estado sintiendo. Este es un nudo del tamaño de una nuez que se me ha atascado en la garganta y me impide tragar con normalidad. Maldita sea. Esto no tendría que estar desarrollándose de esta manera. Esto que estoy sintiendo no tendría que ser así. No debería haber nudos en la garganta, pellizcos en el vientre ni dolores en el pecho. Esto tenía que ser algo fácil y sencillo. Una aventura como la que tienen miles de personas. Algo que, al recordar, lo hiciera con una sonrisa y con mucho cariño. No deberían estar picándome las manos solo de pensar en que en pocas horas dejaré de tocarla. No deberían dolerme los oídos por ser consciente de que nuca más volveré a escuchar su risa. No deberían dolerme los labios de imaginar que ya no podré besarla cuando quiera o, peor aún, que será otra persona quien lo haga, al igual que será otro quien la haga sonreír como yo lo he estado haciendo hasta ahora. No deberían estar escociéndome los ojos mientras pienso en que, en apenas unas horas, tendré que decirle adiós y ver cómo se sube en ese avión que la alejará de mí. No debería estar sintiendo nada de esto y, sin embargo, no puedo evitar hacerlo. Abro los ojos dispuesto a hablar con ella. A decirle que me arrepiento del trato que hicimos y de que lo veo una soberana estupidez. No tengo ni idea de qué siento exactamente ni de qué siente ella, pero sí es cierto que quiero averiguarlo. Que necesito saber su apellido, conocer dónde estudia y si tiene perro o si, por el contrario, los odia. Quiero que entienda que esta semana ha sido mágica, especial, y que tengo la necesidad de seguir disfrutando de ella. No importa cómo, ni tampoco me preocupa. Es algo que podemos ir viendo sobre la marcha sin ataduras, pero sí con promesas. Pero todos estos pensamientos terminan muriendo en mi boca porque cuando abro los ojos me encuentro con una Daniela profundamente dormida, con la boca ligeramente

abierta y su mano descansando sobre la mía. La idea de despertarla cruza mi mente, pero no lo hago. —¿Crees en las señales, Pedro? —me preguntó una vez Eva poco tiempo después de morir nuestro padre, en una de esas veces en las que nos quedábamos a dormir con mi madre en su casa para no dejarla sola y ella, en mitad de noche, se colaba en mi dormitorio para dormir conmigo. No recuerdo exactamente a qué vino esa pregunta. Solo recuerdo que me quedé en silencio mirando al techo mientras dejaba que se apretara contra mí y me abrazara mientras sollozaba en silencio. Se quedó dormida antes de que pudiera contestarle. Tampoco sabía qué decirle, porque era algo en lo que nunca había pensado. Ahora, sin embargo, contestaría que sí. Creo que Daniela se ha quedado dormida porque así es como deben ser las cosas. Ya lo dijimos, ¿no?; sin promesas que no se puedan cumplir. Sin presiones que te puedan ahogar. Sin sentimientos que no se puedan gestionar. Me quito los zapatos, le quito a ella los suyos con cuidado y nos arropo a ambos con la sábana dejando que Morfeo me lleve con él en cuestión de segundos.

Capítulo 24   Daniela   ¿Irme yo sola de viaje con un tío al que no conocía prácticamente de nada? La mayor locura que he cometido en mi vida. Menos mal que no se lo conté a mi padre cuando me llamó esa noche para ver cómo iba todo. No creo que le hiciese mucha gracia saber que su hija se iba de viaje en coche con un tío del que no sabía ni su apellido. Ahora, cuando lo pienso, veo lo absurdo que fue todo el asunto. Pero el mundo está lleno de cosas absurdas, ¿no? O, al menos, eso dicen. Mis amigas decidieron guardarme el secreto. Por eso accedieron a reencontrarse conmigo en el aeropuerto de Stansted al llegar a Londres y fingir que acabábamos de llegar todas juntas. Lo dicho; una locura se mirase por donde se mirase. Ellas por animarme y yo por hacerlo. Hubo una cosa que Pedro me dijo en ese viaje: «Dicen que los locos son los más felices». Tengo que darle toda la razón, porque yo no he sido más feliz en mi vida que en esos cinco días. Eso es algo que no quise reconocer en ningún momento durante el viaje; ni ante el mismo Pedro ni ante mis amigas cuando me lo preguntaron. La coraza de indiferencia que me impuse era más fuerte que el sentimiento en sí. Solo me permití reconocerlo durante un microsegundo, y fue sentada en ese taxi camino del aeropuerto mientras dejaba a Pedro en ese hotel de Florencia y yo volvía a mi vida real. Cuando las lágrimas rodaban por mis mejillas por no haber sido lo suficientemente valiente para decirle que no quería saber nada del pacto que habíamos hecho, y que si ya lo estaba echando de menos, ¿qué pasaría dentro de un mes? No le pedí al taxista que diese media vuelta porque pensé que

prefería vivir con el recuerdo que arriesgarme al rechazo. Cobarde. Esa era la única palabra con la que se podría haber definido mi comportamiento. Pero el gran problema vino unas semanas después, cuando esos recuerdos de los que tanto hablamos en nuestro viaje dejaron de ser lo único que me mantenían unida a él.

Capítulo 25   Me despierto con dolor de cabeza y una sensación extraña en el cuerpo, como si algo no fuera bien. Un sonido molesto y estridente comienza a sonar a todo volumen taladrándome el cerebro. Me cuesta un rato darme cuenta de que se trata de mi teléfono móvil. Lo busco por la cama sin éxito alguno, hasta que recuerdo que debe continuar en el bolsillo de la chaqueta. Me levanto medio dormido y voy a por ella, que sigue tirada sobre la silla, justo donde la dejé ayer antes de desplomarme sobre la cama al llegar al hotel. Me siento en el borde de la cama y descuelgo al ver el nombre de Marcos parpadeando en la pantalla. —¿Qué? —Parece que alguien ha desayunado ración de mala hostia en vez de la de buenos días. —Buenos días. ¿Qué? La risa de Marcos me perfora el tímpano y me molesta, aunque no tengo ni idea de porqué. Pero es que la sensación de malestar con la que me he despertado sigue ahí, y va en aumento. Cierro los ojos y me masajeo el puente de la nariz intentando aliviar el dolor de cabeza. —Ya que no he sabido nada de ti en estos días más que: «perfecto», «ok» y algún que otro «genial», deduzco que ha ido mejor que bien y que el tonito de hoy es que todo lo bueno se acaba y hay que volver. Pero ya me lo contarás luego cuando nos reencontremos en el aeropuerto de Florencia para volver juntos a casa. La cuestión es que… Dejo de oír a mi amigo y abro los ojos de golpe, despejándome por completo. Me llevo una mano al pecho y ahí está; el dolor, el pinchazo. La sensación. Ahí está la consecuencia a este dolor de cabeza y el malestar general que tengo; ha llegado el día, hoy se termina todo y volvemos a casa.

Me giro buscando a Daniela, pero me encuentro con algo que ya sé, y es que no está tumbada en la cama. Extrañado, me levanto y doy los dos pasos de distancia que hay hasta el cuarto de baño y abro la puerta; la luz está apagada y tampoco hay nadie dentro. Vuelvo sobre mis pasos y miro al suelo de la habitación. No hay nada. A excepción de mi maleta y mis zapatos. —No puede ser —murmullo más para mí mismo que para Marcos que continúa al teléfono, el cual tengo fuertemente agarrado—. Esto es una puta broma. —¿Cómo? Pedro, ¿de qué hablas? ¿Me estás escuchando? —Dime que no es lo que creo que es… Mierda, mierda, mierda… Marcos dice algo más, pero no lo escucho. Estoy demasiado ocupado dando vueltas por la habitación como un pollo sin cabeza. Las manos comienzan a sudarme y noto el corazón en la punta de la lengua. Camino hasta la puerta principal, la abro y recorro el pasillo con la mirada de lado a lado. Vacío. Llego hasta el ascensor, aprieto el botón de forma insistente y en cuanto las puertas se abren me cuelo dentro y pulso la planta baja. —Pedro, ¿me estás escuchando? —continúa preguntando Marcos, pero yo solo puedo pensar en buscar a alguien al que poder preguntarle. Cuando llego y salgo a la recepción, esta está vacía. Estoy a punto de ponerme a gritar, pero una puerta se abre en un lateral y un chico uniformado sale por ella con un vaso de cartón en las manos. —¿En qué puedo ayudarle? —me pregunta en inglés en cuanto repara en mi persona. Se coloca tras el mostrador, da un sorbo al vaso y se sienta en la silla. Lo reconozco en enseguida. Es el mismo chico de la primera vez que estuvimos aquí. De esa primera noche. —¿Puedo ayudarle? —repite tras unos segundos de silencio por mi parte. Me acerco hasta el mostrador y lo

miro a los ojos. —Ella. ¿Dónde está? La chica. ¿Dónde está? Me mira alzando una ceja y me observa de arriba abajo. Seguro que está pensando que soy un perturbado. Voy a explicarme mejor cuando el rictus de su cara cambia y se vuelve más tranquila. Asiente y deja el vaso con cuidado sobre el escritorio. —¿Es usted el huésped de la habitación treinta y cinco? —Sí. —Un minuto, por favor. Se agacha a buscar algo en los cajones. Después, con calma, y mientras me mira con… ¿lástima?, se levanta y me entrega algo. —Pedro, me cago en tus muertos, joder. ¿Qué cojones pasa? Tres palabrotas en una misma frase. Marcos debe de estar muy cabreado. Lo entiendo, pero ahora no puedo hacerme cargo de él. Cuelgo el teléfono y me centro en el chico que me acaba de entregar un sobre con mi nombre escrito en él. Lo inspecciono, le doy la vuelta, pero, nada. Solo mi nombre en una caligrafía pulcra y limpia. Jamás la he visto, pero sé que esa letra es de Daniela. —No entiendo nada. ¿Qué es esto? —La chica con la que compartía habitación, antes de marcharse me pidió un sobre, se lo di, metió dentro un papel, lo cerró, me lo dio y me dijo que se lo entregara a usted cuando lo viera. —Pero… pero… sigo sin entender nada. No sé si es que de repente ya no entiendo el inglés o es que no me estoy enterado de nada. El chico parece ver la confusión en mi mirada, porque chasquea los dedos frente a mí captando mi atención y comienza a hablarme como se le habla a un niño de tres años que está aprendido el idioma. —Que la chica que compartía habitación con usted se marchó, pero antes de irse pagó la habitación y me dio esa carta para usted. ¿Entiende ahora lo que le digo, señor?

—No. Bufa un pelín desesperado, se revuelve el pelo y abre la boca para volver a hablar, pero niego con la cabeza y le hago un gesto con la mano para que no lo haga. —Entiendo lo que me ha dicho y no necesito que me lo repita. —Como si fuera idiota, vuelvo a darle la vuelta al sobre y a comprobar que, efectivamente, no hay nada escrito en el remitente—. Lo que no entiendo es cómo ha podido irse así y… ¿Por qué no me ha dado esto ella personalmente? —En eso no puedo ayudarle, señor. Tal vez si… —Olvídelo. Era una pregunta más para mí que para usted. Arrastrando los pies me dirijo de vuelta al ascensor, pero antes de subirme a él el recepcionista me llama. No me giro. Me limito a mirarlo por encima del hombro. —Perdone que le moleste, señor. —Como vuelva a llamarme señor voy hasta allí y le clavo un boli en el ojo—. Pero debe abandonar la habitación en quince minutos. Genial. Asiento y me subo en el ascensor. Una vez dentro de la habitación cierro la puerta con el pie, que ni siquiera me había dado cuenta de que he dejado abierta, y me dejo caer en el suelo con la espalda apoyada en la cama y las piernas flexionadas. El móvil suena. Es la tercera vez que lo hace desde que le colgué a Marcos. Barajo la posibilidad de pasar el pulgar por la tecla de rechazar, pero después pienso en si fuese al revés y termino contestando la llamada. Sus gritos me llegan altos y claros, y eso que ni siquiera tengo el teléfono contra la oreja. —¡¿Pero se puede saber qué narices pasa contigo?! ¡Me está dando un puto infarto, Pedro! ¡Un infarto! ¡Y no tengo ni los treinta, joder! —Se ha marchado. —En cuanto pronuncio las palabras en voz alta siento que el nudo de anoche vuelve, pero esta vez no como una nuez, sino como bola de béisbol. —¿Te importaría traducirme? Llevo unos días de locos y da gracias de que me haya acordado de venir al aeropuerto

a la hora acordada. —¡El aeropuerto! ¡Eso es! Me levanto de un brinco y me lanzo a recoger mis cosas. Es entonces cuando reparo en que no llevo los zapatos puestos. —Madre mía, he bajado descalzo a la recepción. Entre eso, mi aspecto desaliñado y mi cara de pánfilo, normal que el chaval me haya mirado como si tuviese dos cabezas. —¡¡Por Dios, Pedro, ¡¡estate quieto!! —El grito de Marcos me paraliza—. ¿Quieres hacer el puto favor de estarte quieto un momento y de no hablar en clave, que no te sigo? Tiene razón. Claro que tiene razón. Cojo aire, respiro hondo y me siento. Esta vez en la cama. —Daniela. Se ha marchado. Cuando me despertado no estaba en la habitación, Marcos. Se ha ido sin despedirse. La he buscado hasta en la recepción, pero allí no estaba. Aunque me ha dejado una carta, ¿sabes? La iba a leer antes de cogerte el teléfono, pero has dicho la palabra «aeropuerto» y he pensado: «claro, el aeropuerto». Así que aquí estoy, vistiéndome para ir hasta allá. Su avión sale a las once y tengo que darme mucha prisa. Espero que haya taxis en la puerta. —Pedro… —Así que te dejo, ¿vale? Nos vemos dentro de unas horas. Yo ya estaré allí cuando aterrices. —Pedro, cállate, coño. —¿Tú sabes la de palabrotas que has dicho en lo que llevamos de conversación? —¿Y tú sabes que no te has callado ni un momento como te he pedido que hagas? —De acuerdo, ya está. Me callo y te escucho. Pero solo tengo un minuto. ¿Qué pasa? Lo escucho coger aire y soltarlo poco a poco. —Que son las doce, Pedro. Las doce. El avión de Daniela ya ha salido.

La realidad me golpea. Siento como si me hubiesen tirado por encima un jarro de agua helada. Aparto el teléfono de mi oreja, desbloqueo la pantalla y los números comienzan a bailar frente a mis ojos hasta que se unen por fin y el doce se materializa. —Pedro. ¡Pedro! Vuelvo a sentarme en la cama —ni siquiera me acuerdo de haberme levantado de ella—, apoyo los codos en las rodillas y me sujeto la cabeza con la mano que tengo libre. —¿Puedes, por favor, dejar de hacer eso? —¿El qué? —Quedarte callado y provocarme infartos. Ya te he dicho que ni siquiera he cumplido los treinta y que tengo muchas cosas todavía por hacer. —Vale. Pero lo hago. Vuelvo a quedarme callado mientras dejo que mi mente viaje hasta ella, hasta la última vez que la vi; hasta anoche, dormida en esta misma cama, con la sonrisa y el cansancio de todos estos días reflejados en su rostro. Me llevo una mano al pecho y me lo froto, porque duele. Duele mucho. Siento como si alguien lo estuviese estrujando y no tuviera intención de soltarlo. Me siento engañado y estoy enfadado con ella por marcharse así, por ni siquiera decirme adiós y dejarme que yo se lo dijera a ella. Por no permitirme ver su sonrisa una última vez y terminar de grabármela a fuego en la mente. No era así como tenía pensado que esto terminara. —¿Estás ahí, tío? —La voz de Marcos me hace regresar al presente. —Sí. —Consigo articular, aunque la voz me sale demasiado ronca. —Genial. Ahora vamos a centrarnos y a hablar como personas adultas que somos, ¿de acuerdo? —Mmm. —Me lo tomaré como un sí.

Lo oigo moverse al otro lado de la línea. Escucho la megafonía del aeropuerto anunciando algo y, a los pocos segundos, una puerta cerrarse y silencio. —Me he encerrado en uno de los baños. Pero debemos terminar rápido. Mi vuelo sale en treinta minutos y no tengo muchas ganas de perderlo. Conozco a Marcos lo suficiente para saber que va a ponerse en plan psicólogo experimentado, así que repto hasta dejar la espalda apoyada contra el cabecero de la cama y las piernas estiradas para estar cómodo. —¿Se puede saber por qué estás así? Casi me río de su pregunta. —Ya te lo he dicho. Se ha marchado sin despedirse. ¿Te lo puedes creer? Ha cogido la puerta y se ha pirado. —¿Se puede saber por qué estás así? —vuelve a preguntar. Aparto el teléfono extrañado por si es que he perdido cobertura y no me ha escuchado, pero parece que todo está bien. —Te lo acabo de explicar. Porque se ha ido haciendo bomba de humo. Me he despertado y no estaba. Se ha ido sin despedirse. Sin decir adiós. —¿Se puede saber por qué estás así? —¿Esto es una puta broma? ¿Te estás quedando conmigo? Porque ya te digo yo que no tengo ganas de tus gracias ahora mismo. Lo escucho coger aire y soltarlo poco a poco. —No. Lo que quiero saber es por qué te pones así por algo que sabías de sobra cómo iba a terminar. Por algo que, como tú mismo me repetiste en contadas ocasiones, consistiría en un simple viaje sin sentimientos, sin compromisos y sin promesas que no se pudieran cumplir, ¿recuerdas? Algo que disfrutar aquí y ahora. «Quiero vivir el presente, Marcos. A disfrutarlo y, por una vez en mi vida, a no pensar en el mañana». —Sé lo que te dije, no hace falta que me lo repitas, y menos con esa voz de papagayo. El problema no es ese,

porque sigo pensando todas esas cosas. El problema es que se ha marchado sin ni siquiera decirme adiós, Marcos. ¿Tan poco he significado para ella? Una risa sarcástica y burlona me llega desde el otro lado. —Eres el listo del grupo, Pedro. —Y tú el gracioso, ¿no? —Guarda las garras y presta atención. No me puedo creer que sea yo el que tenga que explicarte las cosas a ti. ¿Me quieres decir que no te has parado ni un momento a pensar en que, a lo mejor, solo a lo mejor, lo ha hecho justamente por lo contrario? ¿Porque ha significado demasiado y despedirse de ti le dolería más de lo que estuviera dispuesta a admitir? Sus palabras caen como una bofetada directa en mi mejilla. —Por tu silencio diría que no. Que no te has parado a pensar en esa posibilidad. —Yo… es que… no sé… Dios, qué complicado es todo esto. —Eres tú el que lo está haciendo complicado. —¿Quieres dejar de sonar como un psicólogo? Madre mía, eres peor que un grano en el culo. —Ahora ya sabes cómo eres tú la mayor parte del tiempo, cuando vienes en plan filosófico a explicarnos las teorías de la vida. —Ese es Javi. Yo solo intento que seáis más organizados y penséis las cosas un poco antes de hacerlas. —Te pareces más a mi hermano de lo que te crees. Pregúntale a cualquiera. Sois los dos unos pesados de narices. Por primera vez desde que me he levantado me río. No es una gran carcajada, pero sí es lo suficientemente importante como para conseguir aliviar un poco la presión que tengo en el pecho. —Soy patético.

—No lo eres. O quizá sí. Pero es porque todos nos volvemos un poco así cuando nos enamoramos. «¿Enamoramos?». ¿Estoy enamorado de Daniela? Una secuencia de vídeos comienza a pasar por mi cabeza, como si se tratase de una película y alguien le hubiese dado al play; la primera vez que me giré y la vi, con sus mejillas sonrosadas y mirándome con esos ojos brillantes llenos de determinación y también de mucha vergüenza; de nuestros paseos hablando de todo y de nada, pues queríamos saberlo todo el uno del otro, pero sin entrar a profundizar en nada que pudiera revelar demasiado de nuestras vidas fuera de esa isla; de su cara iluminada al poner un pie en ese club y ver que se trataba de uno de jazz o de la felicidad que desprendía su cuerpo al patinar sobre hielo, así como de las carcajadas que intentaba ocultar cada vez que me caía —que no fueron pocas—. De nuestra locura de viaje. De sus besos. De su risa ante mis bromas o de cómo no paraba de cantar bajito prácticamente todas las canciones de su lista de reproducción. De sus ojos al mirarme cuando le regalé el colgante en Florencia o de su cuerpo abrazado al mío al caer la noche, después de recorrer y estudiar su cuerpo con mis manos o mi boca. De su vergüenza al despertarse por las mañanas y luchar por ir a asearse primero antes de robarle algún beso, así como de la rojez de sus mejillas cuando estaba a punto de correrse o cuando le decía algún piropo. De ella. De toda ELLA. En mayúsculas. Sí. Claro que me he enamorado de Daniela, pero es que cualquier otra opción es imposible contemplarla. No puedes conocerla y no caer rendido a sus pies, esa es una verdad como un templo. Tan verdad como que me estoy quedando calvo, aunque no quiera admitirlo en voz alta. La megafonía del aeropuerto vuelve a sonar. —Ese es mi vuelo —anuncia Marcos. Se escucha una cadena y una puerta abrirse. —¿Estabas meando mientras hablabas conmigo?

—Ya sabes que hay pocas cosas que los hombres podamos hacer a la vez, pero mear mientras hablamos por teléfono es una de ellas. —Qué guarro eres. Aunque no pueda verlo sé que se ha encogido de hombros y ha puesto los ojos en blanco. —Nos vemos en un rato. —Nos vemos en un rato. —Y lee la carta. Me juego lo que quieras a que ni siquiera la has abierto. —Quien pone ahora los ojos en blanco soy yo. Qué mierda conocerse tan bien. Colgamos el teléfono y hago lo que me dice. Rebusco entre las sábanas, pero no está. Gateo hasta asomarme por la parte de los pies y ahí, tirada en el suelo con mi nombre hacia arriba llamándome, está la despedida de Daniela. La abro con cuidado de no romperla demasiado, como si fuese un tesoro. Justo cuando saco el papel que hay dentro perfectamente doblado y las letras comienzan a formar palabras y frases frente a mis ojos, no puedo hacer otra cosa que no sea sonreír. La leo una vez. Y dos. Y tres. Me aprendo cada palabra y cierro los ojos recordando su voz e imaginando que me la está leyendo en voz alta. Incluso soy capaz de sentir un beso suyo en la mejilla o el sabor de sus labios en los míos. Recuerdos. Esos de los que tanto hablábamos ya han empezado. Como imaginábamos, no son feos. Son bonitos, tiernos y dulces. Son nuestros. Tan nuestros como nos hemos esforzado en crear todos y cada uno de los días que hemos pasado juntos. Miro la hora en el reloj del teléfono móvil y me doy cuenta de que ya es hora de moverme o al final llegaré tarde a coger el vuelo. Me pongo la chaqueta, agarro la maleta y, cuando estoy a punto de salir por la puerta, suelto el pomo y doy media vuelta volviendo a la cama. Saco la carta del bolsillo interior de la chaqueta, la leo una última vez y la dejo sobre la cama.

—Siempre serás mi recuerdo más bonito. Con un suave clic cierro la puerta y abandono ese hotel, esas calles, ese aeropuerto y esa ciudad. Horas más tarde, mientras sobrevolamos Italia con Marcos dormido en el asiento de al lado, pienso en el destino. En si fue él el culpable de que todo saliera mal hace ya quince días y me llevara hasta Daniela. En este momento no lo tengo claro porque no sé bien si creo o no en él. Pero dentro de unos años, cuando alguien me pregunte le responderé con un sí rotundo, porque el destino me devolverá la felicidad más absoluta. Me la devolverá a ella. Solo que no vendrá sola, vendrá con él.

Capítulo 26   Daniela   Hola, Pedro.   No te enfades, por favor. No es así como quería empezar esta carta. Tampoco es así como quería despedirme de ti, pero cuando me he despertado esta mañana y te he visto dormido a mi lado he tenido que hacerlo, porque si no, no sé si hubiese sido capaz de decirte adiós. Sentarme en el suelo de esta habitación contigo durmiendo a mi espalda no está siendo sencillo, pero sí necesario. Ambos sabíamos lo que era esto y cómo tenía que terminar. Imagino que te habrás enfadado al despertarte y no verme, pero sé que cuando termines de leer podrás entenderme. Podría decirte muchas cosas y todas serían bonitas, ya lo sabes. Pero, en realidad, solo debo decirte una: gracias. Gracias por regalarme esta locura, por decidir ser aventurero y por serlo conmigo. Pero, sobre todo, gracias por regalarme tantos recuerdos en tan poco tiempo. Nunca imaginé que en dos semanas se podían sentir tantas cosas, pero eso es porque no te conocía. Jamás podré arrepentirme de esto ni de haberlo vivido, y ni mucho menos de cómo decidimos hacerlo; locos, irresponsables, ilógicos, ingenuos, inconscientes… coge el adjetivo que quieras, me gustan todos, porque todos nos definen. Aunque yo me quedo con uno: vivos. Tengo que despedirme ya. Mi vuelo sale en apenas un rato y, además, no puedo arriesgarme a que te despiertes y me mires. Te dejaría la carta en la cama, pero tengo miedo de que no la veas y, aunque poco, algo te conozco y sé que me buscarás en todos los rincones de este hotel, por eso se

la voy a dar al recepcionista, porque así me aseguro de que te llega. Si alguna vez alguien me pregunta cómo fue nuestra historia le diré: un hola y un adiós. No me olvides, Pedro, yo nunca podré hacerlo. Siempre serás mi recuerdo más bonito.   Daniela

SEGUNDA PARTE EL PASO DE LOS AÑOS HASTA LA ACTUALIDAD  

Capítulo 27   Daniela   Septiembre 2011   —No puedo hacerlo, papá. No puedo. —Claro que puedes. Venga, cariño. —No voy a poder. Esto es una locura. Además, todavía es muy pronto, papá. Falta un mes. ¡Un mes! Seguro que algo va mal y… —Daniela, haz el favor de mirarme. —Mi padre me agarró por las mejillas con firmeza y me movió hasta que sus ojos impactaron con los míos—. No pasa absolutamente nada. Ya has oído a los médicos. Se ha adelantado un poco, pero es algo que pasa muy a menudo. ¿Qué te voy a contar yo que tú no sepas? —Estoy muerta de miedo. —Lo vas a hacer genial. —¿Lo crees de verdad? —Solo he estado seguro de tres cosas en mi vida: de que tu madre es el amor de mi vida, de que tú eres lo mejor que he hecho y de que no habrá una madre mejor que tú. Cerré los ojos y pensé en él, en ese chico de ojos marrones y en su sonrisa. No es que no lo hubiera hecho hasta ahora. Lo había hecho todos y cada uno de los días desde que volví a mi casa en Londres, pero ese día lo hacía con más intensidad que nunca. ¿Cómo no hacerlo? Estaba a punto de dar a luz a nuestro hijo. El ginecólogo me preguntó con la mirada si estaba preparada. La matrona me sonrió y se acomodó a mi lado para hacer presión en mi vientre y ayudar al niño a salir. Mi padre se sentó en una silla a mi lado y me agarró con fuerza

la mano. Por mis mejillas caían lágrimas, al igual que por las suyas. Volví a pensar en él y en la sonrisa traviesa que me había enamorado en esos quince días en Italia, y en que prometió regalarme un millar de recuerdos. Está claro que lo cumplió. Empujé con todas mis fuerzas. Cogí aire y volví a empujar. Al principio no quería apretar muy fuerte la mano de mi padre por temor a hacerle daño, pero al cabo de unos segundos ya solo me centraba en mí y en él, en poner todo de mi parte para que saliera bien. Un llanto como el de un gato acalló mis quejidos. Todo eran enfermeros de un lado a otro moviéndose, limpiando, hablando y no sé cuántas cosas más, pero yo solo podía escucharle a él, buscarlo a él. Hasta que lo vi. Hasta que la pediatra se acercó hasta mí con un bulto envuelto en una manta que se movía demasiado para ser tan pequeño. No creo que sea capaz de explicar lo que sentí cuando me lo pusieron en el pecho. —Lo que necesita es el calor de su madre —me susurró la matrona en el oído justo antes de romperme el camisón, quitarle a él la manta que lo envolvía, pegarlo a mi pecho y taparnos a ambos con una sábana. No tengo ni idea de lo que pasó después. Ni siquiera sé si mi padre llegó a desmayarse. Solo podía mirarlo a él. Besar su cabeza y acariciar su piel. Coger sus dedos y entrelazarlos con los míos. Sonreír como una tonta al darme cuenta de que tenía su mismo color de pelo y sus ojos de color marrón. Sé que el color de pelo o de los ojos de un bebé es muy cambiante. Que hoy puede ser negro y dentro de unos años rubio. O al revés. Pero yo lo supe. Supe que este niño se parecería más a él que a mí, y no me importó en absoluto. —¿Cómo se llama? —me preguntó el ginecólogo justo antes de abandonar el quirófano. Miré a mi padre, que me sonrió sentado en el suelo y tan blanco como la pared —por lo visto, sí que se había

mareado—. Asintió y me sonrió. —Pedro. Se llama Pedro, como su padre. En el ascensor camino a la habitación abrazaba a nuestro hijo, cerré los ojos y volví a pensar en él, justo en la última vez que lo vi tumbado en esa cama de Florencia con el poco pelo que tenía alborotado y más guapo que nunca. Pensé en la carta que le escribí, en si la habría llegado a leer, y pensé en qué estaría haciendo en ese momento mientras yo estaba en esa cama junto a nuestro pequeño, y me eché a llorar. Lloré por lo idiotas que habíamos sido, por creernos nuestras propias mentiras, por no ser valientes y por no habernos atrevido a escribir otro final para nosotros. Lloré por haber borrado las pocas fotos que tenía suyas en el móvil en un arrebato por olvidarlo, poco antes de enterarme de que estaba embarazada. En ese momento, el pequeño bulto que sostenía contra mi pecho se movió ronroneando. Me sequé las lágrimas y me concentré en él. Debía hacerlo. Ya no valían los reproches, ni los «y si», ni los lamentos. Solo valía él. Él conmigo. Él conmigo y con nuestros recuerdos. Esa noche, justo antes de quedarme dormida, también pensé en el destino y en si alguna vez nos volvería a juntar, en si le permitiría a mi hijo conocer a su padre.

Capítulo 28   Daniela   Diciembre 2012   Londres en Navidades es una auténtica pasada, y es que los londinenses nos tomamos muy en serio lo de las luces, por eso iluminamos nuestras calles en profundidad. A mí las que más me gustan son las que iluminan las calles de Caberny Street con su música en directo y todo el brillo que desprenden los millones de bombillas que hay colgadas. Pero en ese momento no teníamos intención de ir a ver ningún encendido. Cogimos el metro y nos dirigimos hasta Somerset House para disfrutar de la gran pista de patinaje. El año anterior no habíamos podido ir porque Pedro apenas tenía tres meses, pero ese no nos lo queríamos perder. Nada más llegar, mi padre y yo nos calzamos los patines y alquilamos un trineo en el que poder pasear al pequeño. Acompañados de la música navideña que se escuchaba a través de los altavoces disfrutamos los tres como auténticos niños y no paramos de reír ni un solo momento. Por la noche, después de ducharnos y meternos en la cama, tuve un recuerdo: el de otras navidades y otra pista de patinaje. Me levanté, fui hasta el cuarto de Pedro y con cuidado me acerqué hasta su cama, le aparté el flequillo de la frente y dejé un beso en ella, a la vez que una lágrima silenciosa rodaba por mi mejilla por la pena que sentía por estar viviendo todo esto yo sola.

Capítulo 29   Daniela   Septiembre 2014   —¡Cumpleaños feliz! ¡Cumpleaños feliz! ¡Te deseamos todos, cumpleaños feliz! Ese septiembre celebramos el tercer cumpleaños de Pedro rodeados de todos sus amigos y su familia. Sería el último cumpleaños que celebraríamos en Londres. Mi padre llevaba años queriendo volver a casa. No es que Londres no lo fuera, pues llevaba viviendo en ella más de veinte años, pero hacía tiempo que ya no eran suficientes. Echaba de menos su tierra, sus raíces y, por qué no decirlo, también a su gente. Él era demasiado educado para decírmelo, pero si un padre es capaz de leer a su hija con los ojos cerrados, a su hija le pasa exactamente lo mismo. Además, a fin de cuentas, Pedro también era español. Y nosotros no dejaríamos de visitar Londres con frecuencia, pues una parte de nuestro corazón se quedaría en esa ciudad para siempre. —Es igual que él. Eres consciente, ¿verdad? Dejé de recoger la mesa y levanté la cabeza para mirar a mi hijo. Llevaba chocolate hasta en las pestañas y reía a carcajadas por algo que su abuelo le acababa de contar. Mire a mi amiga Tessa, esa chica alocada que me animó a hacer ese viaje que cambió radicalmente mi vida —Todos y cada uno de los días en los que abro los ojos y lo miro. No me equivoqué. En cuanto tuve a Pedro por primera vez en brazos y le vi ese color de pelo y esos ojos marrones, lo supe. Supe que sería exactamente igual a su padre, y no me había equivocado.

Capítulo 30   Daniela   Marzo 2016   —¡Quiedo saber quién es mi padre, mamá! —El portazo retumbó en toda la casa, y eso que era lo suficientemente grande como para enfadarnos y no tener que vernos durante días. Un nudo se me instaló en el pecho y creo que no desapareció hasta una semana después. Era algo que siempre me pasaba cuando Pedro me preguntaba por su padre. Yo nunca le había mentido. Era algo que me prometí no hacer desde el primer instante en el que fui consciente de que iba a ser madre. Pero, claro, una cosa era no mentirle y otra muy distinta contarle la verdad a un niño de cuatro años y medio y que la entendiera. Recuerdo ese día como si hubiese ocurrido ayer mismo. Acababa de recoger a Pedro en el colegio e íbamos montados en el coche camino a casa. Había tenido que hacer turno doble en el hospital y estaba hecha polvo. Adoraba ser matrona y ayudar a traer niños al mundo, pero era agotador. La cuestión es que lo había recogido del colegio porque empezaban las vacaciones de Fallas y no tenían clase. Yo tenía ganas de pasar unos días con él; encender la chimenea, comer palomitas y ver películas Disney sin parar. Además de comer churros con chocolate, claro, que ambos habíamos descubierto que eran nuestra debilidad. Esos hubieran sido también sus planes si en el colegio no les hubieran hecho hacer un regalo por el día del padre que se celebraba el diecinueve de marzo.

Cuando matriculé a Pedro en ese colegio les expliqué nuestra situación. Dejé bien claro que mi hijo no tenía padre porque no quería pasar por esa situación. Supongo que ese año pasaron olímpicamente de mí, porque mi hijo salió con un cuadro hecho a mano con sus huellas en las que ponía: «mi papá y yo». Solo que la parte de papá estaba en blanco. Las ganas de aparcar el coche y echarme a llorar cuando paramos en un semáforo, me lo enseñó y me preguntó que por qué él no tenía un papá que pudiera poner ahí sus huellas con él, no podría ni describirlas. Creo que si hubiera podido habría vuelto al colegio y le habría arrancado la cabeza a su profesora. Ni siquiera sé cómo pude llegar a casa con el temblor de manos que llevaba. —Sí tienes papá. Se llama Pedro, ¿recuerdas? Como tú. — le dije sentándolo en la encimera de la cocina y situándome entre sus piernecitas abiertas. —¿Y dóde está? Esa era una buena pregunta. ¿Dónde estaría? No tenía ni idea. Solo sabía que vivía en el mismo país que yo, que era profesor de gimnasia y que era entrenador de baloncesto. Me llevé una mano al pecho e intenté aliviar la presión. Fue inútil. —No lo sé, cielo. —¿No quieres que lo conozca? —Claro que quiero. —Entonces, ¿poqué no me llevas hasta él? —No es que no quiera, es que no puedo. Si entenderlo yo ya era difícil, hacérselo entender a un niño de cuatro años y medio era misión imposible. Así estuvimos un rato más; él haciendo preguntas y yo intentando responderlas. Pero estaba claro que ninguna era la respuesta correcta. Hasta que se bajó de un salto de la encima, me soltó esa frase y se encerró en su habitación. Me dejé caer en uno de los taburetes de la cocina, enterré la cara entre mis manos y lloré. Lloré por mí, por mi hijo y

también lloré por Pedro. Lloré por sentirme tan sola en muchos momentos y también muy asustada. Lloré por sentirme culpable, por sentir que lo estaba engañando. Que los estaba engañando a los dos. Lloré hasta quedarme sin lágrimas. Cuando mi padre llegó a casa dejé que se encargara de nosotros. Consentí que volviera a convertirse en esa figura que no le correspondía además de la de abuelo; padre. Se sentó como Pedro en la mesa de la cocina, se pintó las manos de blanco y las colocó junto a las de su nieto. Me permití hacer algo que llevaba algún tiempo sin hacer; recordarlo. No es que me hubiera olvidado de él. Jamás lo haría. Tampoco es que pudiera, pues había quedado patente que padre e hijo eran como dos gotas de agua. Lo que hice fue recordarlo solo a él. A todo lo que nos permitimos vivir esos pocos días. Gracias a esos recuerdos sonreí por primera vez en lo que llevaba de tarde. También me pregunté dónde estaría y qué estaría haciendo justo en ese momento. Ojalá alguien me hubiese dicho lo cerca que estábamos. Ojalá alguien me hubiese dicho que nos habíamos cruzado un par de veces en el poco tiempo que llevábamos viviendo en la misma ciudad. Pero, sobre todo, ojalá alguien me hubiese dicho ese seis de enero de dos mil once que estaba haciendo la mayor estupidez de mi vida al abandonar ese hotel sin haberle dejado mi número de teléfono o haberme apuntado yo el suyo. Ojalá alguien me hubiese hecho entender que no siempre se pierde cuando uno se arriesga, al contrario, la mayoría de las veces se gana. Y nosotros hubiésemos ganado ese día.

Capítulo 31   Daniela   Agosto 2017   Hacía tiempo que mi padre no estaba tan nervioso como lo estaba esa mañana. No pude contar las veces que entró en casa, salió al jardín y volvió a entrar. Le pregunté un par de veces si necesitaba ayuda con algo. —Como una valeriana, por ejemplo —le dije. Quien no lo conociera se habría acojonado ante la mirada del gran Gonzalo Medina. Yo no, por supuesto. Yo me oculté tras el libro que estaba leyendo tumbada en la hamaca de la piscina para que no me viera sonreír mientras Pedro se daba un chapuzón. Lo entendía. Íbamos a conocer a la señora con la que salía y a sus dos hijos y estaba atacado de los nervios, por mucho que él se empeñase en negarlo. No es que mi padre hubiese abrazado el celibato todos estos años, pero sí era la primera mujer que le provocaba la sonrisa de idiota en la cara, la tartamudez y que se sonrojara cuando hablaba de ella. ¿Se podía volver a la edad del pavo con sesenta años? El timbre sonó y las chuletas de cordero que llevaba en la mano no salieron volando de puro milagro. Aguantándome la risa dejé el libro a un lado, me puse en pie y me acerqué hasta él. Le quité la bandeja de las manos, la dejé junto a la barbacoa y lo abracé. —Todo va a salir bien. Solo tienes que acordarte de respirar. —Qué graciosa se ha levantado hoy mi hija. Le di un beso en la mejilla, le arreglé el pelo y fingí colocarle bien la pajarita que no llevaba. Me dio un manotazo en la mano y dio un paso atrás sonriendo y

negando con la cabeza. Justo antes de entrar en la casa se giró y me miró. —Gracias. —¿Por qué, papá? —Por ser lo mejor que he hecho en mi vida. Me guiñó un ojo y se perdió dentro. Quise gritarle que si alguien tenía que dar las gracias era yo. Y por tantas cosas que necesitaría varios años para poder decirlas todas. Pero él ya lo sabía. Lo que hice fue ir hasta mi hijo y asearlo un poco. Yo también estaba nerviosa. ¡Iba a conocer a la novia de papá! ¿Y si no le gustaba? ¿Y si era una cazafortunas? Aunque sabía que eso era imposible. Papá tenía muy buen ojo para la gente. Aun así, yo era la hija. Era mi deber preocuparme. Por lo que sabía, esa mujer, Carmen, tenía dos hijos. Un chico más mayor que yo y una chica de mi edad. Esperaba de corazón que nos lleváramos bien. Un murmullo de voces llegó hasta nosotros. Me apresuré en ponerme el vestido y en colocarle a Pedro una camiseta. —¡Daniela! —me llamó mi padre. Había llegado el momento. Pedro me agarró tan fuerte la mano que temí que me la arrancara. Se escondió tras mi pierna y no nos caímos a la piscina de milagro. Al llegar hasta ellos me situé junto a mi padre y sonreí. —Daniela, cielo, te presento a Carmen y a sus hijos, Eva y Pedro. Siendo matrona te preguntan muchas cosas, pues trabajas en sanidad y es como si lo supieras todo. La gente mayor por lo que más pregunta es por la muerte. Muy macabro todo, pero es cierto. La cuestión es que una vez una mujer me preguntó que qué se sentía cuando se te paraba el corazón. En ese momento le regalé mi mejor sonrisa y continué trabajando. Si hoy me la encontrara podría contestarle a su pregunta sin problemas. Le diría que los oídos se te taponan, que la garganta se te cierra, la

cabeza se te bloquea y que sientes el corazón cómo ralentiza hasta hacer clic y pararse. No me fijé ni en Carmen ni en su hija. Podrían haber tenido cabeza de elefante que me habría dado igual. Yo solo podía verlo a él. En un momento dado, no sé ni cuándo ni cómo, se acercó hasta mí, me cogió en volandas y dio vueltas conmigo. Estuve a punto de pedirle que parara porque iba a vomitar. —¿Eres tú? ¿De verdad? —me preguntó. Quería asentir. Bueno, en realidad, lo que quería era tocarle la cara y preguntarle si era real. Si lo tenía justo delante de mí. Pero no lo hice. Porque el labio comenzó a temblarme y supe que me iba a poner a llorar—. Ella, ¿por qué lloras? «Ella». Ya nadie me llamaba así, solo mi padre. Les pedí a todos que no lo hicieran cuando volví de ese viaje, pues me dolía demasiado porque me recordaba mucho a él, y ya tenía bastante con el niño que crecía en mi interior. Pero volver a escuchar ese apelativo… y escuchárselo a él…, fue demasiado. Mi hijo me llamó. Se asustó. Normal. Evitaba llorar delante de él. Pedro se agachó hasta quedar a su altura y mantener una conversación los dos juntos. El corazón volvió a parárseme. Recuerdo que miré a mi padre. No sé si fue el pánico que vio en mis ojos o que era demasiado claro lo que pasaba, y es que se parecían demasiado como para no darse cuenta. Miré a la que supuse que era Carmen y a su hija. Fue solo un segundo. La primera sí lo entendió todo, a la segunda le costaría aún un poquito. Noté un tirón en la mano; mi hijo me miraba como pidiéndome permiso para algo. Asentí, creo. No lo recuerdo bien. Pero sonrió, por lo que debí acertar. —Perfecto. Yo me llamo Pedro. Encantado. —¡Hala! ¡Qué guay! Yo también me llamo Pedro. —¡No me digas! Choca esos cinco. Es un nombre muy chulo. A mí me encanta.

—A mí también. Es el mejor nombre del mundo mundial. Eso dice siempre mi mamá. ¿Sabes por qué? Mi mamá dice que me llamo así por mi papá. ¿A que sí? Mi hijo me volvió a preguntar algo, pero yo solo podía contar; uno, dos, tres… Pedro se puso en pie, me miró a los ojos y entendí que lo sabía. —¿Cuántos años has dicho que tiene? Joder. A partir de ahí todo sucedió a cámara rápida para el resto. Yo me quedé de pie en el mismo sitio quieta como una estatua. Mi hijo se agarró aún más fuerte a mi pierna. Pedro daba vueltas, me miraba, miraba al niño y vuelta a empezar. Mi padre se acercó. Me habló, le habló a él y, al final, cogió al niño y se lo llevó dentro a que jugara un rato en su cuarto. La hermana de Pedro y su madre se acercaron a él. Eva me abrazó y me susurró algo. Creo que fue: «todo irá bien». Pero tampoco estoy muy segura. PUM. Ese fue el portazo que dio Pedro al salir de casa. PAM. Ese fue el sonido que hicieron mis rodillas al impactar contra el suelo. CRAC. Así es como suena un corazón roto.  

Capítulo 32   Dicen que la realidad siempre supera a la ficción. Eso es en lo único que puedo pensar mientras salgo de casa del nuevo novio de mi madre. Del padre de Ella. Del abuelo de mi hijo. Me da la risa histérica y no puedo parar. Es como si alguien le hubiese dado a un interruptor y se hubiera olvidado de apagarlo al salir. Conduzco durante una hora sin rumbo fijo. Simplemente, me dejo llevar por la carretera y cuando creo oportuno giro a la derecha o a la izquierda. Pero tengo que parar. Lo necesito. Necesito dejar de conducir, soltar el volante y conseguir desentumecer mis nudillos que los tengo blancos de tanto apretar. No tardo ni dos segundos en saber a dónde quiero ir, y es que solo hay un lugar que consigue calmarme. Llego hasta esa pequeña cala escondida tras una montaña y estaciono. Como siempre, no hay prácticamente nadie, por eso me encanta este lugar. Además de que tiene las aguas más cristalinas del mundo, es tranquilo y único. No puedo evitar sonreír al recordar el día en el que mi padre me la enseñó. La encontró mientras iba de ruta con la moto. Se enamoró de ella y pensó que sería el lugar ideal en el que tener momentos padre e hijo para hablar de nuestras cosas o, simplemente, para sentarnos y ver el mar mientras el silencio y la tranquilidad nos rodeaba. Un pequeño pinchazo me sacude la tripa al pensar en si ahora me toca a mí enseñársela a mi hijo. ¿Mi hijo? No sé si llorar o reír. Todo me parece irreal. No hace falta que me gire para saber que Marcos está viniendo hacia las rocas en las que estoy sentado. Se sienta y no dice nada. Se limita a mirar al frente y deja que sea yo quien hable. —Tengo un hijo.

—Eso me han dicho. Me rompo. No lo puedo evitar. Con las rodillas flexionadas y la frente apoyadas en ellas lloro como hacía tiempo que no hacía. Creo que no lloraba así desde la muerte de mi padre. Me cuesta respirar y los hipidos se suceden unos tras otros. Siento el brazo de mi mejor amigo sobre mis hombros. Me gustaría girarme y darle las gracias, pero es imposible. Los segundos se convierten en minutos, hasta que consigo levantar la cabeza y mirarlo. —Mierda, Marcos. Tengo un hijo. ¡Un hijo! ¿Qué coño hago yo ahora? —Conocerlo. —Casi me entra la risa al escuchar su respuesta. Casi. Se me había olvidado lo práctico que resulta este hombre cuando quiere—. Como dices, es tu hijo y, por lo que me han contado, se parece bastante a ti. Te has perdido cinco años de su vida y es una putada. Pero todavía tienes muchas cosas que enseñarle. Y él a ti. Céntrate en eso. —Ya lo sé. De verdad. Pero… ¡joder! Son cinco años. Unos años que no voy a recuperar y me duele muchísimo, no puedo evitarlo. No sé cómo gestionarlo. Se me escapa de las manos. —Lo entiendo, pero esos años no están escondidos en esta playa, y marchándote como lo has hecho sabes que tampoco solucionas nada. Un escalofrío me recorre entero al pensar en mi madre y mi hermana. Si yo he flipado no quiero ni imaginar en cómo lo habrán hecho ellas. Sobre todo, la primera, al enterarse así de pronto de que tiene un nieto. Pero ahora no puedo pensar en ellas. Lo siento mucho pero no puedo. Más aún cuando Marcos me tranquiliza asegurándome que no están enfadadas, solo preocupadas. Volvemos a nuestra posición inicial y me permito perderme en los recuerdos. Esos a los que he estado recurriendo mucho todo este tiempo. Más los primeros años que los últimos, eso es cierto. Viajo hasta Italia con sus

calles, su olor, su comida, sus ciudades o sus hoteles. Pero sobre todo viajo hasta Daniela, hasta nuestros momentos y nuestras risas. En lo bien que sabían sus besos y en lo bien que se estaba entre sus brazos. Viajo hasta nosotros y no puedo evitar sentir rabia; por ella. Por mí. —Así que Ella, ¿eh? —me pregunta Marcos tras un rato de silencio. —No debería, pero estoy muy enfadado con ella. Cuando la he reconocido te juro que he pensado que había hecho algo muy bueno porque me la habían vuelto a traer a mi vida. Pero cuando Pedro me ha dicho que se llamaba así por su padre, he recordado su edad y he visto la cara de Daniela…, mi mundo se ha venido abajo. Me lo cuentan y no me lo creo. Parece una película mala de sobremesa. Pero no, es mi vida, y no sé qué hacer con ella. —No puedo decir que entiendo por lo que estás pasando porque no sería cierto. Pero sí puedo decirte que te conozco. Eres mi hermano. Y si algo te caracteriza es que jamás hay odio en ti. Estás abrumado y confundido y es entendible, cualquiera lo estaría. Pedro, todo el que te conoce sabe que siempre has querido ser padre. Puede que no de esta manera, pero lo eres. Por un lado, tienes un niño que debe de ser increíble y que está esperando conocerte, y, por otro, tienes demasiado amor como para guardarlo solo para ti. —Debo de parecerle un loco. Estaba ahí tan contento hablando conmigo y, al rato, me he ido de esa manera que… uff. —Es un niño. Juegas con esa ventaja. Sabrás ganártelo. Me giro y lo miro a los ojos. —Estoy aterrado, Marcos —le confieso. Porque es la pura verdad. Estoy muerto de miedo—. No sé cómo enfrentarme a él. Estoy acostumbrado a trabajar con niños, pero… él es distinto, con él es diferente. No quiero cagarla. No quiero decepcionarlo. —No podrías.

Cuánta fe tiene este chico en mí. Me pregunta por ella, por cómo está, y ahora sí que no puedo evitar sonreír. ¿Cómo va a estar? Preciosa. Porque no hay otra manera de describirla. Lo odio un poco cuando me dice que debo hablar con ella, porque sé que tiene razón. Miro al cielo y me doy cuenta de que ha dejado de ser azul para ser naranja. Eso significa que llevamos demasiado tiempo sentados en esta playa y es hora de irnos. Pero antes de levantarme le pido ayuda a mi padre, algo que siempre hago cuando me siento perdido. Dejo que mi amigo me arrastre hasta el coche. Justo antes de subir en el mío lo llamo: —Gracias. Por ser y estar. Siempre. —Anda, vamos a que me presentes a ese pequeñín. Cuando ya tengo medio cuerpo dentro una última frase suya me golpea en el pecho. —¿Sabes qué? Me parece un detalle muy bonito de Daniela que lo llamara como tú. Siempre te tuvo presente y quiso que formaras parte de su vida. Podrías tener eso en cuenta cuando hables con ella. Lo dicho. Odio cuando tiene razón.

Capítulo 33   Daniela   Todo lo que pasó después de la marcha de Pedro de casa de mi padre está un poco difuso. Recuerdo estar de rodillas en el suelo llorando y, minutos después, alzar la vista y ver que estaba sentada en una silla con una tila en las manos y una manta de verano sobre los hombros. Sigo sin saber cómo llegué hasta allí. Tampoco tenía ni idea de dónde se encontraba mi hijo. Recordaba que mientras Pedro daba vueltas a nuestro alrededor, confuso, mi padre lo había cogido y se lo había llevado dentro. Nada más. Pero conocía lo suficiente a mi pequeño como para saber que debía de estar muy asustado. Nunca me había visto así. Pero yo no podía moverme porque mis piernas no me respondían. Me había convertido en una estatua que solo sabía llorar, sollozar y llorar más fuerte, mientras me preguntaba en mi cabeza si lo que estaba sucediendo era verdad o producto de mi imaginación. Cuando la tarde nos dio la bienvenida y empecé a sentir frío, a pesar del calor que estaba haciendo en pleno mes de agosto, luché con todas mis fuerzas y obligué a mi cuerpo a moverse. Tenía que hacer algo. Cualquier cosa. No había nadie en el jardín. Por un momento temí que todos se hubiesen marchado y me hubiesen dejado sola en esa casa. Lo habría entendido, de verdad que sí, pero no podía estar sola. No quería. Necesitaba a mi padre. Me adentré en la casa dubitativa y con un poco de miedo. No había escuchado a Pedro llegar, pero tampoco me fiaba mucho de mí misma; había estado tan ensimismada en ese jardín que, a lo mejor, podría haber llegado y no me habría dado ni cuenta.

Pero no había nadie en la cocina y tampoco en el salón. Escuché una risa infantil y decidí ir a su encuentro. Lo que me encontré al llegar al cuarto de Pedro… Todavía me entran ganas de llorar al recordarlo. Mi hijo estaba en el centro del dormitorio rodeado de juguetes. Era como si hubiese decidido tirar todas las cajas al suelo y hacer un fuerte. Sonreía y tenía la boca llena de lo que parecía una mezcla de papas, cheetos y vete tú a saber qué más. Pero no estaba solo; a un lado tenía a Carmen, la madre de Pedro, y al otro a Eva, su hermana. Ellas también iban manchadas y no parecía importarles, pues los tres reían a carcajadas. Una mano me tocó el hombro y tuve que llevarme la mano al pecho del susto que me dio. En cuanto vi la cara de mi padre me tiré a su cuello y enterré la cara en él. Me recibió con los brazos abiertos y me sentí segura y protegida. —Todo saldrá bien, pequeña. —Me repetía sin cesar mientras me acariciaba la espalda. Yo quería creerle, de verdad que sí. Pero lo veía todo tan negro en esos momentos que me era bastante difícil. Una mano más pequeña y delicada se posó sobre mi mejilla. Me aparté y, a través de las lágrimas, pude ver que se trataba de Carmen. No me lo pensé, fue como un impulso; hice a un lado a mi padre y me refugié en los brazos que tenía abiertos para mí. Aunque era menuda apretaba con fuerza y olía francamente bien; me recordaba a su hijo. Sin despegarme de su pecho consiguió llevarme hasta el salón y sentarme en el sofá. También logró hacerme comer unas tostadas de jamón y que me bebiese un zumo. Gracias a Dios lo acompañó todo con un ibuprofeno. No tuve que decirle que sentía que mi cabeza estaba a punto de estallar, supongo que mi cara hablaba por sí sola. —Creo que no nos han presentado. Mi nombre es Carmen y me alegro muchísimo de conocerte.

No pude evitar reír ante lo absurdo de la situación porque tenía razón; ni siquiera habíamos llegado a saludarnos. —Yo, solo quería… —Shhh, no digas nada, cielo. Ya hablaremos. Ahora, a comer. Otra persona apareció en ese momento en el comedor; Eva. No pude evitar fijarme bien en ella. Era delgada, rubia y tenía una sonrisa que invitaba a querer ser su amiga. Volví a mis días en Italia y a cuando Pedro me hablaba de ella. —Todo el mundo que conoce a Eva le cae bien. Da un poco de asco —me había revelado una noche después de hacer el amor y quedarnos abrazados hablando de todo y de nada. Ahí me di cuenta de cuánto la adora. Y en ese momento, teniéndola en frente, entendí lo que me dijo. Se acercó hasta donde estábamos sentadas y me cogió de la mano que tenía libre. —Y yo soy Eva. Encantada de conocerte. Y bienvenida a la familia. Las tres estallamos en sonoras carcajadas. Carmen hizo a un lado a su hija para sentarse a mi lado y así es como, ante sus mudas peticiones, les expliqué quién era yo y cómo había conocido a Pedro. Cuando iba a contar lo de mi embarazo unos pasos acelerados llegaron hasta nosotros, interrumpiéndonos. Tres fueron los segundos que pasaron desde que vi a mi hijo corriendo hasta que se tiró encima de mí. Lo abracé tan fuerte que temí hacerle daño. Cuando por fin lo solté un poco para poder mirarlo a la cara mi corazón se hinchó al ver que sonreía como solo él sabía hacer. Me dio un beso en la punta de la nariz y otro en la frente. —¿Estás triste, mamá? —No. Me miró achinando los ojos y estudiándome con atención. —¿Seguro? Me callé. Me conocía demasiado bien. Aunque no pude evitar echarme a reír y estrecharlo fuerte contra mí

aspirando con fuerza para empaparme de su olor. —Oye, campeón. ¿Qué te parece si le leemos a mamá el cuento que nos hemos inventado antes? Pedro miró a Eva, después a mí, y luego otra vez a ella asintiendo con energía. —Sí, mamá. ¡Es zúper chulo! —Ya se le había caído algún diente y se le escapaba el aire entre los agujeros, lo que me hacía mucha gracia. Aunque intentaba no hacer ningún comentario al respecto porque le daba vergüenza. Eva me comentó que era profesora de guardería y que estaba acostumbrada a inventarse mil historias para entretener a los más pequeños. Comenzó una historia de números, duendes y caballeros. Pedro se acurrucó en mis brazos en posición fetal para escucharla con atención. Al cabo de unos minutos, nos dimos cuenta de que se había quedado completamente dormido. Eva se levantó a por una pequeña mantita que había en una esquina del salón para taparnos los días de verano, cuando escuchamos el ruido de unos coches fuera. Ambas miramos hacia la puerta. El corazón comenzó a latirme de nuevo de forma tan descontrolada que temía que se me fuera a salir del pecho. La hermana de Pedro debió de escucharlo, porque se acercó hasta mí, posó su mano sobre la mía y me sonrió. —Todo va a salir bien. —Esperaba que tuviera razón. El timbre sonó y los dedos de los pies se me encogieron de los nervios. Eva y su madre salieron a la calle precedidas por mi padre. A mí las palmas de las manos me sudaban y solo podía abrazar a mi hijo como si de un salvavidas se tratara. Escuché voces, murmullos, hasta que estos cesaron y apareció Pedro en el umbral de la puerta. Se le veía cansado y con los ojos enrojecidos y tristes. Miré por encima de su hombro y pude reconocer a ese chico alto y guapo que lo acompañó a Cerdeña, Marcos. Le sonreí y él me devolvió el saludo con un asentimiento de cabeza. Pedro se acercó a

nosotros, titubeante. No tenía ni idea de qué haría a continuación, y yo tenía tanto miedo que decidí mantener la boca cerrada y esperar. Me miró un segundo a los ojos, después al pequeño bulto que sostenía entre los brazos, y luego de nuevo a mí. Se acercó hasta que noté sus labios rozándome la frente. Cerré los ojos por instinto y para intentar contener las lágrimas que de nuevo luchaban por salir. Murmuró algo, pero no entendí bien el qué. Se apartó, miró al niño y susurró: —¿Puedo cogerlo en brazos? La vulnerabilidad que había en su voz cuando lo preguntó me rompió en mil pedazos. Más de lo que ya estaba. Asentí, ambos sonreímos y nos perdimos en el interior de la casa. Yo delante y él detrás de mí con nuestro hijo entre los brazos. Ojalá alguien hubiese estado atento para inmortalizar ese momento, porque es de los más bonitos de mi vida.

Capítulo 34   —¡¡Si hubieras querido habrías podido!! —¡Te recuerdo que no tenía tu número de teléfono! ¡¡Ni siquiera sabía tu apellido, por Dios!! De hecho, solo sabía que vivías en España. ¿Qué pretendías, que fuera universidad por universidad preguntando por ti? —Sí… ¡No! No lo sé, Daniela. No tengo ni idea. Pero hubiera estado bien que me avisaras de que era padre. —También hubiera estado bien para mí tenerte a mi lado, Pedro. A nuestro lado. ¿Te lo has planteado siquiera? —¿Y las fotos? Nos hicimos fotos en ese viaje. —Las borré unos días después de llegar a Londres. Antes de saber que estaba embarazada. Me dolía demasiado verte. —Qué casualidad… —¿Qué has querido decir con eso? —No he querido decir nada, solo… ¿Y tus amigas? ¿Qué me dices sobre ellas? —¿Mis amigas? ¿Qué amigas? —Pues las que se fueron contigo a Italia. No me digas que no tenían el teléfono de Marcos, porque no me lo creo. Una risa sarcástica brota de sus labios. —¿Tú te estás oyendo? Porque creo que no. —No me has contestado. —¡Porque me parece absurda la pregunta! ¿Ellas debían de tener el teléfono de Marcos, pero tú y yo no debíamos tener los nuestros, más aún después de habernos ido los dos solos de viaje? Tessa y Marcos se acostaron. Sí, muy bien. Tú y yo vivimos una historia. Sé coherente, por favor, y piensa bien lo que vas a decir antes de hacerlo. Tiene razón. Sé que todo lo que dice es cierto y, si lo pienso, no tiene sentido nada de lo que sale de mis labios,

pero siento como si tuviera que agarrarme a algo por muy egoísta que eso sea. Me paso una mano por la frente que está perlada de sudor y suspiro. Tengo la garganta tan seca que me duele al tragar. Salgo del comedor y voy a la cocina a por un vaso de agua. Aunque no me ha dicho nada le preparo otro a Ella. O Daniela. No tengo ni puñetera idea de cómo quiere que la llame ahora. Regreso al salón y me la encuentro en la misma posición; con las piernas cruzadas, los codos apoyados en las rodillas y la cabeza enterrada entre las manos. Dejo el vaso en la mesita frente a ella y vuelvo a apoyarme en la pared de enfrente, con las piernas cruzadas por delante del cuerpo y los brazos cruzados sobre el pecho. No hace falta que mire sus ojos para saber que hay dolor en ellos. Un dolor provocado por mis palabras porque sé que estoy siendo injusto con ella, pero no lo puedo evitar. Me duele el pecho, la cabeza y cada fibra de mi cuerpo por ser así y por estar tratándola de este modo, pero el ser humano es irracional cuando está cabreado, y yo estoy muy enfadado con Daniela por haberme robado estos años de mi vida con Pedro. Llevábamos casi una hora gritándonos y paseándonos de punta a punta de la habitación. Primero uno y después el otro. Lo peor es que parece que ninguno de los dos tiene intención de que eso cambie. Ha pasado casi un mes desde la «sorpresa» y, en vez de llevarlo cada vez mejor, lo llevo cada vez muchísimo peor. Tras mi huida a la playa y regresar a casa de Gonzalo, habíamos acostado al niño en su cama y nos habíamos encerrado en la habitación de Daniela. Ella se sentó en la cama y yo en el suelo apoyado contra la puerta. Ambos sabíamos que teníamos que hablar, pero era como si ninguno supiera cómo o por dónde empezar. Así que, tras más de una hora mirándonos a hurtadillas, Daniela se había

levantado, había ido hasta la estantería y había cogido una especie de libro que me tendió. Era un álbum de fotos de Pedro. A pesar de las nuevas tecnologías parecía que Ella era de la vieja escuela y se había dedicado a recopilar fotos del pequeño. Desde el embarazo hasta la actualidad. La vi a ella enseñando una incipiente tripa feliz y contenta, sentada en un sofá. La vi muy gorda comiendo una tarrina de helado mientras usaba su abultado vientre como mesa, y también la vi con las maletas en la mano, nerviosa. Supongo que lista para ir al hospital. Había una foto preciosa de ella llorando tumbada en una camilla y con un bulto de pelo negro sobre el pecho. Luego empezaron a aparecer fotos de ese bulto haciéndose cada vez más y más mayor; una foto sonriendo con un solo diente, en un columpio, dentro de la bañera o soplando su primera vela de cumpleaños. Eran fotos de él solo, pero otras muchas con ella, los dos abrazados, haciendo muecas o gritándole a la cámara con la boca abierta. No recuerdo con cuál de todas ellas fue, pero, cuando quise darme cuenta, una lágrima caía sobre el álbum, mojándolo. Comencé a llorar como no había llorado en mi vida, ni siquiera cuando tuve que decirle adiós a mi padre o esa misma tarde con Marcos en la playa. Me dolía tanto el pecho que tuve que apretarlo con fuerza y dejar el álbum a un lado porque era imposible ver más fotografías. En ese momento, Daniela vino hasta mí, me rodeó con sus brazos y lloramos juntos. Ni mi madre ni yo nos habíamos ido esa noche a nuestras casas. Ella porque no quería dejarme solo y yo porque me veía incapaz de coger el coche. También hice algo que no hacía desde que era un chiquillo; dormir abrazado a mi madre en una habitación que nos dejaron para pasar la noche. Al día siguiente me había dedicado al pequeño. Pasé el día entero con él jugando, comiendo, bañándonos en la piscina y riendo. Siempre bajo la atenta mirada de su

madre, que nos observaba a cierta distancia e involucrándose lo mínimo posible. Ella me había pedido que no le dijera todavía quién era yo y a mí me pareció bien, aunque también era cierto que me moría por gritarlo a los cuatro vientos. Pero tenía que pensar en él. Daniela lo hacía y yo debía aprender a hacerlo. No nos quedamos ella y yo solos en ningún momento. Por un lado, porque no pudimos, pues Pedro siempre andaba a nuestro alrededor. Pero también porque no podía ni quería. Las fotos que había visto la noche anterior se sucedían una tras otra sin parar, así como la rabia y el coraje por yo no estar en ninguna. Por perderme todas esas cosas, por no estar presente y por no poder disfrutarlas. Volqué toda esa rabia sobre Daniela. Sentía como si por su culpa me hubiese perdido todo eso. Un pequeño ángel me susurraba al oído sin cesar las palabras que Ella y yo nos habíamos dicho en ese viaje; las no promesas, los no compromisos, ese «amor de verano en Navidades» … Pero el enfado terminaba ganando la batalla y acabé marchándome de casa por la tarde sin ni siquiera mirarla a la cara ni despedirme. El resto de las semanas habían sido un poco lo mismo; iba a ver al niño a casa de su abuelo, pasaba la tarde o la mañana con él y evitaba sentarme a hablar con Daniela por mucho que ella me lo suplicara con la mirada. Hasta hoy. Hasta que la puerta de mi casa se ha abierto a las nueve de la noche dándome un susto de muerte y la cabeza de Daniela ha aparecido tras ella, con las llaves en la mano y mirada culpable, aunque decidida. —Paula —me ha dicho. En esos momentos he odiado a mi amiga con todas mis fuerzas y a mí también por haberle dado en su día una copia para emergencias. Me ha seguido al comedor, se ha sentado en el sofá y ha dicho que teníamos que hablar sí o sí, que no podía seguir evitándola porque no era sano para ninguno; ni para ella, ni

para mí ni, por supuesto, para Pedro. El cual, por cierto, ya sabía quién era yo y para sorpresa de todos se lo ha tomado bastante bien. Los adultos deberíamos aprender más cosas sobre los niños. Suelen darnos lecciones muy valiosas. Regreso al presente y busco a Daniela. Sigue sentada en el sofá con las piernas cruzadas, los codos apoyados en las rodillas y la cabeza enterrada entre las manos. No sé ni el tiempo que lleva en esa posición y el vaso de agua continúa intacto. —Daniela… —¿Vas a decir algo con sentido, Pedro? —me corta. Levanta la cabeza y, cuando me mira a los ojos, veo tanta tristeza en los suyos que solo tengo ganas de arrodillarme frente a ella y pedirle perdón. Pero mi orgullo vuelve a ganar la batalla y no lo hago. Como tampoco hago ningún intento por abrir la boca. Cuando se da cuenta se pinza el labio con fuerza, pues ha empezado a temblarle, y niega con la cabeza. —¿Sabes? Creo que me voy a marchar. No puedo más. Se levanta con decisión y se dirige hacia la puerta. Hay una pregunta que me quema por dentro. Algo me dice que no debería hacerlo. ¿Le hago caso? Por supuesto que no. —¿Me habrías buscado? —Mi pregunta la paraliza. Se gira a cámara lenta y me mira entrecerrando los ojos y con la cabeza ladeada. —¿Qué? —Si hubieras tenido mi teléfono, si hubieras sabido mi apellido o cómo dar conmigo. ¿Me habrías buscado cuando te enteraste de que estabas embarazada? Por cómo me mira sé que he dado con la pregunta clave para terminar de romperla. La tristeza da paso a la rabia y los ojos parecen inyectados en sangre cuando va hasta la puerta principal, coge su bolso y se lo cuelga al hombro. Abre la puerta con tanta rabia que no me extrañaría que se hubiesen salido las bisagras del sitio. Justo antes de cruzarla me mira por encima del hombro.

—Voy a hacerte un último favor y voy a olvidar lo último que acabas de decir. Voy a pensar que el que habla es tu dolor y no tú mismo, porque si creo que realmente piensas esas cosas sobre mí ten por seguro que mañana cojo a mi hijo y no vuelves a verlo en tu vida, y entonces sí que tendrás motivos para odiarme como lo haces y para pensar en lo mala persona que puedo llegar a ser.

Capítulo 35   Diciembre 2017   Hoy es la primera vez que Pedro se viene a dormir a mi casa y estoy muy nervioso. Cojo aire, lo expulso lentamente y me miro en el espejo una última vez antes de salir del cuarto de baño para ir en su búsqueda. Me paro un segundo en la que será su habitación y sonrío como un chiquillo la mañana de Navidad. Dejándome aconsejar por las tías del pequeño —es decir, mi hermana Eva y la tía postiza, Paula—, he diseñado un paraíso para cualquier niño; le he comprado una cama en forma de Ferrari con la alfombra a juego y he decorado las paredes con pósteres y muñecos de superhéroes, Transformers y cosas que sé que le gustan. —Es como si hubiera venido el dueño de Toysrus y hubiera vomitado sobre esta habitación. ¡Me encanta! — gritó Paula emocionada en cuanto dio el trabajo por terminado. Por primera vez estuve de acuerdo con ella, aunque me cuidé muy mucho de decírselo. Voy hasta el garaje y me encamino directo hasta el coche. Acaricio la moto al pasar junto a ella y, ahora que nadie me ve, le doy un pequeño beso. No me acuerdo ni cuándo fue la última vez que la utilicé. De hecho, creo que el último fue Marcos hace unos meses cuando me la pidió prestada para declararle a mi hermana lo enamorado que estaba de ella. Pero yo, desde que me enteré que soy padre, no la he vuelto a coger. Ha comenzado a darme un respeto que antes no me daba. Además de que me he acostumbrado a llevar el coche para poder montar a Pedro siempre que sea posible. Llego a casa de Daniela y me doy cuenta de que estoy temblando. Siento como si llevara puesta una corbata y el

nudo estuviera presionándome la garganta. La situación con Pedro es maravillosa. No puedo describirla de otra manera. Estos meses han sido sencillamente geniales. Nos hemos ido conociendo poco a poco y solo puedo decir que es un chaval maravilloso. Entre que él es muy listo —demasiado para su edad—, y tiene ocurrencias dignas de un niño con mucha más edad de la suya, y que yo tengo una vena demasiado infantil, hacemos el tándem perfecto. Nos hemos disfrazado, hemos puesto canciones en la televisión para imitar sus coreografías y hasta me ha dejado introducirlo en mi mundo friki y enseñarle Dragon Ball. Hemos ido al parque, a la feria y lo he podido acompañar por primera vez al cine —a nadie le confesaré que lloré al llegar a casa por poder disfrutar de algo con él que fuera su primera vez—. No me llama papá y es normal. Las cosas hay que hacerlas poquito a poco. Pero sí que noto que me mira con adoración y con mucho cariño, y eso para mí es suficiente. Lo dicho. Mi relación con él es maravillosa y hoy, por primera vez, vamos a dormir los dos juntos en mi casa. En cuanto a la relación con Daniela… solo puedo catalogarla como desastrosa, algo que jamás creí que pudiera ser posible. Sé que mucha culpa —por no decir el cien por cien— es mía. Tras nuestra conversación en mi casa esa noche no hemos vuelto a tener otra. No los dos solos. Nos hemos visto y hemos hecho planes los tres juntos. Nos hemos reído y nos hemos divertido. Pero cuando se creía que nadie la veía sus ojos se volvían tristes y su semblante serio. Y cuando le toca interactuar conmigo lo hace con tanta seriedad y distancia que me recuerda a la directora del colegio. Es como si fuéramos dos completos desconocidos, sin rastro de la complicidad que había en ese coche, en esos paseos, en esas habitaciones… —Pero ¿qué quieres? Hasta tú eres consciente de que te pasaste tres pueblos con esa chica. Creo que no te has

puesto todavía en su lugar. Estás tan cegado por todo lo que tú no has vivido en este tiempo que no te has parado a pensar en cómo se siente ella, en todas las cosas a las que tuvo que renunciar. Te juro que yo, personalmente, puedo llegar a entenderte, y estoy seguro de que ella también. Lo que te tienes que preguntar es si tú puedes llegar a entenderte a ti mismo. Esas habían sido las palabras de Javi hacía apenas unos días, cuando acudí a él a por algo de sensatez, lógica y cordura. Lo conozco lo suficiente como para saber que no me habló así con la intención de hacerme sentir mal, porque él no es así. Lo único que hizo fue lo que yo le pedí; perspectiva. Pero cómo dolió. Llamo al timbre y parte de la tensión se va en cuanto Pedro aparece en el porche y viene corriendo hacia mí. Se tira a mi cuello y me lo rodea con sus bracitos. —¡Noche de chicos! —grita justo en mi oído. Casi me deja sordo, pero a mí me da por reír e imitarlo. —¡Noche de chicos! —Me voy a poner celoso —refunfuña Gonzalo acercándose hasta nosotros. El pequeño se suelta de mi agarre, pone los ojos en blanco y va corriendo hasta su abuelo. —Te prometo que mañana soy todo tuyo. —Tú siempre serás mío, campeón. No lo olvides. —Le da un beso en lo alto de la cabeza y me tiende la mano para saludarme—. Está como loco desde que se ha despertado. —La verdad es que yo estoy como él, pero creo que quedaría raro si me pongo a saltar y aplaudir a la vez. —Aquí hemos visto de todo. Eso sería de lo menos estrambótico, créeme. Entramos en la casa y me da la risa al ver a mi madre tras los fogones. No quiero confirmar nada si ellos no lo hacen, pero si estos dos no están medio viviendo juntos es que yo soy Papá Noel.

Voy a su encuentro y le doy un beso en la mejilla. Me pregunta por las clases, me hace prometerle ir a su casa con Pedro un día para ayudarla a decorar la casa con todo lo de Navidad ahora que se acerca el puente de diciembre, y cotilleamos un poco sobre la nueva pareja de moda; Marcos y Eva. Me alegro muchísimo por ellos, aunque todavía tengo en mente asesinar a mi mejor amigo por lo que le hizo a mi hermana hace unos años. O lo que no hizo. Pienso en Raúl, el exmarido de Eva y el tercero en discordia en esta historia, y no puedo evitar compadecerme de él, aunque el mismo Raúl me haya jurado que todo está bien y olvidado. Hablamos de vez en cuando, pero sí es cierto que no tanto como hacíamos hace años. Lo entiendo. No dejo de ser el hermano de su exmujer y el mejor amigo del tío que se la robó. Por si esto fuera poco, su padre está muy enfermo y pasa casi todas las horas del día con él. Estoy a punto de meter disimuladamente el dedo en la tarta que está decorando mi madre, cuando Daniela entra en la cocina y juro por Dios que el tiempo se detiene y mi corazón se salta mil latidos; lleva un mono vaquero, una camiseta blanca debajo y el pelo suelto cayéndole en forma de cascada a la altura de los hombros. Va exactamente vestida como la primera vez que nos acostamos. Mi memoria hace un viaje al pasado a ese día en esa habitación, con ella tan segura, tan decidida, tan mía. Con sus labios recorriendo el perfil de mi cara y mis manos estudiando su cuerpo. Escucho sus jadeos y sus gemidos y la piel se me pone de gallina. Se acerca hasta su hijo y se coloca de cuclillas. Le da un beso de esquimal juntando sus naricitas. Después le sonríe y yo no puedo evitar fijarme en sus ojos; brillan. Brillan como lo hacían esos días, con absoluta felicidad. ¿Por qué me doy cuenta ahora de eso? ¿No me había fijado hasta ahora, o es que en estos meses no han brillado así?

—Es una estampa bonita, ¿verdad? —Está preciosa. —¿Está o es? Me giro hacia mi madre y frunzo el ceño. —¿Qué? —He dicho que es una estampa bonita y tú has dicho que «está preciosa». Te preguntaba si quieres decir que es una estampa preciosa o si es que ella está preciosa. Me ruborizo hasta las orejas. ¡Me ruborizo! Chasqueo la lengua contra el paladar y ando hasta donde están los dos, dejando a mi madre y su pequeña sonrisa detrás. En cuanto Daniela se percata de mi presencia la sonrisa se le esfuma del rostro, pero es solo un segundo, lo que tarda su hijo en llamarla y ella en adoptar la misma postura que antes; aunque ese segundo es tiempo suficiente para sentir que alguien me está presionando con fuerza en el pecho. No quiero que deje de sonreír porque esté yo delante. Tampoco quiero que a mí no me sonría así. Quiero fijarme todos los días en si sus ojos brillan como hace unos segundos. Quiero dejar de estar enfadado con ella. Quiero perdonarla. Quiero perdonarme a mí. Tras recibir las últimas instrucciones de parte de todo el mundo y tras abrazar a su madre más veces de las que deben ser necesarias, Pedro me coge de la mano y me anima a salir de casa. Antes de cerrar la puerta miro por encima del hombro y observo a Daniela ahí plantada, en lo alto de la escalinata observándonos con atención. Me detengo y la miro. Mis ojos se posan sobre los suyos y nos sostenemos la mirada. Con ella le pido que me perdone, que quiero hablar con ella. No me contesta. Se gira y cierra la puerta con un suave clic, aunque ambos sabemos que lo que quiere es dar un portazo.  

Capítulo 36   —Eres patético. —Olvídame. —Lo haría, pero me das pena y tenía que decírtelo. —Búscate una vida y deja la mía en paz. —Me gusta más el Pedro ordenado y meticuloso. Me gusta hasta el enfurruñado porque arrugas la nariz de una forma muy graciosa, pero el melancólico es un coñazo. Estoy a un tris de abrir la puerta del coche y tirar a Paula a la carretera, sin miramientos, pero tenemos que ir a casa de Marcos y Eva a cenar y me ha tocado a mí el «honor» de pasar a recogerla. Además de que es Nochebuena y quedaría feo llegar sin ella. Hoy cenamos todos juntos y es especial. Es la primera Navidad que pasan Marcos y Eva como novios y la primera en la que estarán Gonzalo, Daniela y Pedro. Debería estar exultante de felicidad, pero mi amiga tiene razón. Estoy decaído y todo se debe a ella. A ella y a mi incapacidad de solucionar las cosas, de coger al toro por los cuernos y pedirle perdón por haber sido un completo idiota todo este tiempo. Llegamos a nuestro destino y estoy a punto de abrir la puerta cuando mi amiga me coge del brazo, deteniéndome. —Lo dicho. Un coñazo. Haznos un favor a todos y habla con esa chica. Ambos lo estáis deseando. Pero, lo más importante, ambos lo necesitáis. No sé cuánto tiempo vais a seguir así, pero ninguno de los dos os lo merecéis. Coge el toro por los cuernos y pídele perdón. Siéntate con ella y deja que te cuente su historia, que está claro que no es la misma que la tuya.

Capítulo 37   Marzo 2018   Estamos en el aeropuerto despidiéndonos de Javi. Para sorpresa de todos ha decidido convertirse en mochilero y viajar por el mundo. Él, el tío al que le daba pánico volar, el que la única vez que cogió un avión fue para ir con el colegio a Londres de viaje de fin de curso y fue drogado y dormido todo el camino. El mismo que se negó a viajar con su hermano y conmigo a Cagliari en ese viaje que cambió mi vida porque no iba a soportar estar encerrado tanto rato en una «caja», ha dejado todos sus miedos atrás y ha decidido emprenderse en el viaje de su vida para encontrarse a sí mismo y desconectar. Lo admiro por su valentía y por su fuerza. Por enfrentarse a sus miedos de frente con la cabeza alta y sacando pecho. Por megafonía anuncian de nuevo su vuelo y todos sabemos que es el momento de la última despedida. Miro alrededor y me entra la risa. Hemos venido todos a acompañarlo. Incluso Daniela ha dejado que Pedro no fuese hoy al colegio para poder despedirse de él. Este niño es mágico y ha sabido ganarse el cariño de todos los integrantes de esta alocada y peculiar familia. Marcos abraza a Eva por la cintura. Esta no oculta sus lágrimas, que ruedan sin descanso por sus mejillas, mientras que el primero intenta contenerlas mordiéndose el interior de la mejilla. Los padres de Javi lo abrazan por turnos y le dan mil y un consejos acompañados también de Gonzalo y de mi madre. Falta alguien. Busco alrededor hasta que doy con ella. Paula está apartada del grupo. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y está mirando al suelo. Cuando me acerco a ella coloco un dedo sobre su barbilla y le alzo la cabeza; sus

preciosos ojos marrones brillan y se pinza el labio tan fuerte que me sorprende que no le sangre. Aunque lo que de verdad me sorprende es que no esté montando un numerito. Parece que me lee el pensamiento, porque suspira, pone los ojos en blanco y murmura: —Sé controlarme, ¿vale? —No he dicho nada. —Pero tus ojos, sí. Y esa sonrisa de sabiondo, también. Sonrío y la acerco hasta rodearla con mis brazos. Se deja acunar y apoya la mejilla contra mi pecho. —Lo voy a echar mucho de menos. —Lo sé, yo también. Pero no se va a la guerra. Volverá. —¿Seguro? —Estamos hablando de Javi. Sabes que él siempre vuelve. Escuchamos unas carcajadas y nos giramos hacia el grupo. No sé qué ha dicho mi hijo, pero está provocando las risas de todos. Miro a mi amigo y sé que su hermana hace lo mismo. —No me imagino un mundo sin él, Pedro. No sé. Suena egoísta, pero es que siempre está ahí cuando lo necesito y… y yo lo necesito mucho. —Va a estar a una llamada de distancia, Paula. Hoy en día eso no es nada. —Eso es mucho, pero vale. Aceptamos pulpo como animal de compañía. Los que reímos ahora somos nosotros. Vuelvo a estrecharla contra mi pecho y la animo a ir hasta su hermano y poder despedirse. Antes de dar un paso se detiene y me mira. —Estoy pensando… —No. —Si no sabes lo que te iba a decir. —Da igual. La respuesta es no. —¿Puedes seguir consolándome un minuto más y escuchar lo que tengo que decirte? —Suspiro y asiento. Sonríe de oreja a oreja. Siempre ha tenido una sonrisa

preciosa, pero ahora con ese pelo tan corto y que le deja toda la cara despejada, más todavía—. ¿Crees que podrías suplantar tú a Javi mientras esté fuera? Darme sabios consejos, dejarme ir a tu casa cuando esté aburrida, cogerme el teléfono siempre que te llame… ese tipo de cosas. —Eh… —¡Gracias! Salta, se agarra a mi cuello, me da un beso en la mejilla y se da media vuelta corriendo hasta llegar hasta su hermano mayor y lanzarse, literalmente, a sus brazos. Este la sujeta bien por la cintura y da vueltas con ella sin dejar de reír. Hago a un lado lo que me acaba de decir y me centro ahora en despedirme de mi amigo. Cuando llega mi turno nos fundimos en un gran abrazo de oso como los que me daba mi padre. —Joder, tío. Voy a echarte muchísimo de menos. —Y yo también. —Nos apartamos y nos miramos a la cara, cogiéndonos por los hombros. —Disfruta. Por ti, por mí, por todos nosotros. Pero nunca dejes de hablarnos o te enviaré a tu hermana. Se carcajea y vuelve a estrecharme entre sus brazos. —No la dejes escapar. La vida es demasiada corta para perder el tiempo con enfados o resentimientos. El orgullo es el peor compañero de todos, y a ti ya te ha acompañado durante suficientes meses. Se aparta, me indica con la cabeza hacia la derecha — donde Daniela escucha con atención algo que le está susurrando su hijo al oído—, y me guiña un ojo. Después se agacha, recoge la mochila y se la coloca al hombro. Diciéndonos adiós con la mano y con la emoción reflejada en su rostro se despide de nosotros, desapareciendo por el aeropuerto tras pasar el control de seguridad. —¿Es normal que lo eche ya de menos? —pregunta Eva con un suspiro. Ahora soy yo quien la coge de la cintura, pues Marcos se ha ido a abrazar a su hermana.

—Anda, enana. Vamos, que te invito a una pizza. —¿Con extra de queso? —Con extra de lo que tú quieras. Echamos a andar cuando siento que una manita se agarra a la mía. Miro hacia abajo y veo a Pedro sonreírme y a mí se me olvidan todos los problemas. Al otro lado lleva a Daniela. Miro hacia la izquierda, pero mi hermana ha desaparecido de mi lado. La busco con la mirada y la encuentro detrás junto a mi madre y Gonzalo. Me guiña un ojo y con un movimiento casi imperceptible de cabeza me indica que mire al frente. Delante del todo, abriendo la comitiva, estamos Pedro, Daniela y yo. Los tres cogidos de la mano, solos, mientras el resto está detrás mirándonos. Y lo hacemos los tres juntos, como una pequeña familia. Como esa familia que voy a luchar por tener. Porque Javi tiene razón, como siempre, y es que la vida es demasiada corta como para perder el tiempo con enfados o resentimientos, y yo ya estoy cansado de los míos.  

Capítulo 38   Daniela   El primer perdón de Pedro me llegó a finales de marzo en forma de mensaje apenas tres días después de la marcha de Javier. Estaba tumbada en la cama mirando el techo pensando en él. Todas las noches pensaba en él; ese era mi suplicio y mi aliento. Ambos sentimientos se mezclaban entre sí y me era muy difícil separarlos, pero estaba tan enfadada… «Si hubieras tenido mi teléfono, si hubieras sabido mi apellido o cómo dar conmigo. ¿Me habrías buscado cuando te enteraste de que estabas embarazada?». Sus palabras me seguían atormentando y cabreando como nunca nadie ni nada lo había hecho. Me había dolido tanto escucharlo que, a pesar del tiempo que había pasado desde entonces, todavía sentía una presión en el pecho cuando las recordaba, porque de todas las cosas que pensaba que me diría nunca creí que sería algo así. Nunca imaginé que dudaría de mí de esa manera, y eso me dolía muchísimo. Había aprendido a conocerlo lo suficiente como para saber que estaba arrepentido y que quería hablar conmigo. Sus ojos me lo decían una y otra vez. Pero esta vez era mi dolor el que me impedía concederle eso que me pedía, porque lo único que yo necesitaba es que se acercara hasta mí y, simplemente, me preguntara cómo estaba. Nada más. Y eso, ni lo había hecho ni parecía que tuviera intención de hacerlo. Esa noche en cuestión, la del perdón, estaba mirando al techo y pensando en cómo había cambiado mi vida en tan pocos meses cuando me llegó un mensaje al móvil con su nombre. Lo primero que pensé fue que sería algo

relacionado con Junior —Paula lo llamaba así y, a pesar de que Pedro se ponía de los nervios, a mí me encantaba—. Todos nuestros mensajes eran sobre él. Una cosa debía reconocerle y es que el amor y el cuidado que le profesaba a mi hijo solo hacía incrementar ese amor que seguía teniendo por él y que crecía junto a mi odio a niveles similares. Cuando abrí el mensaje y leí la primera línea el corazón me dio un vuelco. Me incorporé con rapidez en la cama y agarré el móvil con fuerza haciéndome daño en la palma de la mano.   Pedro La primera vez que te vi me pareciste la chica más guapa del mundo. ¿Te lo había dicho alguna vez? Tenías las mejillas tan sonrosadas que solo tenía ganas de acariciarlas para ver si eran por el frío o por mí. Con los días descubrí que te sonrojabas con mucha facilidad, sobre todo, cuando te decía algo bonito. ¿Te sigue pasando, Daniela? ¿Te sonrojarías si te dijera que sigues siendo la chica más guapa que he conocido y conoceré? ¿Si te dijera que jamás, en todos estos años, he dejado de pensar en ti? ¿Lo harías si te dijera que me arrepiento de no haberte besado esa misma noche pero, sobre todo, de no haberte pedido tu número de teléfono? ¿De haber sido un idiota y haberme creído ese «juego» de vivir el aquí y el ahora porque el futuro no importaba, cuando lo que de verdad quería era tenerte en él? Daniela, ¿te sonrojarás si te digo que lo mejor que me ha pasado en la vida ha sido viajar a Cagliari esas Navidades de 2011? Lo siento, Daniela. Lo siento muchísimo.   Me llevé las manos a las mejillas y comprobé que sí, que me había sonrojado igual que hacía entonces. Me di cuenta de que nadie había conseguido eso, solo él. Pasé los dedos por la pantalla del móvil y pensé en contestarle, pero después recordé que estábamos en marzo,

casi en abril, y que hacía siete meses que nos habíamos visto. Siete meses en los que había podido hablar conmigo, en los que pudo decirme todo eso y no lo había hecho. Pero, sobre todo, pensé en que había una cosa que seguía sin preguntarme; ¿cómo estás? Bloqueé el móvil, lo coloqué boca abajo en la mesita y cerré los ojos dispuesta a dormirme. Aunque no pude evitar hacerlo con una sonrisa en los labios.

Capítulo 39   Daniela   El segundo llegó unos días después. Junior se había ido a casa de su padre a pasar el fin de semana y cuando llegó el domingo y me puse a deshacer su maleta encontré un papel perfectamente doblado entre la ropa. Me senté en la cama y lo abrí con manos temblorosas.   ¿Sabes qué no puedo olvidar? Cómo te brillaban los ojos cuando fuimos a ese club de jazz o el sonido de tus carcajadas cada vez que me veías en el suelo en la pista de patinaje. Que, muy a mi pesar, debo reconocer que fueron unas cuentas. ¿Te acuerdas? Tampoco puedo olvidar cómo te pinzabas el labio cuando veías algo que te gustaba, como ese colgante que te regalé en nuestro primer día de viaje en Florencia. ¿Te cuento un secreto? Sigues haciéndolo. Lo siento, Daniela. Lo siento muchísimo.   Un suspiro salió de mi pecho. Aunque más bien fue un suspiro mezclado con sollozos. Yo también recordaba muchas cosas, muchísimas, y quería decírselas todas. Quería levantarme, llamarlo por teléfono y decirle que yo también me acordaba de todo eso y de mucho más. Pero no lo hice. Doblé el papel, fui hasta mi cuarto y abrí la cajita donde guardaba mis recuerdos y las cosas que eran importantes para mí, como las ecografías de mi hijo o como ese collar que me regaló y al que hacía mención en la nota. Lo acaricié con el pulgar y cerré la caja dejando la nota dentro. No fue, ni por asomo, la última nota que recibí, pues a esa le siguieron muchas más. Treinta y tres, para ser exactos:

Esta fue la número diez, y la encontré dentro de mi caja de cereales favorita.   Nos recuerdo a los dos corriendo bajo la lluvia cogidos de la mano y a ti intentando protegerte para no mojarte más de lo que ya estabas. En ese momento no nos importó. Lo siento, Daniela. Lo siento muchísimo.   La número quince me la entregó Paula un día que vino a recoger a Junior para llevárselo al cine. A ambos les encantaba hacer planes los dos solos. Me la dio en un sobre cerrado antes de irse.   ¿Te cuento algo que echo de menos? Oírte cantar tal y como lo hacías en ese coche. Aunque ambos sabemos que te inventabas la letra la mitad de las veces. Lo siento, Daniela. Lo siento muchísimo   Una de las que más me asombró encontrar fue la que dejó en la ventanilla del coche. La encontré al salir del trabajo en el hospital en una de las guardias de veinticuatro horas que tenía. Aún me pregunto cómo logró dejarla allí y que nadie se la llevara o que, simplemente, saliera volando. ¿Estaría escondido tras los coches? Ni idea. Es algo que nunca ha querido decirme, ni siquiera hoy en día.   ¿Crees en el destino? Dime que sí, porque yo soy su fiel defensor. Lo siento, Daniela. Lo siento muchísimo.   La número veintitrés la encontré en un bolsillo de la chaqueta cuando fui a ponérmela después de celebrar una barbacoa en casa de Marcos y Eva. No hablaba de recuerdos, pero sí de sentimientos:  

¿Te acuerdas de la última noche que pasamos juntos? Llegamos a la habitación y nos tiramos sobre la cama. Pues bien, voy a contarte un secreto: quería confesarte que me había enamorado de ti y que no quería saber nada de ese amor de verano del que tanto alardeábamos. Quería un amor de verdad, con mayúsculas. Y lo quería contigo. Cuando fui a decírtelo no pude porque te habías quedado dormida. Eso me dio la excusa perfecta para aferrarme a las señales. Al destino. Menuda chorrada. Si pudiera pedir un deseo sería volver a esa noche con la valentía suficiente para despertarte y confesarte cuánto te quería. Confesarte que me había enamorado de ti sin remedio. Lo siento, Daniela. Lo siento muchísimo.   Aunque la mejor de todas fue la que coló por la puerta de mi habitación el día del cumpleaños de mi padre, el veintiséis de mayo, cuando fui a por una rebeca porque empezaba a refrescar. La número treinta y tres.

Capítulo 40   Hola, Daniela. Voy a presentarme. Mi nombre es Pedro, soy un chico de Valencia y esta es mi historia. Es muy corta, pero espero que te guste. Como te decía mi nombre es Pedro y, ¿quieres que me describa? De acuerdo. Cuando tenía pelo era moreno como mi madre y de ojos marrones. Soy alto y, muy a mi pesar, no estoy musculoso, aunque no tengo ni un gramo de grasa porque me paso el día haciendo deporte y cuido mi cuerpo. Me encanta hacer ejercicio, aunque odio los deportes de riesgo. Y adoro a los niños. Quien me conoce lo sabe. Además, no es por tirarme flores, pero tengo una mano especial con los críos. Por eso decidí estudiar educación física y hacerme profesor, además de entrenar al baloncesto por las tardes. Soy meticuloso y me gusta el orden. No encuentro qué hay de malo en tenerlo todo planificado, y soy puntual. Bueno, vale, muy puntual, pues suelo llegar antes de hora a los sitios, pero es que odio hacer esperar a la gente. Aunque, claro, como llego siempre antes, pues al que terminan haciendo esperar es a mí. Lo que te decía; soy ordenado y no me gustan los riesgos ni tampoco las aventuras. Si voy a ir a un sitio primero tengo que saber a cuál. Sencillo, ¿verdad? Pues no. ¿Sabes por qué? Porque en toda mi vida solo he vivido una aventura y fue la mejor experiencia de mi vida, porque esa aventura me llevó a ti. El problema es que fui demasiado cobarde para ponerle nombre. Hace siete años subí a un avión con destino a una ciudad que jamás había llamado mi atención. Un viaje que, ahora sé, solo era la excusa que necesitaba mi mejor amigo para alejarse del amor de su vida. Qué paradojas de la vida,

¿verdad? Porque a mí me llevó al mío. Pero no nos adelantemos. En ese viaje en el que yo no tenía puesta ninguna expectativa se me acercó una chica. Tendrías que haberla visto, Daniela. Era la chica más bonita que había visto jamás. Llevaba puesto un gorro con un pompón amarillo en lo alto y una bufanda a juego. Tenía las mejillas de un color rojizo y se mordía el interior de la mejilla. Me dio tanta ternura que solo quería abrazarla, enterrar la nariz en su cuello y olerla. ¿Te lo puedes creer? Me habría denunciado a la policía por ser un loco acosador. Como no podía ser de otra manera, metí la pata. ¿Cómo no hacerlo? Nunca se lo confesé, pero es que el corazón me iba a mil por hora y estaba temblando. Menos mal que esa chica fue más inteligente que yo y no se marchó. Volvió. Primero, esa noche. Después, todas las demás. Mientras ella me regalaba sonrisas, palabras y momentos yo solo podía irme enamorando más y más de ella. ¿Cómo no hacerlo? Era perfecta. Es perfecta. Pero como era un tonto y un necio no quise verlo. Prefería esconderme tras unas palabras que, al final, como dice la canción, se las lleva el viento, porque lo que importa de verdad son los hechos. Aunque la idea fue mía me regaló un viaje que jamás podía haberme imaginado, porque tuve la suerte de tenerla cinco días solo para mí. Daniela, no creo que jamás puedas llegar a imaginar todo lo que me hiciste sentir esos días. Como ya te he dicho, tendría que haberte despertado esa noche y haberte dicho cuánto te quería. Pero no lo hice y tu carta de después fue lo que necesitaba para seguir aferrándome a la mentira que había construido. Además, no había marcha atrás y poco podía hacer. Cuando desperté tu vuelo ya había salido. Otra casualidad más para añadir. Pero ahora ya no hay mentiras, ni excusas. El destino me ha dado un empujón y yo quiero usarlo. Quiero usarlo para

decirte cuánto te quiero. Cuánto te quiero a ti y cuánto quiero a Pedro. Y para poder darte las gracias por todo el trabajo que has hecho con él. Sé que me he aferrado tanto a mi enfado que me he dejado por el camino lo más importante; tú. Tú eres lo que importa en toda esta historia, Daniela, y necesito pedirte perdón por ser un necio, un orgulloso y un idiota. Por no haber reunido el valor de sentarme contigo y preguntarte cómo estás. Preguntarte cómo fue hacer todo esto tú sola y, sobre todo, por no haberte dado las gracias. Lo siento, Daniela. Lo siento muchísimo y espero que no sea tarde, porque no quiero seguir ni un minuto más sin ti a mi lado.   Pedro  

Capítulo 41   Treinta y tres. Ese es el número de notas que le he enviado a Daniela en estos últimos meses. Treinta y tres. Cero son las respuestas que he recibido por su parte, y ya no se me ocurre qué más puedo hacer. Se me agotan los recursos y se me acaban las ideas. He llegado a pensar en ir a su padre e implorarle que hable con ella, incluso en utilizar a nuestro hijo para conseguir su compasión y recibir su perdón, pero me he dado cuenta de que cualquiera de esas dos opciones son un error porque necesito que me perdone por ella. Por nosotros. Y no quiero involucrar a nadie más. Me levanto de la cama y miro por la ventana. El tiempo no acompaña en absoluto a mi estado de ánimo. A pesar de que es por la mañana está gris, casi negro, y la lluvia no deja de caer, lo que me hace estar más apático y deprimido. Todo es una mierda. Una mierda que he creado yo solito por no saber hacer las cosas bien desde el principio. Corro la cortina hasta dejar el cuarto en penumbra y vuelvo a la cama. Es domingo y no tengo ninguna intención de salir de la cama. Ayer ya tuve mi dosis familiar por el cumpleaños de Gonzalo y creo que ya tengo suficiente para dos meses. Me tapo los ojos con el antebrazo y pienso en la última carta. Esa que pensaba darle en mano en algún momento de la velada, pero que después me pareció mejor colar por debajo de su puerta cuando se marchó un momento a su habitación. Sé que la leyó. Lo sé por la forma en la que me buscó al salir media hora más tarde. Por la forma en la que sus ojos brillaron al encontrarse con los míos o por la sonrisa ladeada que me regaló. Entonces, ¿por qué no se acercó? ¿Por qué no me dijo nada? ¿Por qué se despidió de mí con un simple movimiento de cabeza?

Tengo tantas preguntas en mi cabeza y ninguna respuesta que solo tengo ganas de taparme con la sábana y volver a dormir. El móvil suena. Lo busco a tientas hasta localizarlo debajo de la cama. Es Marcos quien me llama. Lo siento mucho por mi amigo, pero ahora no tengo ni fuerzas ni ganas para hablar con él. Dejo que suene, pues si cuelgo se dará cuenta de que algo me pasa y será capaz de llamarme hasta que se lo coja. No pasan ni dos segundos desde que la llamada se ha cortado cuando llaman de forma insistente a la puerta de casa. Me tapo la cabeza con la almohada y ahogo un grito. ¿Es que no pueden dejar a uno autocompadecerse en paz? Como él vive feliz y contento en su particular país de la piruleta y el algodón de azúcar con mi hermana, ¿todos debemos hacer lo mismo? Vuelven a llamar y esta vez lo hacen con más insistencia. Me levanto hecho una furia y voy dando grandes zancadas hasta el recibidor. Cojo el pomo y abro la puerta de forma brusca sin ni siquiera mirar quién está al otro lado. —¡Me cago en todos mis muertos, Marcos! —No soy Marcos. Exacto. No es Marcos quien está al otro lado, sino Daniela. Está empapada de pies a cabeza y está tiritando. Lleva el pelo recogido en una cola alta, pero eso no evita que se le pegue a la piel, a los labios. Los cuales, por cierto, tiene hasta un poco morados. —¿Qué haces ahí? Vas a coger una pulmonía. No dejo que me conteste. La cojo del brazo y la arrastro hasta meterla dentro de casa. La llevo hasta el comedor y la obligo a sentarse en el sofá. Está poniéndolo todo perdido de agua, pero me da exactamente igual. Ya se limpiará más tarde. —Quítate todo eso. Voy a por toallas y a por ropa seca — le ordeno mientras corro directo hasta mi habitación y cojo

el primer pantalón de chándal que encuentro y la primera camiseta. Después, antes de volver al comedor, paso por el baño y cojo un par de toallas limpias. —¿Por qué no te das una ducha caliente? —Comienzo a regular el agua, pero nadie me contesta. Tampoco se escuchan pasos por el pasillo—. ¿Daniela? Vuelvo a preguntar. Temo que del frío sea incapaz de hablar, así que me olvido del agua y corro de vuelta al comedor. Pero al llegar me la encuentro en la misma posición; sentada en el sofá. Solo que tiene la cabeza gacha, mirando al suelo. Me acerco hasta ella despacio, con cautela, hasta quedar de cuclillas. —¿Daniela? La voz me sale estrangulada, nerviosa, y el corazón me va a mil por hora. Tras lo que me parece una eternidad levanta la cabeza y debo controlar las ganas que tengo de lanzarme sobre ella y abrazarla. Me mira sonriendo y con el brillo en los ojos que tanto me recuerda a esos días en Italia. —¿Qué estás…? —Eres idiota. Pero tú eso ya lo sabes. —Eh… No puede evitar reír tras ver la cara que pongo. Claro que sé que soy idiota, pero no esperaba que fuera eso lo que iba a decirme en cuanto abriera la boca. Niega con la cabeza y alarga la mano hasta posar la palma contra mi mejilla. La tiene helada. —Estás congelada. ¿Qué te parece si te cambias y luego me insultas? —Eres idiota —repite, ignorando lo que acabo de decirle. Se acerca hasta frotar su nariz contra la mía. Es un gesto tan inesperado como dulce. No puedo evitar cerrar los ojos —. Pero eres mi idiota, Pedro. Desde el primer momento en esa playa fuiste mío tanto como yo fui tuya. Fuimos unos necios al negarnos lo que estábamos sintiendo, a no escuchar a nuestros corazones, porque yo también me

enamoré de ti como no me había enamorado de nadie en toda mi vida. Abro los ojos sorprendido, levanto la cabeza y la miro. La estudio. Se pinza el labio y se encoge de hombros. —¿Lo dices de verdad? —Nunca he dejado de quererte, Pedro. —¿Ni estos meses en los que he sido un idiota? —Debo reconocer que en este tiempo también te he odiado. Un poquito. Pero como te he dicho antes eres mi idiota y perdonarte ha sido muy fácil. Solo tenías que elegir las palabras adecuadas. No me lo pienso. Me abalanzo sobre ella dejando que me empape con su ropa mojada. Me da exactamente igual. Daniela se ríe junto a mi oído y yo estoy a punto de explotar de felicidad. Su risa es el sonido más bonito del mundo y lo había olvidado, pues en todos estos meses no se ha reído así ni una sola vez. Rectifico: no se ha reído ni una sola vez así conmigo. Por miedo a hacerle daño maniobro hasta ser yo el que esté sentado en el sofá con ella sobre mí, con una pierna a cada lado de mi cintura. Nos miramos a los ojos y no podemos evitar reír a carcajadas. —Sé que te lo acabo de preguntar, pero ¿de verdad me quieres? —pregunto cogiéndola por las mejillas y acariciándolas con los pulgares. —Escribir esa nota fue lo más duro que he hecho y te puedo asegurar que criar a Pedro sin ti… —Los ojos comienzan a brillarle a causa de las lágrimas contenidas. —Daniela… —No. Escúchame un segundo, ¿vale? —Coloca un ledo sobre mis labios. Lo beso y asiente—. Criar a Pedro sin ti fue duro, sobre todo, porque fue algo que yo no elegí. Ni quedarme embarazada ni que tú no supieras de su existencia. Te juro que si hubiera sabido algún dato más de ti o alguna forma de contactarte lo habría hecho. No quiero que tengas la menor duda.

—Lo sé, lo sé. Por favor, no me hagas caso. Ese día fui un auténtico capullo y era el enfado el que hablaba, no yo. Tienes que creerme. —Y lo hago, es solo que… Es solo que quiero que lo tengas claro. No sabía nada de ti, Pedro. Nada. Y no sabía cómo dar contigo. Por supuesto, Tessa no tenía el número de teléfono de Marcos, como supongo que Marcos no tenía el suyo, ¿no? Resoplo y niego. Claro que no lo tenía. El único teléfono que nos llevamos de ese viaje fue el de Carlo. El italiano con el que continuamos conservando la amistad y al que hemos recurrido alguna vez en nuestra vida, como cuando mi amigo se fue a su casa a esconderse cuando Eva y Raúl se prometieron. Aparto ese pensamiento de mi mente porque ahora no viene a cuento y vuelvo a prestar toda mi atención a Daniela. —Esa noche, la última, tuve que irme sin despedirme porque si te hubieras despertado no habría sido capaz de salir de esa habitación sin decirte que me había enamorado de ti. Pero tenías razón. Teníamos razón. ¿Cómo íbamos a hacerlo? ¿Lo habrías dejado todo y te habrías venido conmigo a Londres? ¿Lo habría dejado yo y me habría venido aquí a España contigo? Era una locura. Además, me obligué a pensar en que nadie se enamora de otra persona en solo quince días, que eso solo ocurría en las películas y que nosotros no estábamos viviendo una. Dibuja con el dedo índice el contorno de mi cara, mis ojos, mi mandíbula, la nariz y, por último, los labios. Un escalofrío me recorre entero y puedo asegurar que no tiene nada que ver con que tenga la ropa mojada. —Pero el destino te ha vuelto a poner en mi camino. Ese destino que hizo que nos encontráramos una vez y que después nos separó. Solo que ahora nos ha hecho más fuertes, más listos, y ha tenido la gracia de hacer que vivamos en el mismo país.

No puedo evitar reír a carcajadas. Daniela no tarda en seguirme unos minutos después. La estrecho fuerte contra mí haciendo que su cabeza descanse sobre mi pecho, justo a la altura del corazón. Estoy seguro de que puede notar cómo late. Cómo late por ella. —Siento mucho haber perdido tanto tiempo en hacer las cosas bien. Siento cómo hace fuerza para apartarse, pero se lo impido. La retengo entre mis brazos con una mano sobre su espalda y la otra agarrando su coleta con suavidad. Ahora es mi turno. —Cuando me di cuenta de que Pedro era mi hijo, cuando vi ese álbum con esas fotos y fui realmente consciente de todo lo que me había perdido… me perdí, Daniela. Me perdí y no supe encontrarme de ninguna de las maneras. Estaba cabreado, enfadado y necesitaba pagarlo contigo. No era justo, lo sé y lo sabía entonces, pero no tenía otra forma de hacerlo y esa me pareció la mejor, aunque eso solo consiguiera que te perdiera por el camino. Pero te lo voy a compensar. Te lo juro. Si me dejas voy a ser el chico que te mereces. Que tú y Pedro os merecéis, porque sois la familia que quiero tener en mi vida y no quiero pasar ni un día más sin conocerte, sin conocerlo a él y sin dejar que vosotros hagáis lo mismo conmigo. Empezamos la casa por el tejado, pero eso no tiene por qué impedirnos terminarla. Nadie dijo que la vida fuera sencilla, y yo hace tiempo que entendí que lo mejor que puede pasarte es que te arriesgues, que vivas aventuras, y tú eres la mejor prueba de que eso es cierto. Tú eres mi mejor hola y mi mejor adiós, Daniela. Ahora sí. Ahora permito que se incorpore y se aparte de mi pecho, aunque no de mis brazos. Cuando busco sus ojos estos están brillantes y por sus mejillas ya ruedan lágrimas. Le pido permiso. No quiero hacer algo que la moleste, pero me muero por besarlas todas. Asiente.

Acerco mis labios hasta ellas y las beso. Una a una, poco a poco, llevándome con ella tristezas, llantos, lamentos y dejando en cada uno de los besos que le doy comienzos, alegrías, momentos y futuros. Tras estar unos segundos besando ambas mejillas, cierra los ojos y beso sus párpados para terminar en sus labios. Es un beso deseado, pero también es delicado. Un beso cargado de recuerdos, nuestro, parecido a los que nos dábamos en esas habitaciones entre las sábanas revueltas. O los que nos dábamos cuando reíamos porque intentábamos ducharnos juntos y las duchas que nos íbamos encontrando en nuestros viajes eran demasiado pequeñas hasta para una persona. Los que nos dábamos mientras paseábamos por las calles de Italia, cuando entrábamos o salíamos del coche o mientras comíamos helados y pizzas y nos poníamos perdidos. Nos besamos como si fuera la primera vez y también la última. Pero esta vez nos besamos queriéndonos; con el cuerpo, con la piel y con el alma. Como amigos, como pareja, como amantes, como padres. Como familia. Nos queremos como lo que somos; un hola y un adiós. Aunque nosotros ahora solo nos quedamos con el hola. El adiós se lo dejamos a los demás.  

Capítulo 42   Daniela   Decir que el amor es algo sencillo, fácil, que no se sufre o que no hace daño, es mentira. El amor hay que trabajarlo, cuidarlo, protegerlo y quererlo. Pedro y yo nos quisimos esa noche con todo lo que encontramos por el camino, hasta que nuestros cuerpos dejaron de comparar lo que encontraron hace años para quedarse con lo que descubrían en ese momento. Nos quisimos con un comienzo y, ante todo, nos quisimos con promesas. Esas que no quisimos hacernos en una ciudad lejana y ajena a nosotros pero que no dudamos en hacernos entre las cuatro paredes de su casa. Una casa que con el tiempo será nuestra, de los tres. Pero eso es algo para lo que todavía falta un poco, porque si algo nos prometimos esa noche fue que haríamos las cosas bien por él, por mí, pero, sobre todo, por esa persona que nos hace entender el mundo y el amor de una manera totalmente maravillosa. Decidimos ir poco a poco respecto a los demás. No nos ocultamos, pero sí decidimos ser comedidos. No es que su familia se caracterice por la discreción, precisamente, y antes de ser el centro de los comentarios de todo el mundo necesitábamos terminar de conocernos mejor. Pero bueno, cuando se es feliz y se quiere como nosotros nos queremos es difícil que los que están alrededor no se den cuenta. Lo único que puedo hacer por ahora es cerrar este diario, dejar de contar por hoy cómo fue enamorarme de él, cómo fue encontrarlo y cómo fue dejar que nuestros mundos colisionaran. Hemos quedado en su casa para ver una película abrazados y comer palomitas. Junior se queda con sus abuelos y tenemos la noche para nosotros solos.

Los demás no lo saben, pero Javi llega mañana de su viaje. Javi quiere darles una sorpresa a todos, en especial a Paula, y me ha pedido a mí que lo ayude. Así que, buenas noches. Me voy a casa de mi chico. Mañana es un día lleno de emociones y será mejor que hoy recargue pilas.

EPÍLOGO   Estoy muy nervioso. Tanto, que siento cómo el corazón retumba en mis oídos y me los bloquea. Sabía que esta nueva etapa iba a ser excitante, mi padre ya me había advertido. Pero no sabía que lo iba a ser tanto. Bajo del autobús de un salto, me coloco bien la mochila sobre los hombros y pongo rumbo hacia mi futuro. Voy a empezar la universidad. En cuanto cruzo el campus y voy directo al que se supone que es el edificio de recepción, tengo que hacer un enorme esfuerzo por no echarme a reír. Se nota que no soy el único que empieza hoy y, ni mucho menos, soy el único que está nervioso. La chica de mi derecha está de cuclillas en el suelo buscando desesperada algo en su mochila. Por cómo le suda la frente y por cómo se pinza el labio podría predecir que está a punto de darle un infarto. Miro alrededor y veo a un chico en una esquina haciendo lo que parecen ser ejercicios de respiración, otro hablando por teléfono mientras se pasea de un lado a otro —como siga así va a terminar por hacer un agujero en el suelo—, y otra chica mirando el panel informativo que tenemos justo enfrente con cara de auténtico terror. Será mejor que deje de mirar a los demás y me centre en mí. Somos miles de personas aquí dentro saliendo, entrando, subiendo escaleras y bajándolas. Si tengo que analizarlas a todas me va a dar un mal. Coloco mi mejor sonrisa —esa que mi tía Paula se empeñó en que aprendiera—, y me acerco a la chica que hay en la recepción. En cuanto me ve acercarme levanta un dedo pidiéndome que aguarde un minuto. Está hablando por teléfono. Susurra y no capto ninguna palabra, pero por cómo gesticula y por cómo pone los ojos en blanco cada dos por tres me atrevería a decir que no está nada contenta con su

interlocutor. Finalmente, cuelga, agacha la cabeza, toma aire tres veces seguidas y, por fin, la levanta para mirarme. Cuando lo hace estoy a punto de caerme de culo. Es preciosa, joder. Y joven. Es superjoven. Me atrevería a decir que no tiene muchos más años que yo, unos veinticinco o así. ¿Qué son cuatro años de diferencia? Y en mi vida había visto una chica con los ojos tan azules como los suyos. Si alguien me pidiese definir cómo es el color del mar, solo tendría que describir sus ojos. —¿Puedo ayudarte en algo? —me pregunta en un perfecto inglés. Normal. Estoy en Escocia. ¿En qué idioma quiero que se dirigieran a mí? No tengo problemas con él. Soy bilingüe. Ventajas de tener una madre inglesa y un padre español. Hablo ambos idiomas a la perfección. Coloco ambas manos sobre el mostrador y le sonrío. —Buenos días. Soy Junior Sánchez Martí y hoy empiezo la carrera de Periodismo aquí. —Escribe tu nombre y tus apellidos. —Me entrega un papel y un bolígrafo. La miro alzando una ceja porque no sé para qué quiere que lo haga. Resopla. ¡Resopla! y hace que se le vuele el flequillo—. No eres de aquí. No quiero ponerlos mal cuando los busque en el ordenador. ¿Te parece bien? Parece que alguien ha mordido un limón esta mañana y se ha levantado con el pie izquierdo. No se lo digo, claro. Escribo lo que me ha pedido y me doy cuenta de que he escrito Junior en vez de Pedro. La costumbre. El único que me llama así es mi padre. Pero es por cabezonería. A pesar de los años, mi tía Paula no deja de reírse de él cuando resopla y se queja cada vez que alguien me llama Junior en vez de por mi verdadero nombre. Eso lo cabrea todavía más y los dos acaban entrando en una espiral de la que, en ocasiones, les cuesta salir. Pero así somos los Sánchez–Baró. Intensos hasta para dormir. Le entrego el papel y la chica ni me mira a la cara cuando lo coge. Teclea algo en el ordenador y, tras leer lo que pone

ahí, me mira. Me mira de arriba abajo y alza una ceja. —¿Hay algún problema? —¿Tienes veintiún años? —Eh… sí. No dice nada. Solo asiente y vuelve a teclear. Estoy por preguntarle si hay algún problema con mi edad, pero la chica se levanta, va hasta la impresora, recoge algo y me lo entrega. —Aquí tienes tu plan de estudios y todo lo que necesitas saber para moverte estos primeros días. El resto tienes que ir descubriéndolo por tu cuenta. Buena suerte y enhorabuena. Me entrega los papeles, me medio sonríe —o me lanza rayos láser por los ojos, no lo sé bien—, y se despide de mí haciendo aspavientos con la mano para que me marche. Estoy por pedirle al chico de antes que me deje un sitio en el rincón para ponerme a llorar con él. Joder, qué humos tienen algunos y no son ni las nueve de la mañana. No. Voy a ser fuerte, hostia. Soy un tío hecho y derecho con pelos en los huevos, como dice siempre mi tío Marcos cuando nos obliga a mi primo o a mí a que lo ayudemos con algo de albañilería o bricolaje, algo que ambos odiamos. He venido hasta aquí a hacer un posgrado en Periodismo, alejándome de mi familia, empezando en una ciudad totalmente nueva para mí y voy a dejarme de estupideces. Mi móvil pita avisándome de la entrada de un mensaje y no puedo evitar reír incluso antes de abrirlo. Sé de quién viene.   Paula: Daniela, Pedro. ¿Os ha llamado vuestro hijo para ver cómo le ha ido el primer día? Decidme que no, por favor. Me sentiría muy dolida con él si habla con vosotros primero antes que conmigo.   Pedro:

Resulta que yo soy su padre y Daniela su madre. LO NORMAL SERÍA QUE HABLARA CON NOSOTROS PRIMERO, ¿NO CREES?   Paula: Qué humos tienen algunos de buena mañana. ¿Quieres un café? Ahora mismo le digo a Valeria que te baje uno.   Marcos: Pedro, ¿puedes volver a explicarme por qué os habéis ido a vivir a la misma finca que mi hermana? No juzgo, ¿eh? Solo es curiosidad.   Pedro: No lo sé, amigo. No lo sé. ¿Porque soy masoca?   Daniela: Porque vimos este piso, nos enamoramos y pensamos que tener a un pediatra como vecino sería bueno porque las gemelas se pasan más tiempo malas que buenas. Y porque me amas, me adoras y me quieres.   Pedro: ¿Ves? Ya sabía yo que había un buen motivo. Te quiero, cariño.   Eva: Creo que voy a vomitar. Esperad un poco a ser empalagosos, por favor, que todavía no me he tomado ni el café.   Paula: Me lo has quitado de la boca, amiga.   Alejandro: Te podrás tú quejar.

  Pedro: Mira, ya salió el pediatra de turno. ¿Qué pasa, cuñado? ¿Tú no trabajabas esta noche?   Alejandro: Así es. Estoy volviendo ahora a casa.   Paula: Oye, doctor Macizo, no quiero ser desagradable, pero… ¿alguien sabe algo del niño o no? No he podido dormir en toda la noche de los nervios.   Daniela: ¿Tú? Yo me he tenido que ir a dormir a la habitación de Laura y Alejandra de la pena que tenía.   Eva: Ay… te entiendo tan bien. Yo no quiero saber cuando Juan vuele. Porque a Javi no le voy a dejar volar.   Marcos: Eso es cruel, cielo. ¿Por qué a tu hijo Juan sí y al pobre Javi no?   Eva: Porque nació después.   Pedro: Eso es más que injusto, hermanita.   Eva: Ya lo sé. Pero es que lo llevo fatal. Fatal.   Alejandro: ¡Pero si aún te quedan unos cuantos años!

  Marcos: Tú ríete, pero ya me contarás cuando sea Valeria la que se marche de casa.   Alejandro: Valeria no va a volar a ningún sitio. Por eso Paula y yo solo tuvimos una hija. Con controlar y manipular a una tenemos de sobra.   Junior: Qué horror de conversación. ¿Pensáis en serio lo que decís o lo escupís así sin más? Porque si es lo primero, os lo deberíais hacer ver. Todos. Pienso guardar esta conversación en favoritos para enseñársela a todos mis primos en el grupo que tengo con ellos.   Paula: ¡El niño ha hablado! ¿Todo bien? ¿Hay mucha gente? ¿Has encontrado tu clase? ¿Son igual de estirados que los ingleses?   Daniela: ¿Has desayunado bien antes de salir? ¿Te has llevado algo para comer más tarde? Me prometiste que te ibas a cuidar y a una madre no se le miente, Junior. Lo sabes.   Eva: ¿Hace mucho frío? No te olvides de coger siempre un paraguas y una chaqueta. Aunque salga el sol el tiempo luego engaña. Hazme caso.   Alejandro: Si dejáis de preguntar cosas las tres a la vez sin ni siquiera respirar, a lo mejor Junior puede contestar a alguna de vuestras preguntas. Es mi opinión, eh.

  Junior: Gracias, tío.   Alejandro: A mandar.   Junior: ¿Por dónde empiezo? Sí, he llegado bien. Esto es enorme, pero me encanta. Lo tengo todo, o eso creo. Pero si no sé algo lo pregunto. Tengo veintiún años y suficientes pelos en los huevos como para saber desenvolverme solo entre estos pasillos.   Marcos: Me encanta saber que me escuchas cuando hablo. Aunque para ayudarme a arreglar la puerta también los tienes, ¿eh, chaval? Díselo también al vago de tu primo en el chat ese que dices que tenéis. Ahí lo dejo.   Pedro: No quiero parecerme a tu madre y a las locas de tus tías, pero… ¿y del resto de cosas?   Junior: Todo en orden. Mi compañero de piso es cocinero. O intenta serlo. Así que me prepara unos desayunos de puta madre. Vengo con las energías más que renovadas. También me ha preparado un sándwich de queso para después. Y, sí, tía Eva. Llevo una sudadera en la mochila.   Eva: Gracias, cariño.   Daniela: Gracias, mi amor. Te quiero. No lo olvides.

  Paula: Yo también. Y más que ellas, ya lo sabes. Pero es nuestro secreto, que yo como madre sé cómo duele que tus hijos quieran más a la tía que a la madre.   Marcos: Tía postiza. No lo olvides.   Paula: Bésame el culo.   Marcos: Eso se lo dejo a tu pareja de hecho, que no a tu marido.   Paula: Y dale con el temita. A ver, que tú hayas querido pasar por el altar vestido de pingüino y yo no, no significa que tú quieras más a tu mujer que yo a Alejandro. ¿Te queda claro? Y ahora, lo dicho: bésame el culo.   Junior: Os voy a echar mucho de menos. A todos. Os quiero. Y ahora os dejo, ¡tengo que empezar mi primera clase! Estoy nervioso. ¿Es normal?   Pedro: Lo extraño sería que no lo estuvieras. Te quiero, campeón.   Junior: Y yo a ti, papá.

Agradecimientos Si dije que la historia de Paula fue difícil de escribir, era porque no había escrito todavía la de Pedro. No porque él lo hiciera complicado, pues es un personaje al que es inevitable no cogerle cariño y enamorarte de él; es un chico dulce, atento y cariñoso. Si no porque su historia con Daniela es diferente, es nueva y es… complicada. Espero que la hayáis disfrutado tanto o más que yo. Mi primer agradecimiento va para todas esas personas que han llegado hasta aquí. Gracias por elegirlos a ellos, por leerlos y por disfrutarlos. Gracias a mis padres y mis hermanas por estar siempre a mi lado apoyándome, ayudándome y aconsejándome. Hacer esto sola es muy difícil, así que soy muy afortunada por teneros a todos conmigo. Gracias a las mejores lectoras cero del mundo, y es que gracias a sus ánimos, sus audios, sus comentarios y sus risas todo se lleva mejor; Elsa García, María Pilar, Berta, Gemma y el trío más peligroso de todos, Helena, Adriana y Emma. Gracias a Adriana Rubens por aguantarme y ayudarme con el proceso creativo y, sobre todo, a Marta Francés por estar siempre a mi lado. Por último, como siempre, gracias a ellos; a mi chico y a mis pequeños. A ti por decirme siempre que yo puedo con todo. A vosotros dos por hacerme ser mejor persona cada día y darme la fuerza que necesito para luchar por todo. ¡Nos vemos en el siguiente libro!

Sobre la autora   Natural de Valencia, crecí entre libros. Fue mi madre quien me introdujo en este mundo de la mano de Mary Higgins Clark. Me siguen gustando las historias de suspense y los thrillers, pero me atraen demasiado las historias románticas. Muchos dicen que desprendo purpurina y algodón de azúcar. No es algo que me preocupe demasiado; al contrario, me siento orgullosa. Me encanta perderme entre las páginas de un libro, vivir grandes aventuras, conocer otras ciudades, otros mundos y fingir ser otras personas. El año dos mil dieciocho decidí dar el salto y ponerme al otro lado, ser yo la que contara esas historias, y le he cogido el gusto. Espero haceros sentir todas esas cosas y que, cuando terminéis de leer mis libros, lo hagáis con una sonrisa. Mi primer libro publicado fue Siempre hemos sido nosotros. En ella se cuenta la historia de Marcos y Eva, los pioneros. Mi segunda novela publicada, y que nada tiene que ver con esta, es Solo contigo, ¿recuerdas? Es la historia de Héctor y Jimena, unos personajes dulces y diferentes que tienen mucho que contar. Y, después, volvimos con la familia Sánchez – Baró y, más concretamente, con Paula. Una historia divertida a la vez que dura.   Por aquí os dejo mis redes sociales porque me encanta leer vuestros mensajes y comentarios. ¡No dudéis en dejarme alguno!   Me podéis seguir en: Facebook: Patricia Bonet Autora Instagram: @lashermanastras_patriciabonet Twitter: @lashermanastras Blog: Las Hermanastras de Cenicienta

ficticios del libro Charlie y la fábrica de chocolate del autor británico Roald Dahl. [1]

Umpa Lumpa: p ersonajes
Un hola y un adios- Patricia Bonet

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